"Por necesidad, la escritura siempre es exposición"

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Las hojas y el celuloide, la metáforas y la luz, la musicalidad de las palabras y los planos, recursos utilizados en la narrativa y en la pantalla para que el público capte la subjetividad de un creador. Lilian Laura Ivachow, quien según sus palabras siguió "los caminos de la literatura y el cine con igual pasión", despliega en su libro de cuentos Mi madre favorita tiene bíceps una escritura en la que por momentos se cuelan fórmulas de película.

En sus cuatro relatos, todo vale para mostrar a un abanico de personajes con algo que aprender. Chicas que se descubren enamoradas de otras chicas, mujeres que rememoran aventuras del pasado y policías enamoradizos que cambian de rumbo viven su propia revolución personal en los escenarios más disímiles: casas en ruinas, viejas filmaciones caseras, clases de boxeo, clubes de fans y hasta las calles de Hong Kong. Siempre, de la mano de una prosa en la que conviven los conocimientos académicos con la cultura pop, el humor con la angustia y la belleza con lo que los cánones más elitistas consideran "mal gusto". En diálogo con ámbito.com, Ivachow habló de su último proyecto y de cómo desarrolló su camino como escritora a lo largo de los años.

Periodista: ¿Cuándo nació la idea de escribir de Mi Madre favorita tiene bíceps y cómo elegiste el título?

Lilian Laura Ivachow:
Tenía cuentos escritos de distintas épocas y también la necesidad de reunirlos en un libro. "Mi madre favorita tiene bíceps" es el más extenso, y con las editoras nos pareció que además de desparpajo tenía la suficiente fuerza y elasticidad como para marcar un punto de cruce entre las historias. De hecho, en el libro abundan madres ausentes u omnipresentes y distintos modos de favoritismos. Fue cuando escribía este texto que una amiga mencionó el tema de Soda Stereo "Mi novia tiene bíceps". No lo recordaba, pero tenía presente muchas canciones de ese disco que habían constituido la banda sonora de mi adolescencia: Jet Set, Trátame suavemente, Vitaminas. Nunca fui una fan de Soda, pero si tengo que elegir un disco me quedo con ese. La mención a la banda venía bien porque además de aportar una referencia que podía compartirse, caracterizaba a la narradora en oposición a su pareja. Al igual que con el título de la canción, un nombre propio se vinculó de forma inconsciente con una referencia cultural, precisamente con el personaje de la Pantera Ivanoff, incluido en ese cuento. En una época enviaba textos a concursos y los firmaba como Laura Ivanoff. Siempre soñé con llamarme Ivanoff, me parecía más urbano, más sofisticado que Ivachow y lo pensé como una referencia interna en el sentido de combatir a las partes más detestables de uno mismo. Después me di cuenta de que en "Titanes en el ring", un programa que no me perdía de chica, había un personaje llamado "el gitano Ivanoff". Puede entonces que el "Ivanoff" venga de ahí, junto a la pasión por el boxeo y por la lucha libre.

P.: Te desempeñaste durante años como crítica de cine. Incluso tu último cuento recrea una película de Won Kar-wai. ¿En qué grado el cine atraviesa tu narrativa? ¿Pensás visualmente las escenas antes de escribirlas, con los planos que también detallás?

LLI:
Esto es algo que me marcan los lectores. Julián López, el escritor que ofició de interlocutor en el cuento "Los paracaidistas" vio aspectos de la fotografía en cine que se me escapan, como determinadas puestas de luz en fragmentos descriptivos. También encontró una tendencia a sembrar información que luego se recupera. Puedo asociar este procedimiento a determinadas estructuras de guión del cine clásico, así como también el hecho de caracterizar personajes a partir de pinceladas o elegir nombres con cargas referenciales. La cierto es que el cine atraviesa los cuentos mucho más que lo que suponía, a veces de manera inesperada. Hay resoluciones azarosas que tienen ligazón directa con la comedia. En los años en los que escribí crítica cinematográfica, los periodistas de la revista EL AMANTE comenzaron a valorizar las nuevas comedias norteamericanas y cuando la narradora de "Mi madre favorita..." espía el Facebook de la Pantera Ivanoff, no puedo más que pensar en una situación de comedia. Por otra parte la idea de encontrarse a uno mismo en una filmación, lo que ocurre en "Los paracaidistas" se vincula con un cuento de Graham Greene que se llama "The Blue Film" (según la traducción, "La película prohibida", "El film verde" o "La película pornográfica"). Aquí un hombre que viaja con su esposa por Thailandia, va al cine y se ve en una "porno"- por cierto, "porno" de otra época- en la que había participado de joven. Siempre me interesó ese cuento y cuando estudié guión con José Martínez Suárez le dije que quería hacer un corto basado en él, justamente porque me fascinaba la idea de encontrarse a uno mismo a través del tiempo. Al fin no lo hicimos, pero me doy cuenta de que el cine se apodera de la escritura incluso a través de la literatura.

P.: La tapa del libro, ilustrada por Maia Debowicz, muestra una chica en bikini con un paraguas, lo que es una hermosa contradicción. ¿Pensás que la escritura y tu escritura tienen algo de eso, de exponerse y salvarse a la vez?

