Leonor Benedetto: «Me mudo de país, de barrio, de casa, de
ideas políticas y religiosas. Pero en el fondo soy la misma».
"Creo que mi película es una devolución a tantos años de relación con el público", dice Leonor Benedetto refiriéndose a su opera prima generada en el Hollywood puntano «El buen destino», de estreno próximo. Y agrega: «Nunca pensé que la película misma iba a determinar su destino. Va siempre delante de mí, en el camino que iniciamos juntas. Desde que empezamos a recorrer festivales hace un año en Montreal, y la semana próxima estaremos en Bombay».
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La charla tiene lugar en su departamento de un piso doce con vista a la Biblioteca Nacional, cerca de una calle a la que se accede por escaleras. «Me mudo mucho, de país, de barrio, de casa. Acá estoy desde hace un año, ya es casi una duración histórica. Como mis ideas políticas, o mis ideas religiosas, en realidad cambio pero no cambio. La esencia es la misma. ¿Personalidad?¿Algo adquirido? No sé. En todo caso, en mí se aplica el viejo dicho africano 'lo único permanente es el movimiento'».
Periodista: Profesionalmente ¿ese movimiento empezó con «Su comedia favorita», de Alberto Migré?
Leonor Benedetto: Un poco antes, porque no bien egresé del Conservatorio hice «Teatro universal» en el viejo Canal 7, dirigida por Osvaldo Bonet, uno de mis personajes favoritos. Casi simultáneamente, teatro de verano con José María Vilches, en el Museo Larreta de Juramento y Cuba. Cine empecé en «El santo de la espada», con esos vestidos enormes disimulando mi segundo embarazo. El primero lo tuve siendo todavía estudiante.
P.: Hizo una carrera bien variada.
L.B.: Aproveché todo lo que podía aprender, y el resto lo tiré sin compasión. Cuando joven hice cosas horrorosas, que seguramente no haría hoy, pero en su momento estaban bien, las hice por motivos de training, artísticos, económicos, y las agradezco. También hice cosas interesantes que hoy están algo olvidadas, como «El poder de las tinieblas», de Mario Sabato, adaptando parte del libro de su padre Ernesto Sabato, «Sobre héroes y tumbas». Eso, en su momento, fue muy arriesgado. Por suerte, como la censura, antes que injusta, es estúpida, y además pesaba el nombre, la dejaron pasar.
P.: ¿Qué fue de esa otra rarezallamada «De profesión: señora»?
L.B.: Fue en México. Era una telenovela bien mexicana, no la recuerdo demasiado. Yo venía de hacer «Rosa de lejos» y «Dios se lo pague»; formaba parte de un grupo que había revolucionado el teleteatro, y esto era un retroceso. Se grababa con telepronter, el audífono por el cual un apuntador va dictando los diálogos, lo que impedía esa fluidez que tenemos, y que resulta tan magnética para otros que no entienden cómo hacemos un capítulo por día. No quise usarlo, pero entonces actuaba distinto de ellos y quedaba «fuera de código».
P.: ¿Por eso los actores de TV mexicanos parecen tan solemnes?
L.B.: No me atrevo a decirlo, porque estaríamos generalizando. También suelen ser solemnes los españoles. La mayoría suenan engolados, no sé si les pesa la tradición, o algo parecido. Es verdad que algunos argentinos también son engolados. Los malos. Y entonces no son creíbles. También hay géneros que requieren cierto envaramiento. No todo es naturalismo, gracias a Dios.
P.: Un consejo a los actores..
L.B.: Esta es una maratón de largo aliento. Hay que tener talento, disciplina, generosidad, y hacer más fácil la vida de los compañeros. Entre dos talentosos de igual nivel, elijo el que haga más agradable la vida en equipo. Claro, si hay diferencia, es mejor lidiar con un talentoso difícil que con un mediocre simpático.
P.: Usted casi siempre trabajójunto a grandes talentos.
