Patrick
Bauchau y la
directora e
intérprete
Teresa
Costantini en
«El amor y la
ciudad».
«El amor y la ciudad» (Arg., 2006, habl. en esp. y fr.); D.: T. Costantini; Guión: T. Correa Avila; Int.: P. Bauchau, T. Costantini, A. Navarro, V. Carnevale, J.P. Reguerraz, J.P. Noher, C. Lapacó, J. Palomino Cortéz, H. Havilio.
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En forma resumida, cabe decir que ésta es la agradable historia del reencuentro de una hija con su padre anciano, y el encuentro y desencuentro de dos jóvenes. Entrando en detalle, se advierte la existencia de unos cuantos malentendidos, malestares, y dolores, que demoraron ese reencuentro, y que causan, de algún modo, el mencionado encuentro, pero también lo afectan. La vida sentimental de las personas suele ser más complicada de lo que uno quisiera.
Vale, como ilustración, el castillo de naipes que la protagonista intenta culminar en su casa, desbaratado por el simple golpe de una puerta. Detalle primordial, no hay más golpe que ese en toda la película, y tampoco hay gritos destemplados. Por el contrario, el relato se desenvuelve con tanta buena educación por parte de los personajes, y de sus intérpretes, y tanta elegancia visual y buen fondo musical, que la angustia casi no se percibe.
Al contrario, toda esa amabilidad general reduce la crispación propia de cualquier conflicto, inclusive los de la soledad, el desfasaje mental, y la muerte, que acá también se exponen. Esto, a nivel dramático, puede ser un riesgo, pero a cierta altura de la vida, y después de ver tantas historias de familias o parejas en crisis, también puede ser un descanso. Y si vamos a sufrir un poco, no demasiado, que sea en Paris, donde transcurre buena parte del relato. Naturalmente, no en la actual, sino en la vieja Paris, la amada e idealizada por generaciones de libreros, escritores, y demás soñadores de Buenos Aires, una Buenos Aires que, dicho sea de paso, también se ve tentadoramente agradable, habitable, y hasta limpia. El cine permite esos ensueños.
Como cerrando temas abiertos (y heridas abiertas) en sus anteriores «Nunca estuve en Viena» y «Acrobacias del amor», Teresa Costantini presenta ahora esta historia, que acaso nos permita sublimar de modo calmo otras historias (esas que cada espectador guarda consigo, y a veces encuentra reflejadas en la pantalla). Se ha expuesto, también, y se ha lucido, junto al veterano Patrick Bauchau, el Sena, y un buen elenco. A destacar especialmente, la fotografía de Héctor Moroni, la edición de Laura Búa, y la suave música de Fernando Kabusacki, acompañado por Matías Mango y Fernando Samalea.
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