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21 de diciembre 2007 - 00:00

¿A qué le temen los banqueros?

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John Mack, «El Cuchillo», se cortó con su propio filo. No habrá sido por falta de experiencia: treinta años en Morgan Stanley pesan sobre sus espaldas. Timonel por segunda vez del reputado banco de inversión, Mack no pudo zafar del temporal hipotecario y, en este fatídico trimestre, se enterró hasta el mango.

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En octubre, un primer tajo abrió una herida de u$s 3.700 millones. Ayer se conoció el parte de noviembre. La firma se desangró en otros u$s 5.700 millones. Dilapidar u$s 9.400 millones sobre una posición valuada en u$s 10.400 millones a fin de agosto sería una proeza si no existiera el leverage («apalancamiento»). Y por desgracia, dadas las circunstancias, éste abunda. Mack conduce los destinos de Morgan Stanley por segunda oportunidad pero, por vez primera, consiguió lo que nadie: un trimestre en rojo. Las pérdidas por operaciones sumaron u$s 3.600 millones; mitigadas por la robustez todavía vigente en otras áreas de negocios de la institución.

Cuando los bancos de primera línea rehúsan prestarse fondos -y la sequía persistente recalienta el mercado interbancario- cabe preguntarse cuál es la razón.

El temor que prevalece no es el de los depositantes. Northern Rock, a decir verdad, es más la excepción que la regla. El nerviosismo anida en los propios banqueros. Es un recelo no visceral, informado. Temor profesional.

  • Estreno

  • Cuando ayer Morgan Stanley y Bear Stearns descargaron nuevos anuncios de pérdidas -el enésimo volquete que vacía la industria-la montaña de escombros se elevó sobre los u$s 70.000 millones. Si los banqueros son reacios a tomar riesgos, es en parte porque saben que las tareas de remoción no han terminado.

    UBS, el gigante suizo de las finanzas, estrenó el parte de prensa en forma de díptico. Comunicó el quebranto de u$s 10.000 millones y su antídoto: la inyección de nuevo capital por u$s 11.500 millones.

    Morgan Stanley, ayer, imitó el procedimiento: la pérdida de u$s 4.700 millones calzó con la contribución de u$s 5.000 millones de la Corporación de Inversiones China (CIC). Dos comentarios surgen obligados. Un nuevo conjunto de principios rige la contabilidad: las grandes pérdidas no se registran cuando se conocen, sino cuando se conjugan -se supone, después de arduas negociaciones-con nuevos aportes de capital en firme. Cabe esperar, entonces, que más traspiés salgan a la luz si se ultiman otras transacciones. En paralelo, los fondos soberanos -que nadan en la profusión de las reservas internacionales-se abalanzan sobre los bancos como si mañana ya fuese tarde (¿o será viceversa?). Abu Dhabi capturó 4,9% de Citigroup, Singapur tomó 9% de UBS, China apuntó a una tajada de 9,9% de Morgan Stanley. Es dinero profesional, pero recién ganado y que mana abundante.

  • Oportunidad

    ¿Cuánto tiempo insumió el due diligence de cada operación? Es difícil que estas magnas instituciones -aun en setiembre- estuvieran rumiando una ampliación de capital. De hecho, todas ellas abordaron programas de recompra de sus propias acciones a lo largo de los últimos años. Para los fondos soberanos, la crisis abrió una ventana de oportunidad. Poner un pie, se presume, fue una cuestión de tómalo o déjalo. Que decidieran tomarlo es un voto de confianza, pero que va más allá del análisis de la coyuntura. La generosidad de los banqueros al cederles una porción, en cambio, tiene todo que ver con lo enmarañado de la actualidad (incluyendo la necesidad de ventilar los previsibles muertos escondidos en el armario).

    Se teme, pues, a lo que yace todavía bajo las alfombras. Y se sabe que habrá que responder por lo que se conserva fuera de balance. En rigor, desde que HSBC resolviera transferir a sus libros los activos y pasivos de sus vehículos especiales de inversión (SIV), una legión de bancos le siguió los pasos. Citigroup fue el último: traspasó activos por u$s 49.000 millones, como corresponde, sin impacto sobre resultados.

    La letra chica dice claramente que las primeras pérdidas que sufran esos instrumentos serán soportadas por los (terceros) tenedores de notas de capital. Lo que no dice, pero una aritmética simple revela, es que un retroceso no muy pronunciado de sus precios -no más de 7%-elimina por completo el colchón de las notas de capital. Atravesado ese umbral, la erosión de los activos dejaría a los préstamos bancarios sin suficiente cobertura de garantías para su repago. Son esas grietas por donde se filtran las pérdidas. Y no es el único dolor de cabeza en ciernes. Los vencimientos del financiamiento de «mediano» plazo (notas MTN) comenzarán a derramarse en el trimestre próximo. Como ya sucediera con los pagarés de corto plazo (ABCP commercial papers), no cabe esperar interés de los inversores en renovarlos. Los bancos deberán ocuparse de cerrar esa brecha.

    ¿A qué le temen, pues, los banqueros cuando se niegan a prestarse fondos? Hay problemas a la vista y los hay bajo la alfombra. Otros, sin embargo, pueden surgir donde, en apariencia, el percance ha sido conjurado. En un artículo publicado el 26 de noviembre se mencionó el papel crítico de las compañías aseguradoras monolíneas. Se citaba la situación delicada de una de ellas en particular, ACA Capital. Standard & Poor's, el miércoles, resolvió recortar su calificación del nivel A (grado de inversión) a la categoría CCC (ocho escalones por debajo del grado de inversión). Los tenedores de bonos asegurados por ACA, o quienes pactaron swaps de incumplimiento crediticio con ACA como contraparte, se encuentran, de buenas a primeras, con una cobertura basura; virtualmente sin protección. El capital de la aseguradora suma u$s 650 millones; las pérdidas potenciales, según el modelo usado por S&P, alcanzan los u$s 2.200 millones. A su vez, las obligaciones aseguradas -sólo en el renglón de CDO-totalizan u$s 69.000 millones. La recalificación disparó una baja de ratings en más de 3.000 emisiones municipales. Y le exige a ACA aportar, como respaldo adicional, u$s 1.700 millones.

    Un conjunto de 30 entidades acordó un pacto de tolerancia que le concede un mes de gracia para reunirlos. Si no lo hace y ACA es declarado insolvente, el valor de sus garantías y de los swaps se tornará nulo. Así, por ejemplo, la exposición al riesgo de los CDO aumentaría en los u$s 69.000 millones citados líneas arriba. Sólo un banco, el canadiense CIBC, debería tomar un castigo de u$s 2.000 millones si se desvanece su cobertura. El daño luce tan grande que una inyección de capital de u$s 1.700 millones parece un módico precio para evitarlo.

    De hecho, obra un antecedente fresco: fueron dos bancos franceses los que, a fin de noviembre, desembolsaron u$s 1.500 millones y salvaron la debacle de otra aseguradora, CFIG. Mientras esto ocurre, se comprende el recelo persistente de los banqueros y la desconfianza hasta de su propia sombra. Afrontar el riesgo de contrapartida es un juego de dominó. Y la volatilidad de la hora aconseja tomar prudentes distancias.
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