Hoy se cierra un año de cine fuerte en superproducciones con el estreno de "King Kong", dirigida por el responsable de la trilogía de "El señor de los anillos", Peter Jackson. Descontadamente, es una película espectacular en la técnica, aunque las opiniones sobre ella pueden ser divergentes. Publicamos dos críticas. Junto con "Oliver Twist" de Polanski, serán los dos últimos lanzamientos. En los próximos dos jueves no habrá estrenos.
King Kong enfrenta al tiranosaurio, mientras la cautiva enamorada Naomi Watts observa la escena.
«King Kong» (EE.UU.-Nueva Zelanda, 2005, habl. en inglés). Dir.: P. Jackson. Int.: N. Watts, J. Black, A. Brody, A. Serkis, T. Kretschmann, J. Bell, L. Chan, K. Chandler.
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En el libro que le consagró al film pionero de 1933, el historiador de cine Román Gubern llega a la conclusión de que King Kong era un viejo verde. El sabio español fundamenta su acusación en ciertas conductas impropias del gorila, como olfatearle las partes pudendas a Fay Wray, o hurguetearle la ropa interior mucho más allá de lo que las buenas costumbres y la censura de la época podían tolerar. De hecho esas partes, las de la película, fueron suprimidas.
La relación que el nuevo Kong mantiene con la heroína, Naomi Watts, es más pudorosa en lo erótico, pero sentimentalmente roza la zoofilia. La bella Naomi, a diferencia de su antecesora, no siente piedad por el gran mono acribillado por los disparos desde los aviones, sino que está enamorada de él. «Beautiful» le dice, una y otra vez, mirándolo con ojos humedecidos. Baila para él, lo hace reír y sonreir. Es la típica norteamericana que se enamora de un extranjero exótico. Con tal sentimentalismo, el clásico final también llega a parecerse a los desencuentros de Deborah Kerr y Cary Grant en lo alto del Empire State Building en «Algo para recordar». King Kong no es más viejo verde, es un pobre amante contrariado. La apabullante superproducción de Peter Jackson es espectacular y sobrecargada, pero termina dejando una sensación de artificiosa exterioridad. Es sentimental pero no emotiva, es deslumbrante pero desapasionada. Los nativos de la célebre Skull Island no desentonarían en «El señor de los anillos». Son como miembros de una tribu fantasmal que ya no parecen sentir temor reverencial por Kong, a quien le entregaban bellas víctimas propiciatorias, sino más bien sus cómplices de peores sentimientos.
En la antigua versión, además de animales gigantes, también había algunos dinosaurios pero sólo como bestiario de fondo: su función era que Kong se los quitara de encima y el espectador tuviera bien claro quién era allí el rey. La versión Jackson es antimonárquica, al punto tal de que los brontosaurios, tiranosaurios, pterodáctilos y velocirraptores comparten el protagonismo con el gran simio, y a lo largo de las larguísimas escenas en la isla están a punto de distraerle a Kong la supremacía en el interés del espectador. Se tiene la sensación de estar viendo «Jurassic Park IV» con un peludo recién llegado al elenco, y casi como si Jackson se burlara de Spielberg al usar, como teloneros, a los antiguos prodigios tecnólogicos del cine de los 90.
• Extensiones
Tan extensas son las escenas en la jungla, tan llenas de bicherío están, que, contrariamente, el acto final en Nueva York parece muy breve, y ni siquiera se ven detalles del traslado en barco de Kong luego de su captura (como sí lo hacía la olvidable versión De Laurentiis de 1977). Tampoco se ve ahora, por ejemplo, la famosa escena del original, cuando la cabezota de Kong asomaba por las ventanas de un rascacielos. De otro modo, la película excedería las 4 horas.
Pero, más allá de estos aspectos, lo que define a este King Kong, como a otros tantos productos del cine contemporáneo, es la ordenada configuración de su fantasía: todo es sobrenaturalmente racional y, por lo tanto, muy poco fantástico.
En el King Kong de 1933 no había proporciones: la manaza del mono contenía enteramente el frágil cuerpecito de la aterrorizada Fay Wray, y en las escenas finales esa misma mano apretujaba un vagón entero de subterráneo. Esto no significaba que Fay Wray midiera lo mismo que el vagón, o que la mano de Kong se hubiera desarrollado demasiado en Nueva York.
La lógica del viejo film era la misma que la de los sueños y la poesía, y eso es lo que le falta a la versión Jackson: hay tanta preocupación por la prolijidad y el surtido técnico, tanta obsesión por generar un gorila antropomórfico y sentimental al estilo americano, que se hace difícil compartir lo profundo de la pesadilla.
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