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17 de abril 2008 - 00:00

Contrasentido histórico: demonización de la soja

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Si la racionalidad existe en política y en economía, la escalada contra la soja parece pertenecer al universo de extravíos inmanentes a la experiencia existencial argentina. Es una lástima, porque la condena del «yuyo» sin ponderar responsablemente su contribución al desempeño global de la economía argentina, bien podría inscribirse en el capítulo pendiente sobre los contrasentidos históricos vigentes en el país. La impugnación sin crítica, es decir sin análisis, no sólo implica un acto de irresponsabilidad intelectual, sino también otra ostensible vuelta contra el desarrollo autónomo nacional.

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Entonces, primero veamos rápidamente el aporte de este condenado producto y, enseguida, sus eventuales daños. La soja se empezó a producir en nuestro país hace casi cuatro décadas. En treinta años creció mil veces según Víctor Trucco, esto es a un ritmo prodigioso que debe constituir un registro mundial. Según el mismo autor, el fruto del país configura un negocio de unos 25.000 millones de dólares. La sostenida expansión de la soja se basa en información y conocimiento. Hoy constituye una actividad globalizada y, además, descansa en un sistemade redes que no pueden ser ajenas al explosivo desempeño del sector.

La contribución de la soja al PBI y a los sectores laboral, fiscal y externo no es de menor magnitud, aunque aquí la precisión será mezquina porque es difícil desagregar componentes. Integrada al universo agro-industrial, un segmento importante de las retenciones proyectadas para 2008 estimadas en unos 46.000 millones de pesos responden a la soja en sus diversas manifestaciones. Este aporte al Erario permitió financiar durante 2007 transferencias al sector privado en servicios económicos por 16.100 millones de pesos cuando las retenciones totalizaron 20.000 millones de los cuales 70% fue aportado por el sector agropecuario. ( Miguel Bein)

  • Importancia

  • El sector agroindustrial donde la soja, procesada o no, representa una significativa proporción, supone algo así como 50% del PBI y la tercera parte del empleo directo e indirecto en la economía (Nogués y Porto).

    Los 20.000 millones de dólares que representó el déficit de divisas registrado en 2007 por el sector industrial no agrícola, sólo se pudo afrontar también gracias a la explosión sojera, aunque ciertamente fuera en parte.

    La reconstrucción de las reservas internacionales hasta alcanzar los 50.000 millones de dólares actuales y la posibilidad de haber cancelado los 9.000 millones pendientes con el FMI, hubiera sido una quimera sin el concurso de las exportaciones del producto en cualesquiera de sus versiones, es decir medie o no proceso industrial. Constituye una ingratitud ignorar o disimular estas realidades.

    En el terreno de las impugnaciones «in totum» unas veces por razones doctrinarias, cuando no por influencias ideológicas nostálgicas, se incurre en excesos, por supuesto, sin descalificar en ambos casos a sus sostenedores. El primer defecto de tipo técnico se asocia con la precariedad probatoria de las afirmaciones, entre las cuales el fomento del desempleo rural debido a la soja, sobre todo asociada con la siembra directa, configura un ostensible error.

    En realidad lo que se ha operado es un traspaso de empleo de baja calificación por otro asociado con tareas identificadas con la sociedad del conocimiento ( informática, biotecnología, investigación, genética, manejo de malezas e insecticidas, etc.) todo lo cual aumentó la producción y la productividad, sin considerar el incremento del empleo industrial inducido por la generalización de inversiones en maquinaria agrícola y nueva tecnología, las que a su vez exigieron una fuerte demanda de personal con habilidades especiales, sobre todo en los centros urbanos del interior contribuyendo a retener población, lo cual no es otro dato menor. Los sectores transporte y seguros resultaron aventajados partícipes de la nueva configuración productiva. El primer polo aceitero del mundo y la transformación de los puertos tiene mucho que ver con el producto y con niveles de empleo en otras áreas.

    El principal argumento ideológico, no doctrinario, porque el primero suele convertirse en una desviación del segundo, de acuerdo a una clásica distinción, abusa groseramente de la realidad. Según Alicia Dujovne Ortiz, se trata de un «cultivo maldito» que empobrece la tierra «para siempre» a manos de latifundistas feudales que, desafortunadamente, a mi juicio, nadie termina por definir ni censar, aunque muchos de los grandes productores son arrendatarios del mismo sector para hacer escala, cuando no financieros oportunistas que hoy frecuentan todos los paisajes aquí y en el resto del mundo.

  • Rotación

    Aapresid que nuclea a quienes practican la siembra directa que también se ha ido difundiendo en el resto del mundo, afirma lo contrario y desmiente la degradación de la tierra como fenómeno inherente al cultivo de la soja. Con la llegada de la biotecnología -aducen- se simplificó el control de malezas y de insectos. Luego, las técnicas de rotación permiten alternar el uso del recurso con trigo, maíz y ganadería, lo cual, de paso, aumenta explosivamente la explotación del recurso y su rentabilidad. Como consecuencia, se me ocurre que la oportuna presencia de la AFIP resultaría altamente conveniente para el fisco, sobre todo si la recolección de información confirma la concentración de beneficios.

    Ahora bien, no todo es negro o blanco. Hay tonos y las circunstancias especiales que inspiraron la introducción de retenciones, o mejor derechos, hacen innecesaria la campaña de descrédito que empaña los logros conseguidos a través de un producto que modificó las arruinadas cuentas macroeconómicas argentinas. Mientras se normalice un enfoque tributario adecuado y mientras el peligro de inflación no se desvanezca de alguna manera, la pretensión de reducir la contribución de marras parece legítima en tanto los costos internos de insumos en pesos y en dólares han desdibujado, al parecer, desprolijamente la rentabilidad.

    Si lo que se pretende es desviar recursos aplicados a la soja hacia otros renglones como los mencionados, en vez de demonizar a los productores más eficientes, hágase lo que sugiere Enrique Martínez desde el INTA. Incorpórese la obligación de rotar según preferencias y posibilidades del productor. Alárguense los contratos de locación o arrendamientos y también compénsense según las distancias los envíos de los pequeños productores para facilitar su desempeño.

    El pretexto de la biodiversidad es válido hasta cierto punto en tanto no anule la orientación que sugieren los precios para asignar los recursos. En vez de combatir la soja parece razonable apuntar a reorientar la ganadería hacia producción intensiva (feed lots) y dejar más espacio para cultivos más rentables. Otras combinaciones permitieron en quince años pasar de 30 a 90 millones de toneladas de granos virtualmente en la misma superficie (Carassai), por supuesto inversiones y cambio técnico mediante. Por lo demás, el estancamiento de la ganadería ya es casi secular, como no ha sucedido en Brasil y Uruguay, por seguir en el vecindario. El primero siguió adelante y encabeza las estadísticas internacionales de ambos productos, de modo que aquí no hay misión imposible.
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