3 de abril 2001 - 00:00

Orquesta y sexo, protagonistas

La deslumbrante puesta de «Lady Macbeth de Mtsensk», sin antecedentes en el Teatro Colón, acredita entre sus muchas magias la de valerse de la mirada cinematográfica para franquear esa distancia, cada vez más abismal, que se fue estableciendo en el siglo XX entre el espacio tradicional del teatro de ópera, adecuado a un género de convenciones férreas, y el drama musical contemporáneo, más cercano a otros lenguajes. Con esta puesta, la actitud misma del espectador, que es tan diferente cuando ingresa en una sala de cine, un teatro de prosa o una ópera, se modifica en consecuencia.


La versión Rostropovich-Renán, más allá del protagonismo que le otorga a la orquesta como personaje dramático, se convierte en el mejor vehículo para la representación de su protagonista, Katerina Ismailova, a quien Shostakovich no sólo redimió de su condición de victimaria, sino que exaltó a la altura de la heroína. Tanto es así que, antes que la figura de la despiadada Lady Macbeth, a Katerina le cabría con más legitimidad la imagen de Ofelia (quien, como ella, también murió ahogada por amor, y sobre todo por ese amor físico que le negó el ambiguo Hamlet).

Es muy interesante seguir la evolución histórica del personaje. En el cuento original de Nicolai Leskov, Katerina era simplemente la «carnicera del distrito de Mtsensk». Una asesina fría y calculadora que utilizó al intruso Sergei para matar a quien fuera y escapar del cerco que la oprimía. En la ópera de Shostakovich (1934, revisada en los años '60), los rasgos de esa crueldad ya no son reconocibles.

La película de Andrzej Wajda, «Lady Macbeth de Siberia» (1962), empleó como banda de sonido numerosos motivos de la ópera, a la que rinde homenaje, pero que a diferencia de ella vuelve sin censura a las fuentes del relato. Aquí, la naturaleza del personaje es totalmente opuesta. Si bien Katerina es una mujer sometida y por quien el espectador puede sentir piedad en la primera parte del film, cerca del desenlace comete junto a su amante un tercer asesinato (que por supuesto Shostakovich suprimió por intolerable): matan a un niño, el heredero legítimo de la finca, asfixiándolo con la almohada en la cama donde duerme.

Es por ese crimen, descubierto por la multitud enardecida que intenta lincharlos, que ambos terminan en Siberia. Y es por ese crimen que Katerina puede ser asimilada a Lady Macbeth, algo que desaparece en la ópera, y que lógicamente impediría en el espectador la conmiseración que llevó a Shostakovich a dedicarle a su Katerina, casi, una ópera enamorada.

La versión que se está viendo en el Colón, a través de sus variadas técnicas multimedia, pone de relieve como pocas veces antes a la Katerina que soñó el compositor y que tanto escandalizó a Stalin, a quien por supuesto más perturbaba el sexo que la muerte. Una mujer terrena, sufriente, para quien la libertad también significa, y primordialmente, la satisfacción sexual. Es decir, lo mismo que anhelaban todas las heroínas verdianas, pero que jamás se confesaron.

La representación de este deseo recorre, a lo largo de la ópera, diferentes modalidades, y si hay para el clímax una escena de desbordada fanfarria (cuando la banda de bronces se alinea a lo largo de un plano perpendicular a la cama), es en los momentos puramente cinematográficos, los de la representación naturalista y agigantada del rostro de la cantante a través de las cámaras de video, cuando se pone en escena esa incomodidad que no deja de reconocerse en la verdad sexual propia de esta ópera, que Katerina canta sin remilgos: «¿No busca el caballo a la yegua, no busca el macho a la hembra...?»

En esta versión, la cámara desnuda maquillajes y velos, y produce un choque singular: el que se produce entre la figura típica de la
prima donna vanidosa, tan asimilada al artificio, con la imagen sin ninguna posibilidad de mentira que agiganta la cámara y proyecta sin pudores en el fondo: el sudor, la respiración agitada por el acto de cantar, la edad real. En definitiva, una puesta en escena que, además de todas sus virtudes, también será recordada con la primera con escenas de lírica explícita.

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