En los años 60, en el período de salto cualitativo portentoso que significó el descubrimiento del ADN, P. Jacob y G. Monot, dos premios Nobel de Biología, escribieron un libro que se tituló «El azar y la necesidad». En él señalaban que no todas las relaciones entre las células eran necesarias sino que algunas se producían de manera azarosa y que posiblemente no respondieran a una regularidad susceptible de ser descubierta por la ciencia. De esta misma naturaleza participa también la economía y, como la biología, puede producir efectos impredecibles.
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Al azar, en la economía, se asocia la noción de riesgo. Estas dos características eran totalmente evidentes en los comienzos del capitalismo moderno.
Cuando los comerciantes y armadores venecianos del siglo XV financiaban y armaban navíos para comerciar con especias en el Lejano Oriente, estaban realizando una apuesta que podía producirles pingües beneficios pero cuyas posibilidades de éxito eran por lo menos iguales a las de fracaso.
Así se desarrolló el crédito como una apuesta sobre el futuro. A medida que el capitalismo se consolidaba, esta característica jamás lo abandonó, pero por otra parte los hombres jamás abandonaron tampoco la aspiración de reducir el azar y acceder a la seguridad total.
La teoría económica a lo largo de los siglos XVIII y XIX reflejó esta inquietud. A la teoría económica se la llamó corrientemente «teoría de los ciclos» que da cuenta de esta evolución ondulante.
El caso de Carlos Marx es seguramente el más significativo en este sentido. Marx identificó las contradicciones entre las relaciones de producción como causa de esta evolución y formuló el esquema de una crisis final para el capitalismo. También imaginó un sistema poscapitalista en el que estas vicisitudes desaparecerían. El problema es que el rigor analítico que Marx aplicó al funcionamiento del capitalismo no se encuentra para nada en sus teorías de lo que sería el socialismo. Así, el rigor analítico fue reemplazado por la praxis ciega del ejercicio del poder en el comunismo real. Como es sabido de las dos experiencias fundamentales, la Unión Soviética y China, la primera se derrumbó y China vuelve, en lo económico por los menos, vertiginosamente al capitalismo. El resto de los países continuaron con un crecimiento jalonado de crisis que se repitieron cada vez más en el último tercio del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y que culminó en la crisis de 1929 que perturbó gravemente el sistema económico internacional.
Irrupción
En esos momentos irrumpe en escena otro teórico que va a formular las bases de una política económica que garantizaría el crecimiento lineal, desafiando un principio de la ortodoxia que sólo concebía crecimiento sin inflación. Keynes, que entre otras cosas libera la emisión monetaria. Se atribuye al presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt la primera implementación de esta política, con el New Deal.
Si bien la relación entre la teoría de Keynes y las decisiones de Roosevelt no está históricamente probada, esta política permitió que Estados Unidos saliera de la recesión. Así Keynes fue consagrado como el artífice de un capitalismo poscíclico sin crisis globales.
Los treinta primeros años de la posguerra mundial y especialmente la espectacular reconstrucción de Europa parecieron probar definitivamente que había llegado la era del capitalismo poscíclico. A estos años se los denominó «los treinta gloriosos» porque fue un período de crecimiento sostenido sin ninguna crisis global. Apareció en los países capitalistas la planificación como técnica para consolidar más aún la certeza sobre el futuro. Un libro titulado «El plan o el antiazar» escrito por el responsable de la planificación francesa, Pierre Massé, testimoniaba las ilusiones de esta época.
A fines de 1973, se produjo el extraordinario encarecimiento de los precios del petróleo con la consiguiente elevación de los costos de producción en un mundo que vivía y se expandía sobre la bases de los hidrocarburos. La crisis sobreviniente fue irreductible esta vez a todas las soluciones keynesianas. Peor aún, emergió un engendro al que denominaron «estanflación», es decir inflación con estancamiento que condenó definitivamente la vigencia del pensamiento keynesiano.
Vivimos desde entonces en una economía mundial atravesada por crisis que si bien no culmina en la crisis final prevista por Marx, se aleja bastante del crecimiento con estabilidad que nos auguraban Keynes y los planificadores de los años 50 y 60. La pretensión de reducir el azar se redujo a niveles más modestos. Así se desarrollaron en el plano financiero los llamados genéricamente « derivados»: «options»,» future» y otros instrumentos destinados a atenuar el riesgo. Se acepta que estamos en una gran ruleta, pero se inventan martingalas para perder lo menos posible. La crisis actual demostró que no sólo no cumplen esta función sino que son además mecanismos propagadores y ampliadores de la crisis. Sin hablar de otros riesgos colaterales que generan: la pintoresca estafa de un bróker que hizo perder en los últimos días a un banco francés, la bicoca de 4.500 millones de euros testimonian acabadamente.
Refugio
La estabilidad y el crecimiento son una pareja definitivamente no avenida. Si se quiere estabilidad a toda costa, habría que abandonar el crecimiento y volver a esa época tan luminosa de la humanidad que fue la Edad Media. Y si pretendemos crecimiento habrá que resignarse a las crisis. Aquellos que encuentran desoladora esta alternativa podrían refugiarse en el pensamiento de otro teórico de la economía, Joseph Schumpeter, quien atribuye a las crisis un rol determinante del crecimiento. Las crisis son, según este autor, «tormentas de destrucción creativa». Desgraciadamente, Schumpeter tampoco tiene razón ya que la realidad ha demostrado que las crisis son muchas veces destrucción pura y no tienen nada de creativo. Sigue desafiando a las teorías, a las políticas públicas y a los comportamientos individuales que se empecinan en otorgarle previsibilidad.
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