8 de enero 2008 - 00:00
El acertijo del siglo XXI: la tecnología en el arte
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La intimidad como territorio de descubrimiento
«Tafel», fotografía del joven artista alemán Frank Friezek, una muestra de tecnología en comunión transformadora con el arte y no enfrentada a él.
Es preciso reiterar el descubrimiento de Benjamin: la tecnología transforma el arte. No está obligado el creador, es obvio, a utilizar los medios electrónicos aunque es histórica la búsqueda y apropiación de nuevos materiales y técnicas, por parte de los artistas. Fue Rimbaud quien definió al vidente, al poeta, con estas palabras: «Yo es otro». Preconizaba un desarreglo o desregulación (déreglement) de los sentidos, para poder de este modo alcanzar el estado de videncia. ¿No será la informática o la tecnología que pueda efectivizar, en este siglo, la aventura de Rimbaud?.
Hemos hablado del futuro cercano de la electrónica, asimilándolo a un presente extendido. A fines del XIX, el irónico Oscar Wilde defendió en uno de sus ensayos la (aparente) paradoja según la cual la Naturaleza imita al Arte. Hacia la misma época, en las antípodas del entusiasta Julio Verne, H.G. Wells concibió en una de sus novelas un mañana remotísimo en que la abundancia de progreso había obrado la (verdadera) paradoja de devolver a la humanidad a sus orígenes más primitivos.
Cuando se piensa en que la robótica fue imaginada por el dramaturgo checo Karel Capek en la década del 20; que el escritor inglés Aldous Huxley adelantó en «Brave New World» (Un mundo feliz, 1932) los sistemas de realidad virtual que acabamos de reseñar; y que el norteamericano Ray Bradbury sugirió el Jumbotron a comienzos de la década del 50 -si bien como símbolo de una sociedad totalitaria que arrasa el conocimiento quemando libros e idiotizando con la televisión a sus súbditos, hechos basados en la realidad de la Alemania nazi-, nos sentimos tentados de suponer que la Tecnología imita al arte. Menos grato es pensar si al cabo de estas presuntas imitaciones, llegaremos a la bárbara situación planteada por Wells en «La máquina del tiempo» (1895).
El desafío más importante, sin duda, es el de resolver si la tecnología decidirá por completo el diseño de esos entornos, con la ayuda del hombre, o si ha de hacerlo el hombre, con ayuda de la tecnología. Parece obvio que, por tratarse, lo reiteramos, de un emprendimiento artístico, deberá adoptarse la segunda opción, que también abarca a la filosofía. Si, a partir de los impresionistas, el arte puso en jaque -tal vez para siempre- a la representación, lo que hoy está en tela de juicio es la presentación, esto es, la reproducciónen su sentido físico (y aun técnico, o postécnico). He aquí otro de los temas a encarar por la teoría del arte, pues las imágenes han entrado en -nada más pero nada menos- en una nueva era, cuyo desenvolvimiento es, sin duda, imprevisible.
¿Y las artes tradicionales? A esta pregunta debe responderse con otra pregunta: ¿Qué dudas caben de que continuarán existiendo? Y, además: ¿Por qué no habrían de continuar existiendo? Por el contrario, preciso es que sigan entre nosotros, ya en sus formas más difundidas, y reinterpretadas de manera sucesiva (pintura, escultura, dibujo, grabado), ya en las más recientes (instalaciones, cine, video, ensamblajes, performances, obras conceptuales). Duchamp, que no se distinguía por rehuir los aportes de la técnica, afirmaba, «El artista puede usar cualquier cosa -un punto, una línea, el símbolo más convencional o el más original- para decir lo que quiere decir. Lo decisivo es el acto de elegir».
Es, en suma, la idea del arte como fiesta y como instauración de comunidad, que tan acertadamente ha sugerido Hans Georg Gadamer al incursionar en las cuestiones estéticas. ¿No serán así las colonias espaciales? Y en tal caso, ¿Por qué no extender estos preceptos a la superficie de la Tierra?




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