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3 de noviembre 2006 - 00:00

Gala melancólica en el concierto final de Sosa

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Mercedes Sosa dio un recital cálido, pero lejos de todo fervor pese a estar repleta la sala. En contados casos el público se atrevió a palmear alguna chacarera, como si formara parte del ritual y no más que eso.
Mercedes Sosa cerró anteanoche la temporada del Teatro Colón, que de ahora en más permanecerá en obras de reestructuración hasta mayo de 2008. Fue un recital calmo y ordenado, cálido pero muy lejos de todo fervor pese a estar repleta la sala. En contados casos el público se atrevió a palmear alguna chacarera pero con algo de timidez, como si formara parte del ritual y no más que eso.

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Pesaba en el aire (excesivamente caluroso) el clima de última función, del cierre y la puesta en marcha del llamado «Masterplan» al que se vienen oponiendo los sindicatos, algunos legisladores porteños y unos pocos arquitectos. Todos ellos coinciden al menos en un temor explícito: el riesgo de que se afecte la acústica. Sin embargo, y a diferencia de otras experiencias casi de barricada vividas allí en los últimos tiempos, las protestas del miércoles por la noche fueron tan melancólicas como las caras de algunos habitués, que no soportan la idea de un Colón cerrado por casi 19 meses.

A la entrada, sobre el foyer de la calle Libertad y en algunos de los accesos laterales, se entregaron volantes con el mismo texto de «El Colón en peligro» que recorre desde hace unas semanas las bandejas de e-mails de políticos, artistas, empresarios y periodistas.

Luego, antes de comenzar la segunda parte del recital, en la que intervino la Orquesta Estable limitada a 35 músicos, uno de ellos se dirigió al público para expresar que «son erróneos esos afiches con el concierto de hoy donde se dice que es en celebración del inicio del Masterplan. Ahora no hay nada que celebrar. Cuando el Colón se reabra y comprobemos que su acústica permanece tal cual, recién entonces celebraremos». Fue aplaudido.

El concierto, como tal, fue más atractivo en su primera parte que en la conclusión. Indudablemente, agregarle una orquesa sinfónica a Mercedes Sosa, por más reducida que sea su composición, no le suma absolutamente nada a la belleza natural de su voz, que pudo haber perdido algo de energía luego de su larga enfermedad, aunque no de brillo. Dirigida por Pedro Ignacio Calderón, la orquesta se tiene que conformar con un discreto segundo plano mientras suenan los arreglos para temas que se oyen muchísimo mejor con los instrumentos para los que fueron compuestas.

La primera parte, en cambio, sonó más fresca. Con Gustavo Spatocco en piano, Carlos Genoni en bajo, Rubén Lobo en percusión y Walter Ríos en bandoneón, Mercedes Sosa estaba en su ambiente propio (aunque lamentó la ausencia de un bombo). Hizo buenas versiones de «Romance de la luna tucumana», de la «Chacarera del fuego» (con Alberto Rojo como invitado), de su tango-emblema «Los mareados», de la hermosa canción de Charly García «Cuando me empiece a quedar solo» y de «La viajerita», junto con Juan Falú.

Para la segunda canción, «De Buenos Aires morena», estuvo acompañada por una gloria, la mendocina Carmen Guzmán, de 81 años: aunque no siempre hayan entrado juntas en las estrofas, o tal vez justamente por eso, es una fortuna que este recital se haya registrado en video. La mexicana Guadalupe Pineda, en esta parte, la acompañó en «Gracias a la vida» (y en la segunda con orquesta en «Coincidir»): una cantante de figura mucho más refinada y elegante que su timbre vocal.

En realidad, para un intérprete-popular, ha de ser inhibitorio cantar en el Colón y junto con Mercedes Sosa: en ese sentido, quien mejor y más cálidamente lo hizo, en el número de cierre, fue Teresa Parodi con «La Celedonia Batista».

Ecuménica, agradecida a todos (artistas, público, funcionarios, «compañeros músicos»), Mercedes Sosa lució muy bien, siempre dispuesta a decir en voz alta lo que se le viene a la cabeza entre canción y canción; habló de la familia de Alberto Rojo, presente en la sala; de sus años de exilio; bromeó con el hecho de que León Gieco se le enoja porque ella suele grabar más a Víctor Heredia, y finalmente, casi al estilo Marcos Mundstock cuando bromea con los asistentes de escenario que no corren los micrófonos o se olvidan de llevarse alguna utiliería, ella se molestó (pero esta vez en serio) con uno al que debió pedirle dos veces que le moviera su silla un poco hacia atrás, para estar más cómoda con respecto al micrófono.

Genio y figura en la grandezamusical, ajena por completo a la pelea que. en el intermedio, se produjo en el Salón Blanco entre Jorge Telerman y su ex ministro de Hacienda. Como ni nada hubiese ocurrido, ella reabrió el concierto con «La última palabra».

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