Merril Lynch, Citigroup, Barclays. ¿Qué han hecho los grandes bancos para merecer reiterados titulares en letras de molde? ¿Qué tan graves son los problemas que enfrentan? Los inconvenientes de liquidez cedieron ante las iniciativas de los bancos centrales. Y, sobre todo, tras la resuelta intervención de la Fed. No es esperable, sin embargo, un rápido regreso a la normalidad mientras se perciba que la calidad crediticia no se afianza.
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En un extremo, la dificultad del Banco de Inglaterra para canalizar liquidez adicional al interior de su propio sistema desnuda un claro talón de Aquiles. Northern Rock fue su primera víctima. Paragon, Alliance & Leicester o Bradford & Bingley -por la naturaleza similar de sus operaciones- están en la mira. Pero los percances pueden ir más allá. No es casual que la semana pasada el fuerte derrape de la acción de Barclays estuviese asociado a la incertidumbre que genera su capacidad de fondear los SIV bajo su órbita. El rumor insistente (una vez más) era que el Banco de Inglaterra se había visto forzado a prestarle asistencia. La «respuesta» de Barclaysfue mostrar la ejecución del programa de recompra de sus propias acciones. En principio, una actividad que no emprendería si la liquidez propia estuviera afectada.
Sin embargo, si el Banco de Inglaterra -y, en menor medida, el Banco Central Europeo- no relaja su política monetaria a tiempo, habrá que tener presente la realidad de una erosión moderada, pero pertinaz. Y no sorprenderse si los efectos corrosivos irrumpieran de súbito.
Liquidez
En el otro extremo, reside China. En un ranking de liquidez (DRBS/The Banker) liderado por el banco japonés -Norinchukin- y secundado por los gigantes suizos Credit Suisse y UBS, las instituciones chinas ocupan la mitad de los diez primeros puestos. En comparación, JPMorgan Chase -el primer banco estadounidense en la lista- aparece en el renglón quince. Liquidez es lo que sobra en las entidades de un país cuyas reservas internacionales aumentaron 400 mil millones de dólares sólo en 2007, que conserva un tipo de cambio semifijo y que apenas esteriliza una fracción del aluvión de capitales. El desembarco de inversiones chinas en Bear Stearns y Standard Bank, días pasados, es una pequeña anécdota que da cuenta de la abundancia.
¿Se temen acaso problemas de solvencia? No es, por cierto, lo que se cuestiona. Ni siquiera Northern Rock -en la opinión del regulador británico, la FSA- milita en esa delicada categoría. En rigor, la crisis crediticia castiga a un sistema financiero con anchas espaldas. Nada sugiere que la base de capital que los bancos mantienen para superar los tragos amargos no sea más que adecuada. En EE.UU., al cabo del segundo trimestre, según datos consolidados que cubren el espectro de las 8.615 entidades cubiertas por el seguro de los depósitos, el llamado capital tier 1 equivalía a 10,38% de los activos ( ponderados por riesgo). Las normas internacionales de Basilea I definen un umbral de 6% para acceder a la categoría de « buena capitalización», la franja regulatoria más alta. El capital total (que suma otros instrumentos subordinados de deuda) trepó a 12,87%. Basilea I exige 10%. Por último, el capital núcleo -una medición que responde a una normativa doméstica de los EE.UU.- totalizó 8,18% de los activos. Aquí la vara a traspasar para pertenecer al escalón más elevado es 5%.
Que existan una cobertura adecuada y una alta rentabilidad neta (1,2% sobre activos o 72.000 millones de dólares de enero a junio) no desmiente la velocidad con que se profundizan las pérdidas. En el primer semestre, el sistema reconoció cargos por 17.294 millones de dólares, 50% más que en igual período en 2006. De julio a setiembre, puede estimarse que los quebrantos superaron los 20 mil millones de dólares (sólo en EE.UU.).
