5 de noviembre 2008 - 00:00

"Matar a todos"

Convenciones y facilismos arruinan un intento de thriller políticoestilo Costa Gavras con la historia de la desaparicióndel siniestro científico chileno Eugenio Berrios.
Convenciones y facilismos arruinan un intento de thriller político estilo Costa Gavras con la historia de la desaparición del siniestro científico chileno Eugenio Berrios.
«Matar a todos» ( Uruguay, Argentina Chile, 2007, habl. en español).Dir.: E. Schroeder. Guión: P. Vierci, A. Marino, D. Henríquez. Int.: R. Blanco, S. Bolani, W. Reyno, C. Troncoso, D. Grandinetti, P. Contreras.

Una jueza uruguaya quiere investigar el encubrimiento policial de un extraño caso de desaparición de persona, al parecer un científico chileno protegido por su país en un lugar cercano a Montevideo. Al mismo tiempo tiene choques con su anciano padre, prestigioso militar de carrera, con su hermano, también militar, y con su marido, santo varón que trata de aguantarla. Sólo con su amante no tiene problemas. Corren los 90, y, dato destacable, el científico aludido es Eugenio Berrios, bioquímico de la Dina, o sea, el equivalente chileno de la Side.

Según dicen, en los 70 este hombre desarrolló una versión de gas sarin capaz de matar sin dejar huellas, algo que se intentó con el ex canciller allendista Orlando Letelier (luego asesinado en EE.UU. de otra forma), y se probó después, exitosamente, con una docena de opositores al régimen pinochetista. Berrios desarrolló otros productos tóxicos que el ejército chileno elaboró y vendió a colegas de Medio Oriente, junto con sus antídotos, y cepas nuevas de estafilococo dorado, de esas que no dejan huellas (como la que habría matado al ex presidente Eduardo Frei mientras le practicaban una cirugía menor). En lo que nos concierne, y esto se sabe, también fue autor de un plan para contaminar el agua potable de Buenos Aires en 1978, cuando Chile y Argentina iban a entrar en guerra.

Eso, a nivel oficial. Dicen que, aparte, para inversores privados, trabajó en la eliminación del olor a cocaína que delata la verdadera ganancia de algunos laboratorios y transportistas.

Y que encima era inestable, alcohólico, de gustos raritos, cobarde y alcahuete. Por eso, cuando la justicia de EE.UU. inició en 1992 una investigación sobre el caso Letelier, la Dina lo ocultó en el Uruguay, con protección incluida. Cuando se puso demasiado nervioso, los protectores también se pusieron nerviosos.

La película, entonces, abarca desde su fugaz aparición pidiendo refugio en una comisaría de Canelones, hasta la aparición de su cadáver dos años más tarde, confirmando las sospechas de la jueza. Interesante, el conflicto entre deuda filial y deber judicial que hay dentro de la familia protagónica. Destacables, las actuaciones de Roxana Blanco, el veterano Walter Reyno, y César Troncoso. Digna de desarrollo para un monólogo teatral, la escena con María Izquierdo en rol de testigo y partícipe mentalmente desquiciada.

Valioso, el trabajo de reunir tres países en coproducción, para intentar una suerte de thriller político estilo Costa-Gavras. Una lástima, la cantidad de convenciones y facilismos argumentales que afectan la verosimilitud del relato. Incomprensible, la presencia del amante consolando a la jueza delante de toda la familia en un entierro. Dicho personaje lo hace, con alegría y sin mayor esfuerzo, Darío Grandinetti, pero, en este punto, el director no se esfuerza por alegrar a las espectadoras. En la escena más íntima ella entra a casa de él, charla dos palabras cálidas, y se va. ¿Nos habremos perdido algo? Bueno, más se perdió seguramente en los archivos y juzgados de los cuatro países involucrados, y en alguno que otro laboratorio.

P.S.

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