Un momento del espectáculo coreográfico multimedia “Lisboa, nunca te conocí, siempre te amé”, de Rodolfo Olguín, que se estrenó en el Centro Cultural Borges.
á presentando, en el Centro Cultural Borges, el espectáculo "Lisboa, nunca te conocí, siempre te amé", creado y dirigido por el bailarín, coreógrafo y docente Rodolfo Olguín, creador junto a Noemí Coelho del Modern Jazz Ballet.
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Basado en la historia de un inmigrante portugués en la Argentina, el espectáculo multimedia cuenta con material audiovisual de Estudio Droner, la participación del actor Pablo Sánchez y de los bailarines Miriam Coelho, Gustavo Carvalho y miembros del Modern Jazz Ballet. Dialogamos con Olguín:
Periodista: ¿Hay elementos autobiográficos en el espectáculo?
Rodolfo Olguín: Yo mucho antes de bailar hice teatro con Alejandra Boero durante varios años. Ahí Nidia Viola me vio condiciones para la danza. El teatro siempre me gustó, y desde hace tiempo fui mechando textos dentro de mis espectáculos coreográficos. Mi mujer es hija de portugueses, y estoy en contacto con la nostalgia de ellos, eso me tocó y creé la historia de un inmigrante portugués que llegó muy joven, que como tanta gente nunca pudo volver a su terruño. La mayoría de nosotros somos descendientes de inmigrantes, y es un eje de todos. Por más que uno se adapte esa nostalgia de la patria queda. En base a eso, y con música de fados, que es tan nostálgica, hice una historia. Hay un solo tango, que es "El porteñito", y un soporte audiovisual que complementa en algunos momentos la coreografía.
P.: ¿El lenguaje coreográfico se atiene a su línea del modern jazz?
R.O.: Sí, pero tanto Noemí como yo tenemos nuestro propio estilo. Ambos fuimos bailarines clásicos, de manera que introducimos diversos elementos. Siempre me gustó contar historias a través de las coreografías, y pienso que los pasos de danza son como palabras: cuantas más palabras se tenga, según el talento y la capacidad, mejor se va a escribir. Aquí incorporo un poema danzado: "Hijo de Portugués", de Víctor Belchior. La pieza está dividida en varios cuadros: la despedida, la llegada al país, el conocimiento con sus amigos, que hará que esa tierra que dejó empiece a estar cada vez más lejana, etcétera.
P.: Se menciona siempre el carácter nostálgico de la música de las ciudades que tienen puerto, y se pone como casos emblemáticos el fado en Lisboa y el Tango en Buenos Aires.
R.O.: Sí, y también la música griega tiene ese carácter. Recordemos que para los griegos no había castigo más grande que el destierro, que era la condena a muerte. El latino siempre extraña su tierra, sus costumbres, su comida. No es que sea algo triste: es emotivo.
P.: ¿Qué coreógrafos lo marcaron?
R.O.: Maurice Béjart, especialmente. Lo admiro porque era un genio y porque lo que hacía era siempre muy teatral. Además era una persona que no creaba pasos porque sí. Veo ahora que hay mucha técnica, muchos chicos que bailan muy bien, y es todo muy atlético, pero no me emociona. Creo que si el arte no emociona no tiene sentido. Jean-Louis Barrault, el actor, decía: "el bailarín es el atleta de los sentimientos" y yo siempre la traigo a colación porque me parece espectacular. También me ha influenciado Jiri Kylián en el modo de estructurar los pasos, y si uno observa su trabajo también advierte sentimiento, o Nacho Duato. No reniego de la técnica, que me parece un medio para expresar, pero no puede ser nunca el fin. Pina Bausch también por lo sutil y lo teatral. Béjart quería que sus coreografías murieran con él, porque más adelante en el tiempo él no hubiera hecho lo mismo. Decía que los coreógrafos deberían irse a la tumba como los faraones: con sus obras.
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