8 de febrero 2001 - 00:00

Dulces, peligrosas y no tan tontas

Dulces y peligrosas
"Dulces y peligrosas"
«Dulces y peligrosas» («Sugar & Spice», EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: F. McDougall. Guión: M. Nelson. Int.: M. Suvari, M. Shelton, J. Mardsen, M. Sokoloff, S. Young y elenco.
El comienzo de «Dulces y peligrosas» no es muy prometedor. No sólo parece otra de esas comedias tontas ambientadas en escuelas secundarias norteamericanas que, por alguna razón, les gustan a los adolescentes de otras latitudes (de la Argentina, por ejemplo), sino que destila localismo por donde se la mire. Para darse una idea, baste decir que las protagonistas conforman el unido grupo de porristas top del equipo de fútbol americano del colegio en cuestión, y su líder (una rubia desbordante de mohínes) enamora a primera vista o, mejor, a primer golpe, al apuesto capitán de dicho equipo. Pronto, ambos están vistiendo sus ridículos trajes para el consabido «prom» (esos bailes de fin de año que traumatizan a quienes no reúnen los requisitos básicos de belleza en cuanto film sobre teenagers estadounidenses hubo y habrá).

Llegado ese momento, se empieza a sospechar que detrás de todas esas sonrisitas almibaradas hay otras intenciones que con el correr de los minutos van ganándose la atención del espectador (adulto, desde ya, porque probablemente los más jóvenes de la platea se interesaron desde antes) e incluso le arranca algunas risas.

Es que la rubia ha quedado embarazada, para escándalo de todos, incluyendo a la más beata de sus cuatro «mejores amigas». Pero, la pareja estelar está dispuesta a llevar adelante su sueño americano contra viento y marea, lo que desata pronto un atisbo de sátira empezando por la inclusión en el elenco de porristas de Mena Suvari (la niña que arrebata a Kevin Spacey en «Belleza americana»), en el caso, con la madre presa por haberla dejado huérfana de padre cosiéndolo a balazos.

Como el sueño no funciona, y los inexpertos futuros padres deben pagar la renta entre otros gastos, la rubia y sus amigas planean el asalto a un banco, mirando películas como «Perros de la calle», de Quentin Tarantino. Para esas alturas, el film tiene el ritmo de gags de una sitcom de la Fox o de la Sony (no es casual: la directora, Francine McDougall, viene de la televisión) y, la verdad, es que hace reír.

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