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En 1535, Fray Bartolomé de las Casas observaba que la inflación de la piastra se generaba en Andalucía , cuando las carabelas regresaban de Potosí cargadas de oro y plata, y compraban terciopelo para transportar hacia América a cualquier precio. En su «Summa Teológica» ( publicada apenas Gutenberg descubrió la imprenta), Davanzatti ya buscaba la ecuación de Fisher, señalando que «en la tierra hay tantas cosas y tanto oro para comprarlas». Cuatrocientos años después, Milton Friedman utilizó un helicóptero, pensando qué sucedería con el precio de las bananas si tiraba unos miles de millones de dólares arriba de una isla. Por supuesto que si la isla se integra al mundo, no hubiera tenido problemas monetarios. Si Gran Bretaña emitiera libras por los u$s 345 mil millones por año que exporta, o si Holanda debiera comprar los 360 mil millones año que exporta, el desaguisado monetario no podría tener solución con la emisión de bonos nacionales y es probable que regresara a la inflación de la piastra.
Así, si un país con un riesgo-país de 6.000 puntos decidiera repudiar 75% de toda su deuda, canjearla por nueva y tuviese éxito, bajaría su índice de riesgo-país a 400 puntos, como la Argentina, lo cual no significa que pueda acceder al crédito voluntario, sino que el gobierno -que cuenta con la eterna lapicera de los reguladores-se las ha ingeniado para obligar a los bancos a contabilizar la deuda reestructurada de otra manera, lo cual no implica el verdadero «riesgo de crédito del país». Durante años, los prospectos de emisión de deuda soberana argentina señalaron con orgullo que el país nunca había repudiado su deuda.
Los bonos estatales constituyen refugio de inversión mientras aparecen oportunidades más rentables.
Constituyen por su seguridad el «piso» de la tasa de interés del mercado, y cuando la Reserva Federal decide subir o bajar las tasas, lo hace para regular la demanda del sistema y no para corregir el tipo de cambio contra el euro. Alan Greenspan ha sido indiferente al curso del dólar frente al euro. El «supereuro» era un problema del Banco Central europeo y no de la Fed, y no puede corregirse con tecnicismos basados en tasas de interés.
Desprovisto el estado de la bandera del cumplimiento de más de cien años, sólo le queda por delante ofrecer tasas altas, que debe pagar por su debilidad y para esconder sus antecedentes de mal pagador. Para disfrazar el déficit cuasi fiscal, adopta como política «el ajuste por el CER», lo cual proyecta como señal «tomen deuda en pesos ajustables que la inflación será altísima».
Seguramente tiene razón, por la asimetría generada en salarios, precios y tarifas luego de la devaluación, que impactan sobre un índice que trata sin suerte de medir el todo. Tal vez hubiera sido mejor que el Estado utilizara su superávit fiscal para rescatar los bonos cotizables ajustables por el CER, en lugar de sostener artificialmente el precio del dólar, y emitir bonos a tasa fija ahorrando unos cuantos millones, como lo demuestra la reciente oferta de BODEN. Es la existencia de bonos del gobierno, con un riesgo de repago bajo y con una tasa de interés alta (ajustables por el CER) lo que atrae a los capitales.
Si se los rescatara, se eliminaría el flujo de ingreso, eliminando la necesidad de «neutralizar» la emisión monetaria. El Nobel de Economía Merton Miller dice que las medidas de control exageradas serían evitables si se eliminaran los estímulos exagerados establecidos previamente por las mismas autoridades.
Pero como ya nadie confía en que el Estado respete su palabra, prefieren bonos en pesos (por la capacidad del Estado de emitirlos), sin pensar en que cuando los índices no reflejen una cosa parecida a lo que el Estado quiere, siempre tiene como último recurso congelar los precios para que el CER no los refleje. En este sentido, la decisión del Ministerio de Economía de iniciar acciones por agio contra las empresas proveedoras de oxígeno que, según sus dichos, «cartelizaron» sus precios, parece un anuncio en esa dirección, habida cuenta de que el proceso industrial toma dos insumos (aire y energía) que cuestan lo mismo a todos los competidores, y no hay ningún progreso tecnológico que permita generar oxígeno en contra de las leyes de termodinámica.
Si la guerra contra la inflación se realizara mediante decretos internos para disfrazarla, hubiera sido más simple liberar el mercado cambiario, generar un mecanismo de futuros y pases con prórroga de jurisdicción y competencia legal (para evitar «pesificaciones» nuevas) y el problema de tesorería se arreglaría solo.
La Argentina tiene el dudoso honor de integrar el club de pícaros, como llamó Cicerón en «Cartas a su hijo» a quienes, en lugar de cumplir con la ley, toman atajos para hallar alivio. Como lo señaló la revista «Forbes», «la Argentina, al pisotear los derechos de propiedad especialmente de los individuos, ha dejado en claro que vale todo, que los que tienen el poder pueden blandirlo sin límites: pero los argentinos debieran llorar por el gran potencial que gradualmente se está perdiendo».