L.B.: Y traté de aprender. La primera sensación clara que tuve de que esto sería siempre un aprendizaje fue haciendo la mucama, un precioso personaje, en una puesta de «Espectros», con Alfredo Alcón y Milagros de la Vega. Era como una sobreinformación que tiraban ambos al resto del elenco, muy generosamente y a raudales. A partir de ahí, tuve compañeros tan generosos como ellos, y lo contrario. No hago nombres.
P.: Los haremos nosotros. Por ejemplo, la directora María Herminia Avellaneda («Rosa de lejos»).
L.B.: Ella es uno de mis modelos inamovibles, sobre todo en eso de la disciplina. Quienes no la conocieron se quedaron con su fama de mujer seca y adusta. Trabajaba con seriedad, pero tenía un humor desopilante. Como ella, yo soy un poco vinagre y tengo buen humor.
P.: Adolfo Aristarain («Un lugar en el mundo»)
L.B.: No se le escapa nada, tiene gran velocidad de reacción ante los problemas de rodaje que surgen diariamente, escucha siempre. Después hace lo que él quiere. Además, fue admirable eso de tenernos a todos encerrados en el campo, capitaneando nuestro rendimiento y haciéndonos convivir bien.
P.: Cecilia Barriga («Time's up», con el que Benedetto ganó el premio a Mejor Actriz en el Festival de Amiens).
L.B.: Superó la definición común de cine independiente, porque trabajamos sin ningún presupuesto. Filmamos sin permiso en las calles de Nueva York, como los vendedores de discos piratas que agarran el mantel y corren cuando viene la policía, encima con un frío salvaje. Yo hacía una psicóloga argentina escapada, profundamente solidaria con sus pacientes, que se compra un motor home, y hace consultas domiciliarias. Y no es ortodoxa: los toca, los acaricia.
P.: Pilar Miró.
L.B.: Estudié con ella en Madrid. La vi por última vez en Buenos Aires. Acababa de ganar en Mar del Plata con «El perro del hortelano», y quería dirigirme en teatro. También de ella decían que era autoritaria, poco humorista. Me dolieron sus muertes. Miró y Avellaneda fueron maestras en lo suyo, pero no respecto a cómo el afuera acabó con ellas. En general la gente deja hacer, hasta que una es demasiado notoria. Al menos Barriga es bastante más despiadada con el medio, lo que es bueno. Creo que el punto en común de las cuatro es la tozudez.
P.: ¿Usted consigue lo suyo apelando a la tozudez o a la seducción?
L.B.: Para el trabajo soy terriblemente tozuda. Cuando me planté, «Querida Leonor» fue aprobada en 24 horas por las autoridades de «canal (a)». Luego logré lo que habitualmente logro: que el equipo adhiera al proyecto. También adhirieron mis colegas, que participaron generosamente.Y en «Juego de opuestos», basado en entrevistas, fueron no sólo mis colegas, sino personalidades como Osvaldo Bayer y el pintor Guillermo Roux. Tuve buenas respuestas. Lo mismo me pasó al filmar «El buen destino». Tengo la sensación de estar recogiendo algo.
P.: Y tiene unos cuantos amigos en el reparto.
L.B.: En especial, la fortuna de contar con los cuatro actores para los que escribí: Federico Luppi, Pablo Rago, María Carámbula, que debuta en cine, y Jessica Schultz, que está espléndida. La tenía en mi imaginación. Debía ser antipática, desagradable, y lo fue, sin caer en la tentación (que tienen muchos) de «abuenar» el personaje, para que quieran al actor. Creo que hice una buena historia, más o menos armada, con los personajes tan entrelazados que sacando a uno se viene abajo el edificio. Por ejemplo, Oscar Alegre, un tipo muy fogueado, con un personaje de miradas, más que de textos, que es el pilar de la historia. Fue muy generoso, de aceptarlo y luego hacerlo con la intensidad con que lo hizo.
P.: Ultima pregunta: ¿por qué recién ahora va a estrenar su película?
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