28 de marzo 2026 - 00:00

El festín del 21% en dólares: la rentabilidad récord del carry trade que desafía la gravedad

En solo tres meses, la apuesta al peso trituró los rendimientos globales. Sin embargo, el giro monetario del BCRA pone fecha de vencimiento al arbitraje.

El brillo del carry trade oculta un giro estratégico del Banco Central.

El brillo del carry trade oculta un giro estratégico del Banco Central.

Mientras los mercados globales ofrecen retornos magros en activos de bajo riesgo, los inversores que apostaron al peso argentino cierran el primer trimestre de 2026 con ganancias superiores al 20% en dólares. La combinación de un dólar que cayó nominalmente y bonos CER de corto plazo ha convertido al carry trade local en una de las operaciones más rentables del mundo. Pero este “veranito financiero” coincide con un cambio táctico en la política monetaria que, lejos de señalar victoria sobre la inflación, revela la urgencia por sostener la actividad real.

El dato es elocuente y merece ser el eje del análisis. Quien el 2 de enero vendió u$s1.000 al tipo de cambio vigente para comprar el bono TZX26 —un título de bajo riesgo que ajusta por CER con vencimiento en junio de 2026— lo adquirió a $323,40. Hoy, con el mismo bono cotizando a $367,15, la venta permite recomprar u$s1.217. Eso equivale a un rendimiento en dólares de 21,7% en menos de tres meses. Ningún instrumento comparable en economías emergentes o desarrolladas ofrece un retorno semejante con riesgo crediticio mínimo. La operación no fue mera especulación: fue carry trade puro, financiado por la brecha entre tasas nominales elevadas y un tipo de cambio que, en lugar de depreciarse como en ciclos históricos, mostró un sesgo apreciatorio.

La matemática imbatible del carry en un entorno de apreciación nominal

El éxito radica en dos vectores simultáneos que rara vez coinciden. Primero, el ajuste por CER protegió el capital contra la inflación residual. Segundo —y decisivo—, el dólar nominal cayó, multiplicando el poder de compra en moneda dura al reconvertir. El resultado es un retorno real en dólares que supera con creces el costo de oportunidad global.

Este no es un fenómeno aislado de retail. Fondos locales y extranjeros rotaron posiciones desde dólares billete o instrumentos en moneda dura hacia pesos indexados, creando un círculo virtuoso temporal: mayor demanda de pesos → menor presión sobre el tipo de cambio → mayor atractivo relativo de las tasas locales. El carry trade, en este caso, actuó como mecanismo de estabilización financiera que compensó, al menos en el frente de los balances, la contracción de la demanda agregada.

El pivote monetario: de la absorción total de pesos a la relajación en el margen

Sin embargo, el brillo del carry trade oculta un giro estratégico del Banco Central. Hace apenas semanas, el esquema era estrictamente contractivo: absorción plena de liquidez y tasas reales positivas ex ante para anclar expectativas. Ahora, la autoridad monetaria ha tolerado un piso de tasas de interés de corto plazo en torno al 20% anual, permitiendo que la liquidez excedente permanezca en el sistema.

Frente a expectativas de inflación en alza, estas tasas implican tasas reales ex ante negativas o cercanas a cero para plazos fijos y letras cortas. En episodios anteriores de tensión, la respuesta ortodoxa —retirar pesos y subir tasas— era automática. Esta vez, la decisión explícita es no ejecutarla. El objetivo declarado es amortiguar la caída de la actividad económica, que ya muestra señales de deterioro en indicadores de consumo, producción industrial y recaudación.

Aquí opera un concepto clave de dinámica macro: la relajación marginal busca un crowding-in privado. Al no esterilizar totalmente los pesos, el Gobierno intenta que el crédito fluya hacia sectores productivos y que el consumo no se contraiga aún más. Pero el costo es inmediato en el frente de las expectativas: al validar tasas reales negativas, se erosiona la credibilidad ganada en la fase de “estabilización de shock”. Los mercados financieros lo premiaron con carry; los formadores de precios (empresas y sindicatos) lo interpretan como señal de que la inflación ya no es la prioridad absoluta.

Los vientos a favor: cosecha gruesa y ancla cambiaria temporal

Dos factores coyunturales explican por qué esta estrategia es viable hoy. El primero es el ingreso masivo de divisas por la liquidación de la cosecha gruesa, que históricamente concentra entre marzo y junio el pico de exportaciones agrícolas. Ese flujo estacional genera un sesgo apreciatorio del tipo de cambio que, mientras dure, reduce la presión sobre reservas y permite mantener el dólar “barato” en términos nominales.

El segundo es el propio momentum del carry trade: mientras los inversores sigan rotando hacia pesos indexados, la demanda de dólares se mantiene contenida. Es un equilibrio inestable pero funcional en el corto plazo. La liquidación del campo actúa como seguro cambiario temporal; el carry trade, como multiplicador financiero de ese seguro.

Los riesgos latentes: inflación que no cede y el precio de la energía

Sin embargo, dos nubes oscurecen el horizonte. La primera es el estancamiento del IPC. Lejos de continuar su senda descendente, la inflación muestra rigidez que, combinada con la relajación monetaria, puede generar un rebote. La segunda es el alza internacional del Brent, que encarece los precios internos de combustibles y energía —componentes de alto peso en la canasta y en costos de producción—.

Si la inflación no cede o si surge turbulencia en la brecha cambiaria (blue o CCL), el Gobierno se verá obligado a abandonar la flexibilización y retornar al endurecimiento monetario. La viabilidad de la política expansiva depende, en última instancia, de que el dólar se mantenga estable. Es una apuesta por la ventana externa: cosecha + carry = oxígeno para la actividad. Pero esa ventana se cierra si los precios internos aceleran o si los inversores perciben inconsistencia entre el discurso antiinflacionario y la práctica monetaria.

Un “veranito” prematuro: el dilema de política que define el segundo trimestre

Estamos ante una flexibilización por necesidad, no por éxito. El Gobierno ha transitado de la fase de “estabilización de shock” —donde la prioridad absoluta era romper la inercia inflacionaria— a una de “sostenimiento de la actividad”. El interrogante técnico es si el movimiento es prematuro. La experiencia internacional y la propia historia argentina muestran que relajar antes de consolidar el ancla inflacionaria suele generar un rebote más costoso: mayor brecha, mayor emisión futura y, eventualmente, un ajuste más profundo.

El carry trade ha sido la válvula de escape perfecta para esta transición. Ha permitido financiar el “veranito” de tasas bajas sin que el dólar se dispare. Pero su continuidad no está garantizada por fundamentos estructurales, sino por dos variables exógenas: el flujo estacional de divisas y la percepción de que el BCRA no perderá el control de la liquidez.

Si la inflación repunta o si el Brent sigue presionando costos, el Banco Central enfrentará el clásico policy dilemma: ¿priorizar la actividad (y aceptar inflación más alta) o priorizar la credibilidad antiinflacionaria (y aceptar una contracción más dura)? La respuesta no será ideológica; será dictada por los números que lleguen en abril y mayo: inflación núcleo, reservas netas y liquidación de exportaciones.

El carry trade del primer trimestre quedará como uno de los retornos más atractivos del año. Pero los inversores más experimentados ya saben que, en Argentina, los retornos extraordinarios suelen ser la antesala de una corrección igualmente extraordinaria. La pregunta que define el segundo trimestre no es si el carry trade se repite, sino si el Gobierno estará dispuesto —y en condiciones— de pagar el precio de revertirlo cuando la ventana externa se cierre. La historia reciente sugiere que la paciencia de los mercados financieros es mucho más corta que la de la cosecha.

Economista

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