Pasaron ya dos meses desde que León Arslanian, ante un auditorio de abogados de la Capital Federal, prometió terminar en seis meses con los casos de secuestros extorsivos en el conurbano bonaerense. Presentó un plan, que este diario entonces no se equivocó en calificar como técnicamente inobjetable, pero inalcanzable.
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Aquella vez, el ministro de Seguridad bonaerense arriesgó que el fin de este verdadero flagelo estaba sustentado en los resultados de medir la capacidad policial para resolver los delitos y despedir a aquellos jefes policiales que no mostraran eficiencia a la hora de rendir examen. Si se siguieran los planes de Arslanian, hoy buena de parte de los jefes policiales debería volver a su casa porque los delitos no han decrecido y los secuestros perduran: de 10 casos de secuestros, sólo uno tiene resolución, y se denuncia uno de cada seis que se comete, lo cual es grave.
Además, esta cuestión de premiar o perseguir a policías por endiosar sumarios (este diario también lo dijo) puede terminar por atemorizar a policías antes que alentarlos a desempeñar correctamente su función.Así pasó con el jefe de la comisaría de Pigüé, desplazado por cumplir con una orden judicial y usar la fuerza legítima para desocupar una planta de Gatic. O el caso de una subcomisaria de Pergamino que fue erróneamente relevada de su cargo por la denuncia del hijo de un político de la zona víctima de un robo.
En rigor, los secuestros no ceden en el conurbano. Y mientras Arslanian despliega fuerzas por el Norte, los villanos atacan en el Sur. Y, si lo hace en el Sur, golpean en el Oeste. Es decir, los delincuentes van desplazándose a un ritmo de mayor velocidad que el Ministerio de Seguridad, que siempre va por detrás de los acontecimientos.
El martes ocurrió otro secuestro extorsivo. Tuvo como víctima al hijo del propietario de la empresa SHAP SA, del rubro de la construcción, quien estuvo más de 10 horas en poder de la banda, que en sucesivos llamados extorsivos amenazó a la familia con amputarle un dedo si no obedecía sus exigencias.
El joven fue apresado en un restorán de la localidad bonaerense de Matheu por una banda de delincuentes -presuntamente, extranjeros- que, en un primer momento, reclamó un rescate de 500 mil dólares, cifra que nunca se llegó a pagar.
• Cerrojo burlado
El episodio tiene ingredientes que deberían ser analizados cuidadosamente por las fuerzas de seguridad. Principalmente, porque los captores del joven lograron atravesar el supuesto «cerrojo policial» que existe sobre los accesos a la Capital Federal. En un vehículo trasladaron a un secuestrado y lo liberaron detrás del Autódromo de Buenos Aires, en el barrio porteño de Villa Soldati. Para cobrar el rescate, la banda hizo «pasear» al pagador por distintos barrios porteños durante horas, hasta que le ordenó que dejara el dinero en una casa abandonada en Dean Funes y avenida San Juan (Avellaneda), donde fue recibido por un hombre.
Otro aspecto que se debería contemplar: la captura del joven ocurrió a plena luz del día, en un restorán con mucha gente y después de un asalto. Es decir, los delincuentes contaron con tiempo suficiente como para concretar su atraco sin que existiera la intervención policial.
En San Martín, un hombre permaneció secuestrado durante cuatro horas y fue liberado luego del pago del rescate exigido por sus captores. El secuestro ocurrió a la una de la mañana del lunes, cuando llegaba a su casa de Villa Ballester a bordo de su vehículo y fue interceptado por cuatro delincuentes que se lo llevaron en su propio auto.
Su madre avisó a la Policía, pero la banda lo liberó después de «pasearlo» por distintas localidades del partido de Tres de Febrero y luego de que un amigo de la víctima pagara el rescate en la Villa 18 de Billinghurst, partido de San Martín.
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