Rodeado por los
no menos
excelentes
Kiyoshi Kitagawa
y Francisco Mela,
el elegante
pianista Kenny
Barron fue, hasta
el momento, lo
mejor del festival
gratuito «Jazz y
otras músicas».
El festival «Buenos Aires Jazz y otras músicas », que por sexto año consecutivo organiza el Ministerio de Cultura porteño, parece haber alcanzado su mejor momento. Porque si bien en ediciones anteriores había mostrado un marcado crecimiento en cantidad de propuestas e inclusión de artistas de países vecinos, esta vez ha sumado a algunas grandes figuras internacionales que le están dando un mayor relieve al ciclo. El arranque del jueves, con la muy buena orquesta del contrabajista Mariano Otero y el grupo argentino-catalán Immigrasons (una coproducción entre la ciudad de Buenos Aires y el Mercat de Música Viva de Vic) había dado la pauta de calidad y poder de convocatoria, cuando más de 1.000 personas se acercaron al enorme galpón -coquetamente ambientado- de El Dorrego. Pero el festival entró en su mejor fase -con unas 2.000 personas circulando por el predio- en la segunda noche, cuyo cierre estuvo a cargo del pianista norteamericano Kenny Barron. En ese marco, Barron estuvo a la altura de las circunstancias, frente a un público en el que se mezclaban músicos -Manolo Juárez, Alejandro Santos, Jorge González y Walter Malosetti, entre otros, con funcionarios, como el embajador de Suecia, viejos conocedores del jazz y muchos neófitos que querían ver de qué se trataba.
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El lenguaje de Barron podría asociarse a lo que algunos llaman «neoclasicismo»; esto es, volver sobre las formas tradicionales, trabajar con un refinamiento que puede asociarse por igual a la música clásica y al jazz de salón, respetar los planteamientos melódicos y armónicos para jugar a partir de allí con las improvisaciones. Y esto es lo que ocurrió sobre el escenario principal de El Dorrego. Con dos laderos de lujo, el contrabajista japonés Kiyoshi Kitagawa y el baterista cubano Francisco Mela, con quienes estableció diálogos musicales a lo largo de todo el recital, Barron recorrió «standards» como «How Deep is the Ocean» y «The very Thought of you», y muchas composiciones propias. Siempre, lo que primó fue la elegancia, la sutileza, el fecundo diálogo sonoro que permite ser escuchado.
Por su toque cuidado y la pulcritud con que ataca cada tecla, el pianismo de Barron está cerca de la técnica clásica, pero la fuerza que le imprime, la libertad que se permite en las improvisaciones, la alegría con que encara cada pieza, lo alejan de toda solemnidad. Lo mismo podría decirse de sus compañeros de trío, que saben someterse al liderazgo del pianista pero sin perder la independencia creativa.
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