LLI:
La contradicción atraviesa la voz del narrador en todos los relatos. En el cuento "Mi madre favorita..." hay un mecanismo, la repetición del "o quizás" que marca las dudas internas del personaje. Justamente durante la presentación, Cecilia Antúnez, una de las editoras literarias, marcó estas contradicciones de los narradores entre lo que dicen y lo que hacen, entre lo que quieren ser y lo que son. Pienso que la escritura es necesariamente exposición, por más máscaras que se utilicen. Lo de la salvación dependerá de la propuesta de cada autor, en estos casos existe, pero cuando las cosas tienden a acomodarse siento que el texto deja una grieta para que se vuelvan a resquebrajar. Pienso en el cuento "¿Quién será Érica?" donde la redención se da en un plano imaginario.

P.: Tus personajes tienen una impronta kitsch nostálgica e imagino que disfrutas del kitsch ¿Cómo convivió ese gusto con tu formación y qué te decían tus pares?

LLI:
Disfruto del kitsch, me acompañó desde siempre, desde que desconocía el término porque no lo necesitaba. De hecho, una amiga que leyó el libro me habló del "existencialismo kitsch". Esa idea me encantó, me hizo pensar en qué medida esa impronta kitsch iluminó zonas que van más allá del buen o del mal gusto. Con todo, reconozco que en algunas épocas tuve prejuicios. Me acuerdo que cuando estudiaba Letras decidí no tener televisión porque la TV me quitaba tiempo para leer. Luego me involucré demasiado con los medios audiovisuales. A los veinte años uno es tremendamente inexperto y a la vez creído. Es más fácil sentirse omnipotente cuando hay más energía vital. Y en cuanto a mis pares, les ha sorprendido y divertido encontrarme hablando de kitsch con naturalidad. Muchos están bastante cerca de esta sensibilidad. A veces algunos me han hecho sentir una distancia, la respeto. Por suerte nadie se escandalizó. Mejor así, sería triste hacer cosas para provocar o escandalizar a la gente. 

P.: En tus relatos el amor aparece como revelación, siempre ¿Te propusiste hablar de amor? Además, protagonistas con formación académica se enamoran de una profesora de boxeo o de una figura de los '80. ¿Pensás que el amor rompe las fronteras de la intelectualidad?

LLI:
No me propuse hablar del amor sino de obsesiones, fanatismos y nostalgias distorsivas que son, a mi juicio, formas erróneas del amor. Del amor no me siente capacitada para hablar, al menos hoy. Pienso que los enamoramientos, más que el amor, rompen todo tipos de fronteras. Esto es algo que la tradición hollywoodense y las telenovelas entendieron bien. Lo diferente enamora y libera, puede que nos libere del peso de ser nosotros mismos. "Los apolíneos suspiran por los dionisíacos" dijo Antonio Gala en el programa "El perro verde" una vez.

P.: En el cuento "Los paracaidistas", la protagonista se debate si sigue siendo poeta años después de haber escrito un poema. Vos también hiciste un libro de poemas. ¿Te paso un poco lo de la protagonista? 

LLI:
Me ocurrió en tanto que conocí grupos en los que se ponderaba demasiado el "ser poeta" y "ser artista" y en los que sus integrantes se sentían víctimas del olvido y de la poca difusión. Como la protagonista de "Los paracaidistas" me alejé hacia el fin de siglo de la ciudad y de sus núcleos culturales. Ahí me impactó el valor que se les otorga a determinadas identidades, sobre todo porque en el 2001 vi como muchos de los vecinos de mi barrio de origen que habían tenido una zapatería o que trabajaban en fábricas o empresas de pronto se quedaban sin trabajo y tenían que salir a manejar un remís. De repente "el zapatero" era remisero. Esto era algo difícil de asimilar, y ahí me pregunté si seguía siendo poeta.

P.: ¿Cuándo te sentiste escritora definitivamente?

LLI:
Como te decía, viví esta identidad de manera fluctuante. Desde siempre escribí y sentí el aliento y el reconocimiento de personas más o menos especializadas. En algún momento me creí escritora, pero como comencé a publicar bastante tarde y nunca fui prolífica me costó sostener esa creencia. Luego el ejercicio sistemático del periodismo me hizo reconocer un estilo, algo así como una voz propia que a veces se filtraba sobre el objeto de análisis. Hoy día me identifico con las ideas de Hebe Uhart, ella dice que siempre se le pregunta a los escritores en qué lugar de la casa les gusta escribir y deberían preguntarles si así pagan las cuentas. Es en este sentido que considero a la escritura un trabajo, un trabajo apasionante pero a la vez arduo y difícil.  

*Lilian Laura Ivanchow es autora del poemario Mi chica de cristal (Ediciones Mala Semilla) y Mi madre favorita tiene bíceps (Ediciones la mariposa y la iguana). En cine codirigió el documental sobre David Kohon Una galería de espejos y el largometraje de ficción Pablo y Virginia van a Luján.

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