Un español mira la televisión en el bar de un hotel del centro porteño. Se asombra por la existencia de 17 tipos de cambio para la divisa norteamericana. Sale hacia su posta para cambiar 100 euros por 34 mil pesos, sin entender como un país funciona con una tabla de cambio de acuerdo con el sector al cual pertenece.
Pese a la necesidad de dar un salto devaluatorio para superar estas múltiples cotizaciones, no se puede devaluar porque el traslado a precios es elevado y echaría más nafta a la fogata inflacionaria. Es por lo que, entre otras razones, se lanzó el dólar soja II, pagando $230 por dólar mientras vende a $170 por la otra ventanilla para acumular 600 millones que los termina comprando, en promedio a $285 pesos por dólar. Es decir, la propia autoridad monetaria no es responsable de su propia apreciación cambiaria y termina emitiendo 20 mil millones de pesos diarios para acumular las reservas que exige el Fondo a más de $100 por dólar, lo que, tarde o temprano, se va a traducir en más inflación y déficit cuasifiscal, que hoy supera los 9 billones de pesos. Pan para hoy, hambre para mañana.
Esta medida para el sector agroexportador tiene vigencia hasta fin de año, aunque es seguro la volverán a lanzar. La excepcionalidad pasó de una vez a dos en un año, y al vendedor le sirve porque adelanta la cotización de mayo de 2023 para noviembre de 2022 como una especie de salvavidas que sabemos va a hacernos flotar cerca de la orilla, pero está algo pinchado. La economía argentina vive el día a día desde hace más de 15 años.
Y en ese sentido, las economías regionales quieren su cotización por una razón particular. Exportar a $170 pesos por dólar sin poder recibir las divisas, pero para adquirir capital o bienes para poder producir, debe usar sus propios dólares, pagar cotizaciones alternativas o esperar meses para poder ingresar la adquisición, frenando la producción o una ampliación de capital. Y la respuesta estatal es sin devaluar en general, sino en particular como lo viene haciendo con los 17 tipos de cambio, entre otras medidas.
Dicen que los dólares son para producir y no para turismo, pero, la balanza de pagos del segundo trimestre de 2022 indicó un déficit de -1.600 millones de dólares en el sector servicios, donde se encuentra el sector turismo mientras que las salidas de turismo emisivo se incrementaron un 353% interanual en octubre con un saldo negativo de turistas en 510 mil. Estas cifras son a pesar de la imposición del dólar Qatar, tarjeta, turista receptor, etc. Es decir, entre el Qatar y el oficial hay una diferencia del 107% y aún así, no aminora la sangría de argentinos que viajan. A su vez, turistas van a las cuevas para las operaciones de cambio siendo hoy el blue, el más económico de los libres. Se viaja porque no se puede ahorrar y el turista aprovecha mientras pueda.
La economía argentina está en la fase del plan aguantar: llegar con las reservas justas para que el FMI dé el visto bueno para otorgar el desembolso y poder continuar, aunque a los tumbos, con la senda de intención de estabilización económica, a pesar de la caída del consumo, la inflación de tres dígitos, un crecimiento para el próximo año que es una incertidumbre junto a un panorama de mayor pobreza que superaría el 40%.
La credibilidad en la macroeconomía va más allá de este gobierno en particular, sino que el descredito incrementa permanentemente. Basta ver como pasan las gestiones y la inflación crece: CFK tuvo un promedio de 28%, Macri de 40% y Alberto Fernández es muy prematuro, pero podría irse con el doble. Las expectativas muestran que todo va a ir igual o peor: el REM muestra para 2023 un 96% de inflación contra el 60% que imagina el gobierno, algo que le pasó a todos aquellos que especulaban que en Argentina se iba a poder bajar mediante anclaje de expectativas.
Es claro que el desafío existente para la economía sobre temas dólar e inflación será para el próximo gobierno que empieza en diciembre de 2023. En año electoral es virtualmente imposible un ajuste, es perder los comicios sin haber jugado la partida. En ese sentido, quien asuma deberá comenzar a corregir todos los desbarajustes posibles apenas comience el mandato para que el rezago permita recuperar la economía rápidamente. Quien gobierne en 2024 tendrá un desafío enorme que es crecer ajustando, anclando expectativas y desactivando conflictos casi diariamente.
Porque para llegar a un dígito de inflación y un dólar competitivo con un solo tipo de cambio faltarán demasiadas correcciones: déficit fiscal cero, cuasifiscal controlado, independencia al BCRA, abrir la economía, determinar el modelo productivo y unificar la matriz impositiva. Demorará varios años, quien piensa que se soluciona de la noche a la mañana claramente subestima los problemas endémicos que son el dólar atrasado y la inflación.
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