15 de diciembre 2005 - 00:00

"King Kong"

King Kong enfrenta al tiranosaurio, mientras la cautiva enamorada Naomi Watts observa la escena.
King Kong enfrenta al tiranosaurio, mientras la cautiva enamorada Naomi Watts observa la escena.
«King Kong» (EE.UU.-Nueva Zelanda, 2005, habl. en inglés). Dir.: P. Jackson. Int.: N. Watts, J. Black, A. Brody, A. Serkis, T. Kretschmann, J. Bell, L. Chan, K. Chandler.

En el libro que le consagró al film pionero de 1933, el historiador de cine Román Gubern llega a la conclusión de que King Kong era un viejo verde. El sabio español fundamenta su acusación en ciertas conductas impropias del gorila, como olfatearle las partes pudendas a Fay Wray, o hurguetearle la ropa interior mucho más allá de lo que las buenas costumbres y la censura de la época podían tolerar. De hecho esas partes, las de la película, fueron suprimidas.

La relación que el nuevo Kong mantiene con la heroína, Naomi Watts, es más pudorosa en lo erótico, pero sentimentalmente roza la zoofilia. La bella Naomi, a diferencia de su antecesora, no siente piedad por el gran mono acribillado por los disparos desde los aviones, sino que está enamorada de él. «Beautiful» le dice, una y otra vez, mirándolo con ojos humedecidos. Baila para él, lo hace reír y sonreir. Es la típica norteamericana que se enamora de un extranjero exótico. Con tal sentimentalismo, el clásico final también llega a parecerse a los desencuentros de Deborah Kerr y Cary Grant en lo alto del Empire State Building en «Algo para recordar». King Kong no es más viejo verde, es un pobre amante contrariado. La apabullante superproducción de Peter Jackson es espectacular y sobrecargada, pero termina dejando una sensación de artificiosa exterioridad. Es sentimental pero no emotiva, es deslumbrante pero desapasionada. Los nativos de la célebre Skull Island no desentonarían en «El señor de los anillos». Son como miembros de una tribu fantasmal que ya no parecen sentir temor reverencial por Kong, a quien le entregaban bellas víctimas propiciatorias, sino más bien sus cómplices de peores sentimientos.

En la antigua versión, además de animales gigantes, también había algunos dinosaurios pero sólo como bestiario de fondo: su función era que Kong se los quitara de encima y el espectador tuviera bien claro quién era allí el rey. La versión Jackson es antimonárquica, al punto tal de que los brontosaurios, tiranosaurios, pterodáctilos y velocirraptores comparten el protagonismo con el gran simio, y a lo largo de las larguísimas escenas en la isla están a punto de distraerle a Kong la supremacía en el interés del espectador. Se tiene la sensación de estar viendo «Jurassic Park IV» con un peludo recién llegado al elenco, y casi como si Jackson se burlara de Spielberg al usar, como teloneros, a los antiguos prodigios tecnólogicos del cine de los 90.

• Extensiones

Tan extensas son las escenas en la jungla, tan llenas de bicherío están, que, contrariamente, el acto final en Nueva York parece muy breve, y ni siquiera se ven detalles del traslado en barco de Kong luego de su captura (como sí lo hacía la olvidable versión De Laurentiis de 1977). Tampoco se ve ahora, por ejemplo, la famosa escena del original, cuando la cabezota de Kong asomaba por las ventanas de un rascacielos. De otro modo, la película excedería las 4 horas.

Pero, más allá de estos aspectos, lo que define a este
King Kong, como a otros tantos productos del cine contemporáneo, es la ordenada configuración de su fantasía: todo es sobrenaturalmente racional y, por lo tanto, muy poco fantástico.

En el
King Kong de 1933 no había proporciones: la manaza del mono contenía enteramente el frágil cuerpecito de la aterrorizada Fay Wray, y en las escenas finales esa misma mano apretujaba un vagón entero de subterráneo. Esto no significaba que Fay Wray midiera lo mismo que el vagón, o que la mano de Kong se hubiera desarrollado demasiado en Nueva York.

La lógica del viejo film era la misma que la de los sueños y la poesía, y eso es lo que le falta a la versión
Jackson: hay tanta preocupación por la prolijidad y el surtido técnico, tanta obsesión por generar un gorila antropomórfico y sentimental al estilo americano, que se hace difícil compartir lo profundo de la pesadilla.

