La ascendente Keira Knightley encabeza el brillante
elenco femenino de la nueva versión, menos pasteurizada
pero igualmente elegante, que la de 1940, de «Orgullo
y prejuicio» de Jane Austen.
«Orgullo y prejuicio» (Pride & Prejudice, G. Bret.EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: J. Wright. Int.: K. Knightley, M. Macfayden, B. Blethyn, D. Sutherland, S. Woods, J. Dench; T.Riley, K. Reilly, T. Hollander.
Para quien recuerde con agrado la versión fílmica de «Sensatez y sentimientos», hecha hace pocos años por Ang Lee y Emma Thompson, llega ahora esta, igualmente buena, versión de otra novela de Jane Austen. El tema es similar: esa mezcla de inquietud casadera que parece algo simpático de otros tiempos, e inquietud económica que explica por qué las mujeres de otros tiempos desesperaban tanto por casarse, ya que las leyes de propiedad poco y nada las favorecían.
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Las cuestiones del corazón y las cuestiones de herencia familiar y renta anual las afectaban más que ahora, encima encorsetadas como estaban a una serie inamovible de pruritos de estilo, clase, y condición social. ¿Y qué pasa cuando se juntan las dos condiciones del título, y para colmo los respectivos candidatos son demasiado tímidos o reticentes y no saben decir lo que les conviene desde un comienzo?
Bien, en ese caso lo que pasa es una linda trama romántica, la que acá vemos, sobre las humanas peripecias de unas jóvenes solteras hacia 1797, particularmente una, la inteligente de la familia, soportando a una madre metepata, tres hermanitas alborotadas por cualquier pantalón (con los riesgos del caso), una hermana apocada que no sabe dar señales suficientes a un candidato también apocado, un joven vicario pequeño en todo sentido, una amiga íntima poco confiable (y que con una plumita en la cabeza parece una pava), un padre débil y, sobretodo, un rico carilindo egoísta y pagado de sí mismo, pero que algo distinto tiene, porque no toda la gente es como nos parece, prejuiciosamente, a simple vista.
Como se advierte, ambos films coinciden en el tema, aunque el primero tenía un tono más cercano a la comedia. Ambos coinciden también en materia de elegancia formal, estilo interpretativo, encanto de época, belleza general, y piedad particular. A señalar, el modo en que el autor (Joe Wright, hasta ahora director de miniseries) nos introduce a la casa, y a la historia, por la puerta lateral, la composición de unos cuantos planos de la campiña inglesa, digna del mejor almanaque, la visita a algún palacio de Derbyshire o Wiltshire, que creemos haber visto ya en «Barry Lyndon», la escena en que, en medio de un baile, los protagonistas parece que estuvieran totalmente solos, como Alicia Barrié y Georges Rigaud en «16 años», de Carlos Hugo Christensen, el sonido de los manteles al ser sacudidos para extenderse sobre los muebles, subrayando el alejamiento de su dueño, y la suave música de piano.
Brilla la ascendente Keira Knightley, aunque su perfil sea demasiado actual para el personaje. Brillan, como secundantes, Brenda Blethyn, Kelly Reilly, Jude Dench y demás mujeres, y ponen la debida cara de tontos que Jane Austen veía en los hombres Donald Sutherland, Simon Woods, y Matthew Macfayden, este último en un rol que también supieron cubrir, en otras versiones, Colin Firth, Peter Cushing, y, sobre todo, Laurence Olivier, cuando hizo pareja con Greer Garson en la versión MGM de 1940, hermosa pero algo pasteurizada. Esta, de la Universal 2005, ya dice más las cosas por su nombre (y sin perder la elegancia, porque ¡qué lindo hablaban en las novelas de antes!). Vale la pena.
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