(30/03/2001) Un cuarto de siglo atrás, el grupo Camel era sinónimo de la más sutil, refinada y armoniosa variación de rock sinfónico. Ya en esa época, más que un producto masivo, era una banda de culto, seguida por fans de todo el mundo, elogiada por la prensa especializada, pero sin la popularidad necesaria para conseguir un lugar especial en los charts.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Al menos, el culto es fue bastante fuerte como para que Camel se esté presentando en vivo por primera vez en Buenos Aires. Lo hizo anoche y hoy hará su segundo show en el teatro Lasalle, como parte de una gira latinoamericana que también incluye a Brasil, Chile, Venezuela, México y Costa Rica.
Como el meteorito que acabó con los dinosaurios, la explosión del punk y la new wave de fines de los '70 logró que el público pierda el gusto por los instrumentales vanguardistas de 12 minutos y empiece a preferir canciones con sucios riffs desafinados de dos minutos y medio. Algunos de los expertos en moogs, mellotrones y obras conceptuales semimetafísicas lograron sobrevivir a esa nueva era cambiando radicalmente su estilo. Otros hibernaron largos años, y muchos más quedaron en el camino.
Cambiando la flauta traversa por el sintetizador, o las letras apocalípticas por vanguardistas experimentos ambient, los dinosaurios del rock sinfónico no desaparecieron del todo. Eso si, todos y cada uno de ellos se cortaron un poco el pelo.
Más allá de los cambios de peinado, Camel nunca hibernó mucho tiempo, ni tampoco intentó pasar por new age o lanzar hits parecidos a los de The Police. Si bien cambió mucho de formación (manteniendo siempre a su líder Andy Latimer) y su sonido fue evolucionando hacia formatos más convencionales que los de sus mejores momentos, Camel siempre siguió grabando, haciendo giras y generando nuevos proyectos.
Cualquiera que haya escuchado «A Live Record», su disco doble en vivo de 1978 (un requisito imprescindible en todo grupo de aquella época), una rara característica de Camel era su capacidad para sintetizar lo mejor de su estilo en sus conciertos, sin simplificar arreglos ni perder la sutileza de sus grabaciones en estudio.
Es probable que este detalle haya sido fundamental en el éxito creciente de las giras del grupo, culminando en un programa especial que Latimer y sus colegas grabaron el año pasado en el Canal 4 de Inglaterra, tierra natal donde siempre lograron más éxito que en los Estados Unidos (algo que sin duda contribuye a su prestigio, ya que al menos en Argentina los melómanos rockeros más discriminantes siempre estudiaron con más atención el ranking inglés que el norteamericano).
Desde el nacimiento de la banda en Surrey, en 1972, Camel vio pasar al ex Them, Peter Barden, el ex Caravan, Richard Sinclair (lo que le provocó el sobrenombre «Caramel»), el ex King Crimson,Mel Collins (saxofonista esencial del rock progresivo), más el privilegio de poder convocar a gente de formaciones tan distintas como el genio eléctrico Brian Eno, el director de orquesta David Bedford o los miembros de la familia Genesis, Anthony Phillips y Phil Collins.
Hoy Camel sobrevive con su líder Latimer (guitarra, voz, flauta, teclados), el bajista Andy Bass (en el grupo desde hace dos décadas), y dos recientes aportes canadienses, el baterista Denis Clement y el tecladista Guy Le Blanc.
En forma independiente a sus altibajos, tácticas de supervivencia y cambios de estilo y formación, bastaría uno solo de sus discos, el imperdible «The Snow Goose», para darle a Camel un buen lugar en la historia del rock de los '70 (igual que la anécdota sobre el escritor que inspiró esa obra conceptual, Paul Gallico, un fanático de la cruzada antitabaco enfurecido al pensar que la marca de cigarrillos quería los derechos de su obra).
Dejá tu comentario