Barcelona - Cuatro años después de la caída del régimen de los talibanes, Afganistán sigue inmersa en la lucha ideológica entre conservadores y reformistas. Abdul Rahman es el ejemplo más claro. Si persiste en sus creencias, morirá. Su delito: ser cristiano.
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«En este país tenemos una Constitución perfecta. Observamos la ley islámica y es ilegal ser cristiano. Y debe ser castigado por ello», dice el magistrado que lo juzga. Aunque Ansarullah Mawawy Zada deja una puerta abierta: «Le preguntaremos si ha cambiado de pensamiento. Y si es así, lo perdonaremos».
Pero Rahman, 41 años, dice que no. Que es cristiano y que seguirá siéndolo. Apenas los hay en este país, donde 99% de sus 28 millones de habitantes es musulmán; y el resto, principalmente hindú.
Esta semana, el juez Zada, que preside un tribunal de primera instancia, oyó las acusaciones y las pruebas contra Rahman. Y en menos de quince días deberá dar el veredicto.
«Es un crimen que un musulmán se convierta al cristianismo. El se ha burlado de nosotros y ha insultado a su familia», advirtió el juez. «El fiscal general me ha insistido en que debe ser colgado.» Si se lo sentencia a morir, a Abdel Rahman le quedará sólo apelar al Tribunal Supremo. Y confiar, sobre todo, en que el presidente del país, Hamid Karzai -educado en Occidente, respaldado por EE.UU.-, no firme la orden de ejecución y se la conmute (ayer Condoleezza Rice pidió por su caso al gobierno). Rahman se convirtió al cristianismo hace 16 años, mientras trabajaba en Pakistán para una organización cristiana de ayuda humanitaria. Estuvo luego nueve años en Alemania, pero regresó a su país en 2002 buscando recuperar a sus dos hijas, entonces de 13 y 14 años, que vivían con los abuelos. Fue su misma familia la que denunció a Abdel. Y al ser arrestado, se le encontró una Biblia. La prueba concluyente.
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