«La mala hora» (O veneno da madrugada, Br.-Arg.-Port., 2005, habl. en portugués). Dir.: R. Guerra. Guión: T. Feitosa, L. Miguel, R. Guerra. Int.: J. Carneiro, O. Bastos, N. Bicudo, L. Luque, J.P. Noher, M. Paolucci, L. Galvao, F. Sabag.
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Esta película interesa a los seguidores de García Márquez, porque es ingeniosa y refleja mucho del ambiente en que se formó el escritor. Pero francamente espanta al público común, que sólo ve una oscura, fatigosa, harto gritada y larga versión de una novela breve sobre la violencia que causan ciertos anónimos en un pueblo perdido. Al autor le gustó, hay que aclararlo.
Más claro aún, García Márquez proclamó su agrado urbi et orbi, y por poco no dijo también que era mejor que el libro suyo en que se basa, y que en Brasil se conoció como «O veneno da madrugada» (de ahí el título original de lo que acá se estrena). Visto el film, sólo cabe considerar que don Gabo es un gran humorista, un fantasioso irresponsable, un amigo absoluto de sus amigos, o, lo más seguro, las tres cosas al mismo tiempo, lo cual lo honra, pero también lo hace muy poco confiable.
Lo cierto es que su amigo Ruy Guerra, que ya había trabajado con el universo del colombiano en «Eréndira», «La fábula de la bella palomera», y «Me alquilo para soñar» (todos muy respetables, aunque ninguno enteramente elogiable) hizo aquí una cosa muy rara, que por
un lado nos lleva hacia la profunda Latinoamérica que el autor supo conocer de cerca ( pueblo chico, lluvias tropicales, sensualidad, maledicencia, poderosos de malhumor, cuentos), y por otro lado trata de contarnos que «todo es según el color del cristal con que se mira». Para esto último, repite tres veces un mismo hecho, con distintos ángulos. Un chiste viejo pero efectivo, que Guerra exaspera con planossecuencia bastante morosos, clima asfixiante, personajes irritantes, un recitado propio del peor teatro de provincias de la época en que transcurre la historia, y otros recursos tan apreciables como antojadizos, donde no se lucen ni los actores, ni el argumento de la obra, ni la fotografía del maestro Walter Carvalho (el mismo de «Estación Central», «A la izquierda del padre», y «Carandirú», por citar sólo tres muestras de su talento).
En resumen: la puesta en escena y el juego de flashbaks tienen méritos innegables, pero el conjunto es más pretencioso que logrado. Al final, más garcimarquecianos lucen el romance cubano «Cartas del parque», con Víctor Laplace, «El coronel no tiene quién le escriba», de Arturo Ripstein, y las dos versiones de «Tiempo de morir». A salvar de algún lado, «En este pueblo no hay ladrones», donde Márquez también actúa, aunque la figura de ese film no es él, que recién empezaba, sino don Luis Buñuel vestido de cura. P.S.
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