• Terror en la jungla en una gran versión

Escribe Diego Curubeto

Aislada de cualquier recuerdo del clásico de 1933, el nuevo «King Kong» es una gran obra del cine fantástico.Y lo mejor es que si se la compara con aquella vieja «octava maravilla del mundo», logra salir bastante airosa, a pesar de que no tiene sentido tratar de medir los logros técnicos de un film de 2005 con uno de hace casi tres cuartos de siglo, que necesariamente debía inventar los medios para plasmar cada una de sus desaforadas imágenes.

El gran hallazgo de
Peter Jackson es respetar la época del film de Cooper y Shoedsack. La aventura de un cineasta demente e inescrupuloso, con un mapa de una isla inexplorada y un montón de acreedores que lo quieren ver tras las rejas, tiene un aire distinto en los tiempos de la Depresión, era que el director de «El señor de los Anillos» describe largamente en los primeros, pacíficos, minutos de su film de más de tres horas. El largo prólogo muestra cómo el cineasta Jack Black casi secuestra a su elenco y equipo en un barco de mala muerte, cuyos veteranos lobos de mar conocen las horribles leyendas que circulan sobre la Isla de la Calavera adonde este descastado de Hollywood los conduce.

Si bien los detalles sobre cada personaje, especialmente la actriz de vodevil
Naomi Watts y el dramaturgo semi serio Adrien Brody, no sirven de remedio al espectador ansioso que quiera ver monstruos gigantes de una vez por todas, hay que reconocer que todo este cuidado rendirá sus frutos tres o cuatro actos más adelante en la película, cuando la acción explote y no se detenga nunca más.

Los terrores de esa jungla virgen llena de monstruos están a la altura de una nueva versión del original, y por momentos superan lo que se podría esperar.
Jackson articula un respetuoso homenaje a un clásico, sin dejar de aprovechar cualquier resquicio para aportar ideas y elementos nuevos. Un ejemplo es dedicarse de lleno a la escena perdida del film del '33, la del foso bajo el puente-árbol, donde los sobrevivientes de la peor masacre de Kong son perseguidos por alimañas horribles hasta lo indescriptible (ésta es una de las escenas más fuertes de la película, un momento de antología dentro del terror moderno).

Pero, obviamente, el mayor reto es darle vida a un nuevo
Kong, y luego algún giro nuevo y convincente a su affaire con la bella «que es la que mata a la bestia». Feroz como el diseñado originalmente por Willis O'Brien, el gorila de Jackson tiene realistas rasgos de simio, y un sorprendente abanico de emociones que permite, en uno de los mejores momentos de la película, expresiones casi humanas cuando se reencuentra con Naomi Watts en una nevada Nueva York. La naturaleza de este amor contra natura es audaz, absurda, y casi siempre convincente, a pesar de acercarse más a un amor verdadero y correspondido que al más bestial y divertido strip tease al que el monstruo sometía a Fay Wray en la escena más censurada de 1933. En todo caso, aunque parezca risible al ser contada sin la fuerza de las imágenes, esta aproximación funciona con cierta eficacia.

La violencia física de toda interacción entre los monstruos de la isla supera al film original, excepto en la ausencia casi total de sangre. También los malísimos nativos desaparecen sin dar lugar a la censurada masacre de 1933. Sin embargo éste no es un film light en absoluto, y al lado de estas matanzas de
Kong, «Jurassic Park» casi parece un sitio tan anodino como el Jardín Japonés.

No es posible saber qué sintieron los espectadores de 1933 ante el primer
King Kong, un film tan difícil de plasmar en la pantalla que revolucionó por completo la manera de encarar una producción (entre otras cosa, inauguró procesos como el storyboard). Sin embargo Jackson hizo lo imposible por brindarle al público moderno la sensación de estar ante algo nuevo, inédito, eso que el delirante cineasta Jack Black denomina «La octava maravilla del mundo».

Todo el elenco (en especial la pobre Watts) aporta algo, pero es Peter Jackcson quien logra sumar todos los elementos de esta megaprodución para que sea algo más que un entretenimiento hueco, y conseguir que esto, antes que una simple remake más cara y moderna, sea una genuina relectura de un mito del cine y del género fantástico.

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