5 de enero 2006 - 00:00

"El hijo": film que perturba fuertemente

Aunque la cámara en mano puede llegar a marear al espectador,su elección es coherente con lo que cuenta «Elhijo»: una anécdota pequeña, pero muy fuerte a nivelmoral y hasta visceral.
Aunque la cámara en mano puede llegar a marear al espectador, su elección es coherente con lo que cuenta «El hijo»: una anécdota pequeña, pero muy fuerte a nivel moral y hasta visceral.
«El hijo» (Le fils, Bélgica-Francia, 2002, habl. en francés). Guión y dir.: J.P. y L. Dardenne. Int.: O. Gourmet, M. Marinne, I. Soupart, N. Hassaini, K. Leroy, R. Renaud.

Se ha dicho que esta película tiene dos protagonistas: Olivier Gourmet, premio al mejor actor de Cannes, y la cámara Aaton-Mínima, más chica y por tanto más factible de moverse continuamente que la Aaton 16 que usó Lucrecia Martel en «La ciénaga». Ya sabe entonces el lector, si lo marearon las escenas de grupo familiar alrededor de Graciela Borges, cómo se va a sentir viendo toda una película hecha cámara en mano y con encuadres tan cerrados que a veces los personajes, también casi siempre en movimiento, quedan fuera de cuadro, y apenas se entiende cómo es el ambiente donde transcurre una escena.

Pero en ambos casos la elección de la cámara ha sido coherente con lo que se quería transmitir: un estado de resaca espiritual en un caso, una sensación de inestabilidad emocional en el otro.Y no es para menos. El personaje con quien nos identificamos, jefe de carpintería de un centro de rehabilitación juvenil, se siente alterado ante la presencia de un nuevo aprendiz, llegado del correccional de menores. Se ve que lo conoce. Pero no sabemos de dónde, ni por qué primero lo rechaza y luego pide tenerlo bajo su control, por qué lo espía, al punto de meterse en su casa y revolver sus cosas, y cuanto más lo espía más nervioso se pone. Peor quedamos al saber la causa del problema, y mirarle la cara al pibe, que no parece precisamente trigo limpio, y, haciéndose el dormido, ya empieza a sobrarlo a su jefe.

La anécdota que surge de ahí es pequeña, pero muy fuerte, a nivel moral y hasta visceral. No corresponde entrar en detalles, pero nos perturba hasta las tripas. Ahora bien, ¿se hubiera conseguido lo mismo con una puesta más convencional? ¿o incluso se hubiera podido decir más cosas? Según sea la respuesta, los hermanos Dardenne, autores de «El hijo», son unos tipos rigurosos que nos llevan a grandes odiseas filosóficas y éticas, etc., o son unos neuróticos sobrevalorados.

Asimilarlos mecánicamente a Robert Bresson, o ningunear a Ken Loach, Robert Guediguian, o Ermanno Olmi («No existen en ningún lugar realizadores cinematográficos que filmen con tanto sentido contemporáneo a la clase trabajadora», dice, por ejemplo, un crítico norteamericano) es un disparate. Pero otro sería negar la fuerza de este film, que se termina de golpe, justo cuando los personajes acaban de mostrarse las cartas (y los dientes), la cámara se estabiliza, y nosotros empezamos a respirar más o menos normalmente.

P.S.

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