Yugoslavia, la unión de los «eslavos del sur», fue un invento de un profesor inglés, Robert William Seton-Watson, quien convenció al Foreign Office, mientras se discutía el Tratado de Versailles, de que había dado con la clave para evitar la balcanización de los Balcanes, es decir, para impedir el nacimiento de media docena de pequeños países históricamente a la greña. El invento del profesor fue, en realidad, una recompensa para los serbios, quienes, después de haber contribuido a desencadenar la Gran Guerra de 1914-1918, se habían convertido en aliados de Gran Bretaña, Francia e Italia. De esta manera, con la desmembración del imperio austrohúngaro, se decidió transferir sus provincias eslavas a una nueva unión que en la práctica estaría controlada por Serbia.
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La flamante federación se pretendía natural («los eslavos del sur») en una región que está surcada por las más profundas líneas divisorias europeas: por una parte, la cultura ortodoxa y oriental; por otra, la cultura católica y occidental. La primera está personificada por serbios y montenegrinos; la segunda, por eslovenos y croatas. Y, entre unos y otros, los eslavos musulmanes de Bosnia. Cuando el profesor inglés se percató de esto, dicen que abogó porque serbios y croatas se cocieran «en su propia salsa».
La federación yugoslava, unida férreamente después de la Segunda Guerra Mundial por el pegamento del mariscal Tito, comenzó a estallar en marzo (Eslovenia) y en diciembre (Serbia) de 1990, cuando las seis repúblicas (Serbia, Montenegro, Bosnia, Eslovenia, Croacia y Macedonia) celebraron sus primeras elecciones libres desde 1945. En todas las repúblicas, los nacionalistas -liderados por comunistas condenados en su día por Tito- se impusieron en las urnas.
Yugoslavia sufrió la ruina del sistema comunista, pero, como afirma François Fejtö, en el origen del conflicto yugoslavose encuentran las divergencias económicas. Eslovenia y Croacia, animadas por Alemania y con estructuras desarrolladas, se consideraban perjudicadas por el porcentaje que debían aportar a los fondos federales. Y los serbios, los más numerosos, se sentían en desventaja por culpa de la última Constitución de Tito, la de 1974, cuyas medidas descentralizadoras dispersaron un gran número de serbios por las otras repúblicas.
Las guerras, envenenadas por la historia, rompieron Yugoslavia. Serbia y Montenegro, su aliada en los conflictos de la década de 1990, creó otra Yugoslavia, pero los montenegrinos (32%, serbios) acudieron ayer a las urnas para elegir entre mantener la unión o separarse. Montenegro se pronunció en 1992, con 95,66% de los votos, a favor de la unión con su vecina, y tiene moneda y Parlamento propios. Pero los partidarios de la secesión apelan, una vez más, a la historia: el regreso a la soberanía que disfrutó antes de formar parte de la primera Yugoslavia.
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