El turismo aportará este año u$s12 billones al producto global, el 9,9% del PBI, y sostendrá 376 millones de puestos de trabajo: uno de cada nueve empleos del planeta. La Argentina está lejos de ese promedio donde el turismo pesa 5,5% de su empleo.
El turismo aportará este año u$s12 billones al producto global, el 9,9% del PBI, y sostendrá 376 millones de puestos de trabajo: uno de cada nueve empleos del planeta.
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El turismo aportará este año u$s12 billones al producto global, el 9,9% del PBI, y sostendrá 376 millones de puestos de trabajo: uno de cada nueve empleos del planeta, según el World Travel & Tourism Council. Es, además, una de las puertas de entrada más frecuentes al primer empleo de los jóvenes y genera trabajo en cada rincón del territorio donde hay algo para mostrar. La Argentina está lejos de ese promedio: el turismo pesa 5,5% de su empleo cuando en el mundo es uno de cada nueve. Esa brecha no es un dato: es la oportunidad que nos estamos perdiendo.
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Los países que lo entendieron lo tratan como lo que es: un sector estratégico, con una política de Estado que lo atraviesa, independiente del gobierno de turno. España recibió el año pasado 96,8 millones de visitantes que dejaron 115.000 millones de euros, con un IVA reducido de 10% en hotelería y gastronomía que ninguna mayoría parlamentaria se atrevió a tocar. Japón combinó apertura de visas, cielos abiertos y compras libres de impuestos para el visitante, y multiplicó por cuatro el gasto de los turistas extranjeros entre 2012 y 2019, hasta 4,8 billones de yenes. Irlanda bajó el IVA del turismo a 9% en 2011 para salir de la crisis y, cuando el sector sumó más de 15.000 empleos, lo mantuvo siete años y lo repuso durante la pandemia. Uruguay, del otro lado del río, factura sin IVA el alojamiento de los no residentes todo el año y exonera por completo el impuesto en gastronomía, alquiler de autos y eventos durante la temporada: lo hace desde hace más de una década y lo acaba de renovar para 2027, porque los números le cierran. Ninguna de esas medidas fue gratis. Todas fueron sostenidas porque el empleo, las divisas y la actividad que generaron valieron más que lo que resignó el fisco.
No hace falta mirar afuera para comprobarlo. La ley de economía del conocimiento redujo Ganancias y convirtió hasta 70% de las contribuciones patronales en crédito fiscal para las empresas que exportan. Desde entonces el sector pasó de exportar US$7.800 millones a US$10.085 millones en menos de dos años, un récord, y sostiene 349.000 empleos formales, según Argencon. El Estado resignó impuestos sobre una base que, sin el régimen, no existiría. Esa es la lógica que pedimos para el turismo.
La ley de economía del conocimiento redujo Ganancias y convirtió hasta 70% de las contribuciones patronales en crédito fiscal para las empresas que exportan.
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La Argentina tiene un potencial que pocos países pueden mostrar. En 2025 el turismo receptivo dejó US$4.852 millones, según la balanza de pagos del Indec, y en agosto llegaron 432.900 turistas extranjeros, 8,9% más que un año antes. La actividad sostiene 1,2 millones de puestos de trabajo, el 5,5% del empleo del país, de acuerdo con la cuenta satélite de turismo. Son empleos distribuidos en las 24 jurisdicciones que en muchas localidades del interior son la principal fuente de ingresos y la única posibilidad de que los jóvenes se queden a vivir donde nacieron. El turismo es la industria más federal que tiene el país: no necesita que la actividad se mude a ningún lado, porque ya está donde vive la gente.
El problema no es la demanda. Es la rentabilidad. La hotelería argentina vende en dólares y paga sus costos en pesos: el recurso humano puede representar hasta 60% de la estructura, y la energía viene inmediatamente después, encarecida por la quita de subsidios. Los márgenes ya no permiten ajustar tarifas para competir con la región. Al turista extranjero se le reintegra el IVA del alojamiento, y ese reconocimiento es correcto. Pero el viajero no compra una habitación: compra un viaje. La gastronomía, los traslados, los guías y las experiencias se venden con el 21% adentro, y sobre toda la cadena se apilan Ingresos Brutos, tasas municipales, el impuesto al cheque y contribuciones patronales que en un sector intensivo en personal funcionan como un impuesto al trabajo. El resultado es un paquete que, puesto al lado del de Uruguay, Brasil o Perú, llega al mercado más caro sin que ningún eslabón haya ganado más.
Cuando un extranjero paga una habitación, una cena o una excursión en la Argentina, el país exporta un servicio y entra una divisa. Ningún otro exportador incluye en su precio los impuestos internos que el turismo incluye en el suyo. No pedimos un subsidio ni un régimen especial. Pedimos el tratamiento de exportadores que ya somos.
Queremos ser justos. El Gobierno dio pasos que el sector esperó durante años. La política de cielos abiertos desburocratizó el mercado aéreo, sumó aerolíneas y rutas, y el primer semestre de 2026 cerró con 24,6 millones de pasajeros, récord para el período según la ANAC. La previsibilidad macroeconómica y la modernización laboral, con herramientas como el banco de horas para manejar la estacionalidad, son avances concretos que la hotelería valora y que ya se reflejan en el interés de inversores.
Pero si queremos seguir creciendo y fortalecer la industria, necesitamos más. Revisar la estructura de carga tributaria del sector no es una reivindicación corporativa: es la condición para que la Argentina capture lo que el mundo ya captura. Llevar el turismo al promedio global significaría cerca de un millón de puestos de trabajo adicionales, repartidos en todo el territorio, y miles de millones de dólares más de exportación cada año. Necesitamos extender al resto de la cadena el tratamiento que hoy tiene el alojamiento, para que el paquete completo que compra un extranjero compita en igualdad de condiciones. No hablamos de una exención, que quita el impuesto del precio pero lo deja escondido en el costo porque el prestador no recupera el crédito fiscal, sino de tasa cero o reintegro: lo que recibe cualquier exportación. Necesitamos aliviar las contribuciones patronales, que castigan precisamente a quien más empleo genera: permitir que un porcentaje de los aportes se compute a cuenta de otros impuestos sería un incentivo directo para las industrias de mano de obra intensiva. Necesitamos que el turismo receptivo sea reconocido como exportación de servicios. Y necesitamos que todo esto se escriba en una política de Estado, con horizonte de décadas, que no dependa de quién ocupe el ministerio.
El turismo no pide que lo inventen. Ya existe, ya exporta, ya emplea. Pide que lo dejen competir.
Presidente de la Asociación de Hoteles de Turismo de la República Argentina (AHT)