17 de mayo 2001 - 00:00

La nueva momia no tiene la gracia de la original

Brendan Fraser.
Brendan Fraser.
Con películas como «El libro de la selva» y «Agua viva», Stephen Sommers apareció en el Hollywood de los '90 como el primer director decidido a especializarse seriamente en el cine de aventuras fantásticas. Estas nuevas versiones de las viejas matinés de superacción encontraron su punto culminante en «La momia», éxito de taquilla que puso a Sommers en la encrucijada de siempre: arriesgarse a hacer algo nuevo o repetirse de la mejor manera posible con una secuela. Lamentablemente, Sommers eligió esta última opción, y para colmo lo hizo demasiado rápido, armando un guión sin chispa y apoyándose en un despliegue de producción y de efectos digitales para suplir la falta de inspiración que recorre este regreso sin gloria.

Fraser

Brendan Fraser ahora está casado con Rachel Weisz, lo que anula la condición de inescrupuloso aventurero del protagonista quitándole gracia al film desde el inicio. Además la pare-ja tiene un hijo y el niño que lo interpreta intenta hacer los gestos de Macaulay Culkin («Mi pobre angelito»), sin mucho éxito. En su mansión londinense, la pareja recibe la visita de gente ominosa que los vuelve a ubicar en el mismo tipo de rituales y escenarios que el film original. Y Sommers (realizador y guionista como en el original) es lo suficientemente consciente de la repetición de recursos argumentales como para hacer que los mismos personajes lo mencionen a través de chistes tan poco divertidos como todo lo demás.

Como única estrategia, el director arroja explosiones, ráfagas de ametralladoras, momias, zombies y demonios mitológicos de todos los modelos y tamaños, pero el ritmo vertiginoso es tan artificial que el resultado termina saturando. Recién en la última parte de la película hay un par de escenas que construyen algo parecido a clima de misterio y fantasía terrorífica.

Para los fans del género que suelen disfrutar de los diseños de monstruos, momias y el tema de los efectos especiales en general, la película también decepciona porque está construida como un verdadero catálogo de efectos digitales. Si la película se sostiene es por detalles atractivos como los decorados, los paisajes exóticos y algunos flashbacks con gladiadoras sexy en la corte del faraón. Además, en medio del exceso formal y argumental, finalmente siempre está pasando algo, por lo que al espectador siempre le queda la esperanza de que las cosas puedan llegar a ponerse un poco más interesantes.

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