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30 de agosto 2023 - 09:53

Debate por la deuda pública: crónica de un default anunciado (Parte CI)

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La gestión del expresidente Mauricio Macri debió "reperfilar" su propia deuda.

El fracaso de Macri se extendía de manera deprimente. La pregunta que nos hacíamos era si, el próximo Gobierno podría sucumbir ante la imposición del FMI, acordando continuar con la política de ajuste implementada por el gobierno de Cambiemos en 2018, o si se iba a plantear un pleito internacional por las irregularidades en el otorgamiento de los más de 44 mil millones de dólares por parte del FMI. Durante 4 años consecutivos, los inconscientes a cargo, nunca comprendieron la diferencia entre hacer campaña y gobernar defraudando al electorado.

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Si el próximo Gobierno peronista insinuaba-ni hablar de intentar un pronunciamiento de protesta-, podía provocar un salto al vacío, que finalizaría con una descomposición nacional disparando la ya existente estanflación que le habría de legar Mauricio Macri. No es imaginable que la pandemia cayera sobre un país revelado contra el FMI y consecuentemente, contra todos los organismos multilaterales de crédito.

El futuro gobierno enfrentaría desafíos de política económica que requerirían auxilio inmediato. Y, esos retos deberían ser atendidos de manera completa y articulada para no desmoronar el edificio económico financiero y social. Reestructurar la deuda pública era el principal y primer escollo.

Sabíamos que el Gobierno entrante elegiría negociar con los acreedores, sin el FMI. Podría optar por una política monetaria moderada procurando mantener controlada la expansión de dinero, con algún esfuerzo fiscal para demostrar voluntad de pago, patear el tablero o, establecer una política de “vamos viendo”, teniendo en cuenta que, si alguien tiraba la cadena del baño con la tapa abierta, se iban a esparcir microorganismos a diestra y siniestra, además de irnos todos por el resumidero.

Alberto Fernández recibiría una política cambiaria descalabrada, con el súper cepo de Macri, y el Gobierno lo debería mantener, dada la imposibilidad de flexibilizar, casi sin reservas netas en dólares y sin crédito internacional.

Lo próximo era lograr un acuerdo de precios y salarios, con consistencia fiscal, monetaria y cambiaria, que permitiera quebrar la indexación y la inercia inflacionaria macrista, que había duplicado la tasa de inflación en solo un año.

Deuda Pública

Apenas asumieran, deberían partir velozmente a New York, para la renegociación de la deuda con los acreedores privados. No había recursos suficientes, ni siquiera para atender los vencimientos de deuda de los primeros cinco meses de 2020.

Una reestructuración a la uruguaya no solucionaría el problema de raíz. Sería como dilatar el desastre que dejaba Macri, para que lo resolviera el crecimiento de la economía, por encima del volumen de la deuda.

Lo más razonable hubiera sido que Macri pidiera una reestructuración con quita, en lugar de acudir al FMI para encajarle el problema al próximo presidente.

Era difícil pensar en un Gobierno peronista que no utilizara estímulos fiscales para reanimar la demanda agregada. Sin estímulos, no existen posibilidades de hacer sustentable una deuda extravagante con una economía yéndose a pique. Y sin renegociación habría default, con el perjuicio que, caer en un nuevo default, después del selectivo de agosto 2019 y, antes de reestructurar la deuda privada y con el FMI tendría consecuencias mucho más graves que una reestructuración preventiva.

Entre noviembre y mayo 2020, el Tesoro debería enfrentar necesidades financieras en pesos por el equivalente al 70% de la base monetaria. Apremiaría reestructurar la deuda en pesos ya defaulteada selectivamente por Macri-Lacunza (reperfilada) a fin de reducir la emisión de origen fiscal. Un retraso en la reestructuración llevaría a una emisión excesiva que desestabilizaría cualquier programa económico.

El próximo gobierno quedaba condicionado a mantener controlada la emisión monetaria, sin tener crédito internacional. Es decir, sin ningún recurso. No se podría emitir para todo simultáneamente para el fisco, para comprar superávit comercial y desarmar el stock de Leliq, a fin de restablecer el crédito.

Pero para lograr una rápida renegociación de la deuda, sería necesario exponer un sendero de consolidación fiscal y, en 2020 el gobierno tendría que exhibir equilibrio primario o al menos el mismo déficit antes de intereses que en 2019 (-1.6% del PBI), comprometiéndose a una rectificación en los años venideros.

Un aumento del déficit sería imprescindible para reactivar la economía, pero negativo para la renegociación de la deuda y para establecer el programa monetario 2020. El gobierno podría aumentar la presión tributaria, pero le pedirían que bajara el gasto, para lo cual sería transcendental el remanido cambio en la regla de ajuste de las jubilaciones y pensiones.

Los controles cambiarios deberían mantenerse, tampoco podría descartarse que se recurriera a un esquema de mercados segmentados: comercial y financiero. El tipo de cambio oficial estaba un tanto retrasado, si se implementaba un programa consistente, con brechas moderadas, podría funcionar, pero era muy difícil decirlo a priori.

El tipo de cambio es el resultado de la política monetaria, fiscal, de deuda, del comercio exterior, del nivel de reservas internacionales, de las expectativas, etcétera. Si la política de ingresos iba acompañada por una política fiscal, monetaria y cambiaria consistente, un eventual pacto social podía funcionar como un instrumento útil para romper la indexación. Pero sin un esquema de política económica consistente, subsistiría escasamente y podría llegar a tener consecuencias negativas.

El pánico se había apoderado de todos los ciudadanos que estaban conscientes del desastre que había dejado Mauricio Macri. Sabíamos que con más de 40% de pobreza, podíamos caer un escalón y enfrentar otro caos social con violencia, del tipo 2001. ¿Se podría evitar esa catástrofe?

Si con el ajuste impuesto por el FMI el pueblo estaba sufriendo, todavía no habíamos visto lo que podía suceder si las nuevas autoridades se plantaban en posiciones rígidas.

Los medios de comunicación estarían listos para ofrecer la idea de que Alberto Fernández y Cristina Kirchner constituían un binomio populista irracional e irresponsable, sin mencionar que, por el contrario, a partir de 2015 gobernó un inconsciente que elevo la relación deuda/PBI al doble en solo 4 años de mandato.

Lamentablemente en la Argentina de 2015, el eslabón más débil fueron los votantes. En el pre Macrilandia los expertos en marketing político hicieron todo lo necesario para que los CEOs se quedaran con el poder, para imponer medidas económicas fatales, basadas en una ficción permanente que sostuvo los cometidos de los instintos egoístas más bajos y corruptos de la historia argentina.

Director de Fundación Esperanza. https://fundacionesperanza.com.ar/ Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros

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