Sarmiento de ultratumba

Espectáculos

«Este cementerio es la patria con cuerpo y alma; la patria de entonces; la patria de ahora, la patria de mañana».

D.F.S.


La muerte sugiere más preguntas que respuestas. ¿Por qué Sarmiento, el más apasionado y optimista de los próceres, iguala patria y cementerio? Visitador de cuanta necrópolis y campo santo se atravesara en su larga vida; autor de necrológicas; amante de momias egipcias y americanas; y diseñador del sepulcro de su hijo y del panteón de sus padres; es, sin duda, nuestro máximo necrófilo.

¿Qué guarda una tumba? O mejor aún, ¿qué contiene un muerto? Descartando que ni sepultura ni sepultado atesoran muerte, cosa incontenible si las hay; el muerto debe tener algo en custodia. Sarmiento nos lo dice con claridad: «los muertos son tiempo condensado como el carbón es la luz y calor depositados para más tarde».

La metáfora de orden mineral, que enlaza piedra y finado, no es caprichosa; el descubrimiento de un petrificante de cadáveres que permite conservar estatuariamente a la parentela en casa, es celebrado en la sección de curiosidades de El Zonda.

El muerto contiene tiempo, pero no uno de carácter disolvente, como aquél que lo ha ultimado, sino otro de opuesta índole, por el cual perdura: el tiempo patrio. Si el primero corre como arena, el segundo permanece en mármol y bronce. Si aquél carece de fuente y fluye anónimo, éste es memoria del origen. Etimológicamente, la patria es la tierra de los huesos paternos; muerte y origen están hermanados y todo pueblo nace con esta gemelidad.

Nuestro prócer no duda: «alrededor de una tumba (...) empezaron a bosquejarse la familia, el orden social y las leyes.» No hay vida civil sin memoria y no hay memoria sin muertos que la sacralicen. El extinto, el finado, es paradójicamente la condición del monumento, inextinguible e infinito. El cementerio de la Recoleta con su millar de osamentas célebres constituye el núcleo monumental de la nacionalidad. Quiroga, Rosas y Sarmiento forman parte de un organismo único, la identidad argentina.

Curiosamente, muchos legisladores trabajan afanosamente a fin de vaciar esta memoria yacente. Vélez Sarsfield, Alberdi y los padres de San Martín, entre otros, ya han partido; La Rioja reclama a Facundo, y cualquier pueblo perdido se siente merecedor de su esqueleto prócer.

El mausoleo de Don Domingo, humildemente edificado y encajonado en los suburbios del cementerio, ha padecido también el saqueo de las autoridades. El busto del escultor Victor de Pol que embellecía el monumento, brilla por su ausencia. ¿Quién ordenó mutilar el monumento declarado histórico? En su escrito sobre el día de los muertos el sanjuanino escribe: «me arraigo en el suelo, me endurezco (...) y me convierto en estatua del cementerio». Los directivos del Museo Sarmiento, en cuya puerta aparece hoy el busto, tienen seguramente buenas razones para contradecirlo, dañando su memoria y la propia.

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