Sospecha
El cuarto trimestre no mostrará un alivio. Y vale sospechar de lo que yace bajo las alfombras. Aquí conviene citar el balance de Merrill Lynch. Se sabe, en el tercer trimestre, la firma tomó pérdidas por 8.400 millones de dólares (7.900 millones en activos hipotecarios). Según Deutsche Bank, Merrill Lynch podría verse forzado a registrar nuevos cargos en el cuarto período, que orillarían los 10.000 millones de dólares sólo por su exposición al infierno subprime. No en vano Stanley O'Neill se contactó con sus pares de Wachovia Bank antes de ser despedido como titular de la institución. Si la primera noticia se saldó con su remoción, la segunda -más factible tras un cambio de autoridades- pondría en tela de juicio la propia independencia de la firma. Pero, aun así, no su solvencia. Después de todo, Merrill Lynch se arregló para tomar el golpe por 8.400 millones de dólares y perder en forma neta sólo 2.240 millones. Y retiene un rating crediticio A. Así, volviendo al sistema financiero en general, conviene no perder esa misma perspectiva. La metralla reciente -aunque duela- rasguña la coraza de un capital de más de 1,1 billón de dólares (trillion en inglés).
¿Significa ello que hay razones para perder el sueño? Sí. El problema básico es que la crisis consume capital. Con precisión, devora los excedentes de capital que el sistema acumuló. Las pérdidas registradas y las provisiones que se constituyen con anticipación detraen del patrimonio. El aumento (en buena medida, involuntario) de los activos que controlan los bancos incrementan las necesidades de capital. Es un juego de pinzas, que puede gatillar una contracción crediticia prolongada con obvios costos económicos. A grandes trazos la cuenta es sencilla. El sistema expandió los activos a su cargo cerca de 400.000 millones de dólares desde fines de junio. Con un ratio tentativo de 8%, solamente allí anida una demanda de capital por 32.000 millones. Si se suman pérdidas por 20.000 millones, la cifra supera los u$s 50.000 millones.
Quebrantos
Pero la recolección de pérdidas no se detiene: solamente Citigroup baraja anotar quebrantos adicionales por 11.000 millones en la contabilidad del cuarto trimestre.
Aquí calza la última referencia empírica. ¿Está seguro el dividendo del Citigroup?, se interrogó la analista de bancos CIBC World Markets. No objetó la solvencia de la institución (rating crediticio: AA) ni dudó sobre la marcha (nada estelar) de su rentabilidad. Puso el acento simplemente en su colchón de capital. Que no es despreciable (el ratio tier 1 se ubica en 7,4%, pero es inferior al de su competencia: 8,1%). Con adquisiciones por u$s 26 mil millones desde marzo de 2006, cargos por 6 mil millones sufridos en el tercer trimestre y un reciente incremento de los dividendos que no guarda relación con ganancias estables, la proyección es que Citigroup deberá reforzar su capital en u$s 30 mil millones para alinearse con sus pares. Mayores pérdidas crediticias (como las que ahora saldrán a luz) o nuevas disrupciones en el mercado de los SIV (vehículos de inversión) obligarían a un esfuerzo más importante. La mera acumulación de ganancias no dará frutos en un horizonte razonable. Un recorte de los dividendos, la venta de activos o, probablemente, una combinación de las tres variantes se prevé como el camino para producir esa inyección. Un aporte de capital externo -que no se contempla en el análisis de CIBC- también serviría. Y obran antecedentes (el príncipe kuwaití Alwaleed compró 7% de Citicorp en circunstancias similares en 1991).
Mientras ello se defina, la necesidad del ajuste -presagiaba el informe de CIBC fechado el 31 de octubre- « presionará adversamente sobre la acción». Así fue. La realidad, de hecho, sobrepasó el blanco. El reemplazo de Chuck Prince por Robert Rubin al timón y la revelación de nuevos contratiempos (que costarán entre 8.000 y 11.000 millones de dólares por la debacle de los CDO en octubre) acentúan la importancia de resolver el dilema. La corriente de dividendos -cerca de u$s 10.800 millones al año- está más amenazada que antes (en principio, el cuarto trimestre debería cerrar en rojo), aunque los voceros de la nueva conducción sostengan que no habrá necesidad de afectarlos.
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