Pinamar- Menos glamorosa que el año pasado, y con las salas todavía sin mejorar, pero interesante, cerró ayer la tercera edición de Pantalla Pinamar. La española Mercedes Sampietro fue la principal figura homenajeada, la alemana «La vida de los otros» confirmó porqué viene arrasando con todos los premios en Europa y EE.UU., «Crónica de una fuga», « Derecho de familia» y «El camino de San Diego» recibieron (en ese orden) el voto del público como las nacionales que mejor nos representaron este año, y el argentino Hernán Gaffet hizo una alarmante (no alarmista) denuncia.
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«En muy pocos meses gran parte del archivo fílmico del Museo del Cine estará definitivamente destruido», dijo. «Doy un solo ejemplo. El único registro de Los Beatniks tocando por Avenida Corrientes (famoso escándalo de la época) estaba en una lata oxidada. Cuando logramos abrirla nos mareó el olor a vinagre, es decir, la cinta ya estaba en descomposición. Como esa, hay muchas otras latas. Los empleados tienen muy buena voluntad, pero no pueden hacen maravillas con el patético presupuesto municipal de que disponen.
Tampoco el Archivo General de la Nación está en buenas condiciones. El Incaa debería producir unas tres películas menos por año, y dedicar ese dinero a una eficaz recuperación del patrimonio».
Por cierto, después, con el material bien conservado, podría financiar buenos documentales «de archivo», como el singular «Cuadernos de contabilidad de Manolo Millares», donde se ilustran los diarios íntimos del artista canario. En este caso, contaba su director Juan Millares (su sobrino) el problema era familiar. «Todas las familias tienen un lado oscuro, y yo caminaba por un campo minado, porque los parientes dicen sus cosas y luego, al verlas en pantalla, quedan molestos conmigo. Yo creí que tendría problemas por denunciar con fotos a varias personas que aún viven, y que durante la Guerra Civil eran los que llevaban a sus prisioneros 'de paseo', pero nadie se dio por aludido, y en el caso de un falangista ya muerto, pues, como sus hijos lo odiaban, no hubo problema».
Más de España
Una historia familiar más agradable fue «Un franco, 14 pesetas», buena evocación de cuando los españoles eran los inmigrantes pobres de Europa, hace apenas dos generaciones, y es muy tocante saber que se trata de la propia historia del director, Carlos Iglesias, filmada en el mismo sótano madrileño de su infancia, cuando el padre, mecánico de autos, tuvo que irse, y en la misma casa de Suiza donde madre e hijos se reencontraron años después con el padre. Últimos títulos destacados, «Paris, je t'aime» (aunque algo irregular, como casi toda antología de cortos), y «La vida de los otros», intenso, controlado, germánico drama donde un miembro de la Stasi vive sus sentimientos a través del hombre a quien espía y logra salvar, aunque no es precisamente un clásico final feliz (única dificultad, escribir el nombre de su autor, Florian Henckel-Donnersmarck). El cierre fue con «La gran final», pintoresco panorama hispano de la globalización, o cómo pastores mongoles, camelleros (no camilleros) tuaregs e indios amazónicos se las ingenian para ver un mundial de fútbol. Cierre paralelo, en la sala de al lado, «Torrente 3», parcialmente filmada en Buenos Aires.
Balance provisorio. Para los organizadores locales, es positivo: hubo retracción de gastos, se superaron los 20.000 espectadores (casi 100% más que hace dos años), aumentó la venta de abonos, y, en parte gracias al mal tiempo, muchos pinamarenses han tomado el vicio de ver dos y hasta tres películas por día.
Anécdota final: «En el zoo de Santiago del Estero tenían enjaulado un tatú carreta, de los pocos que quedan. Un día desapareció. Como buen presidiario, el animal, de uñas fortísimas, había hecho un túnel, y se ganó al monte.» Lo contaba José Luis Castiñeira de Dios, durante una sobremesa en un restaurante mexicano, donde se habló de animales en extinción, premios difíciles, músicos borrachos y/o pendencieros, y otros motivos anecdóticos dignos de registro (aunque no siempre de publicación).
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