El músico Sergio Pángaro debuta como actor en «El artista
», la primera coproducción surgida del convenio entre
el Instituto Luce de Italia y el INCAA argentino.
Roma (Enviado especial) - Sergio Pángaro, protagonista de «El artista», no dejó de vestir ni un solo momento saco y corbata en Roma. Delgado y de bigotes finos, su estampa -aunque sin gomina- recuerda la de los señores Divito de los años '50, y mucho más por las resonancias de un apellido asociado al famoso vino de aquellos años. Cantante, compositor de algunas bandas de sonido para el cine argentino (hizo la música, entre otras, de «Animalada») y líder de la banda Baccarat, Pángaro es otro de los muchos actores no profesionales que debutaron en «El artista». Dialogamos con él.
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Sergio Pángaro: En verdad, soy amigo de hace bastante tiempo de los directores. Lo que no imaginé es que me darían el papel protagónico. Leímos juntos el guión, me iban pidiendo mis opiniones, cómo veía yo al personaje, pero sólo al final me revelaron la intención de que fuera yo quien la intepretara.
P.: Usted debe ser el impostor más triste en la historia de este género. ¿Cómo se llegó a encontrarle ese tono al papel, cuando el espectador está posiblemente esperando un personaje más ladino, más despierto?
S.P.: Es que justamente ése es, creo yo, el propósito del film. Decidimos que mi personaje fuera parco, con poca iniciativa expresiva, lo cual cambiaría mucho su lugar en la película al diferenciarse de las expectativas que se tienen sobre él. La película se apoya sobre personajes, además de situaciones, de los que se espera que sean de determinada manera, y resultan siendo de otras. También se puede pensar que existe un fondo de ironía sobre las imposturas en el arte, y no sólo por el hecho de que uno se haga pasar por otro sino las imposturas entendidas como « sobrevaloraciones»...
P.: Como el caso del artistainglés Damien Hirst, que se mencionó al final de la proyección...
S.P.: Así es, como ese caso, pero tampoco ése es el objetivo. Más bien, es el de jugar con todas esas convenciones, las del mundo del arte y las del cine cuando plantea retratos de impostores, tanto desde la actuación como desde los encuadres no convencionales con los que traducen el relato los directores. El guión lo que hace es evitar todo juicio moral. No hay condena ni al impostor, ni a los falsos artistas, ni a los curadores o los críticos y galeristas. Y, aunque hay suspenso y tensión cuando el espectador cree que mi personaje va a ser finalmente descubierto, todo se resuelve de otra forma. Creo yo que, a cierta altura, ya no interesa demasiado si será desenmascarado o no, porque el interés empieza a ir por otro lado.
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