1 de abril 2008 - 00:00

Es teatro en verso, pero el argumento parece actual

La Compañía Nacional de Teatro Clásico de España brinda una lectura muy actual de la comedia de enredos de Tirso de Molina, sin recurrir a abstracciones ni a cambios de época.
La Compañía Nacional de Teatro Clásico de España brinda una lectura muy actual de la comedia de enredos de Tirso de Molina, sin recurrir a abstracciones ni a cambios de época.
«Don Gil de las calzas verdes» de T. de Molina. Versión y Dir.: E.Vasco. Compañía Nacional de Teatro Clásico (Teatro Alvear hasta el 6 de abril.)

Estrenada en julio de 1615, en Toledo, esta deliciosa comedia de enredos -e insuperable modelo del género- hoy sigue sorprendiendo por su modernidad. Por sus motivos argumentales bien podría haber sido una tragedia de honor, pero dado que en este caso quien venga el agravio sufrido es la propia damnificada, la acción se encarrila rápidamente hacia el humor. Doña Juana viaja a Madrid en busca de Don Martín quien, luego de prometerle casamiento, ha decidido casarse con Doña Inés, una dama madrileña de mayor alcurnia. Ante la opción de ir a parar a un convento, la protagonista pone en juego toda su astucia para recuperar a su prometido, que se presenta en Madrid bajo el falso nombre de Don Gil de Albornoz. Doña Juana va tras sus pasos disfrazada de caballero y rebautizada como «Don Gil», nombre al que una admiradora le sumará el mote de «calzas verdes» debido a su llamativo atuendo. La venganza de Doña Juana se inicia con la seducción de Doña Inés, de quien también se hace amiga a través de «Doña Elvira» otra identidad ficticia que ella misma inventa para ganarse la confianza de su rival y apelar así a la complicidad entre mujeres.

Como se ve, abundan los desdoblamientos y las falsas apariencias en una trama que se va enredando cada vez más con cartas que se cruzan, sirvientes que hablan más de lo conveniente y caballeros despechados que no alcanzan a comprender el éxito de este «afeminado» Don Gil.

La obra dramática de Tirso de Molina, máximo exponente del Teatro Español del Siglo de Oro, junto a Lope de Vega y Calderón de la Barca, se destaca por sus argumentos laberínticos y el hábil manejo de la intriga. Muchos de los embrollos que complican sus tramas son meros recursos para entretener al espectador, pero en lo que respecta a «Don Gil.» estos enredos son consecuencia de las maquinaciones de Doña Juana, quien disfruta tanto de las ventajas de «ser» varón como del poder que ha adquirido a través de sus múltiples personalidades. Cada vez que mueve los hilos logra un efecto en quienes la rodean, lo cual le provoca un enorme disfrute y la alienta a seguir poniendo a prueba su ingenio.

La puesta de Eduardo Vasco, actual director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España, brinda una lectura muy actual de la pieza sin recurrir a abstracciones ni a cambios de época. En pleno Siglo XVII es posible detectar algunos apuntes feministas, burlas a un donjuanismo muy acorde con nuestro tiempo (el gusto de seducir a quien sea, sin llegar al sexo) y oportunas ironías en relación a la frivolidad y al materialismo de una sociedad tan «fashion» como la nuestra. Sin olvidar, por supuesto, los desopilantes comentarios de un criado, algo homofóbico, que vive asustado ante el «afeminamiento» de su bello patrón.

El elenco español brinda un trabajo muy sólido, y en él se destacan las actuaciones de Pepa Pedroche (una Doña Inés ansiosa y enamoradiza como una adolescente) y Joaquín Notario como el irreverente criado Caramanchel. El vestuario de Lorenzo Caprile es de un gran refinamiento y reserva los colores vivos para los personajes más bufonescos (casi todos masculinos). La escenografía de Carolina González rodea a los actores con grandes marcos de cuadros y reproducciones de antiguos paisajes madrileños, a los que se suma un retrato de Tirso que cuelga en la casa de la aristocrática Doña Inés. La pieza incluye, además, breves momentos musicales ejecutados en arpa.

Solo resta advertir que al tratarse de una obra en verso del Barroco Español puede resultar algo confusa al comienzo; pero apenas la acción se dispara el público disfruta de todas sus peripecias durante las más de dos horas que dura la representación.

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