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Los efectos del odio hacen retroceder en la solidaridad, potencialmente, y promueven un descentramiento del “afecto social”. No se trata de anudamientos posibles, sino, de lo que aprisiona. Es lo que captamos en la imagen de tapa del libro, que es impactante: un lazo, que es una soga, una atadura apretando y aprisionando un cuerpo desnudo.
En cada momento de la lectura del libro aparecen indagaciones, que dan lugar al odio que sería el punto en común de un modo extraño de lazo social. Pero también, hay algún horizonte de posibilidad que el autor sabe dejar como indicios. Habrá que descubrirlos.
Como sabiendo esto Juan Carlos nos inicia en un recorrido inquietante. Las posiciones criticas que suscita la realidad, son desplegadas en cada capitulo, más allá del estupor que nos causan.
Desde el prólogo, el libro trabaja el lazo social en un abordaje desde múltiples disciplinas en intersección con el psicoanálisis cuyos aportes enriquecen la lectura y nuestro conocimiento. Imperceptiblemente se revitaliza el interés común por el interés individual en el lazo social, que parece a punto de sucumbir, y en un mismo movimiento, interpela odio y lazo social, en una “odiosincracia”.
Raramente encontraremos en el libro conclusiones es una obra abierta. Y esto opera en nosotros de una manera muy especial, desde el fragmento a veces, como lo hace Walter Benjamín, desde la cita o el comentario, es una obra que nos da espacio para pensar, y esto es: “thought provoking” (que invita a la reflexión, o que estimula el pensamiento). Es un despertar necesario para la subjetividad dormida.
Así, Cosaka reivindica el rol subversivo del psicoanálisis y nos lleva a asomarnos al borde de un abismo complejo: Psique y su profundidad que hundiendo sus raíces en lo social da cuenta del fenómeno actual. Y así, se pregunta por la solidaridad, y su dimensión moral a partir del punto común en el lazo social.
Se nos recuerda que Lacan trabajó el lazo social relativo al discurso, y que considera al sujeto como sujeto social en relación al Otro como lugar de la palabra. La relación en tanto discursos implica relación de dominación y de regulación del goce, afirma el autor. Sin embargo -y esto es un eje fundamental en la lectura del libro- esto choca con un hecho… puesto que “hay elementos no significantes, es decir, no alcanzados por las palabras que dan el marco a los desarrollos del presente estudio”, dice Juan Carlos. Reconoce que la dimensión simbólica es la que puede regular el lazo social y la salida, eventualmente, de la opción: yo o el otro, de carácter dual. Sin embargo, con el significante amo, la sustancia del poder, esa posibilidad estaría en jaque. La tensión entre el significante amo, como absolutismo, xenofobia, fundamentalismo y la posibilidad de una democracia que autoriza el pluralismo, estaría al límite.
¿Habrá algún camino posible, nos preguntamos? ¿Qué es lo que hace síntoma en lo social cotidiano?
Y el texto va a encontrar algunas claves: “Hemos dado cuenta del poder que supone la fabricación de significantes amo… afirma Juan Carlos, su fuerza es la del odio puro que provoca a nivel masivo una opción de creencia que catapulta al acto, publicidad mediante” y da cuenta de la eficacia de la influencia y de la hipnosis que produce la propaganda.
El odiooamoramiento, dialectizado por Lacan sucumbe al odio puro dice el autor, coincidiendo con la afirmación primordial freudiana.
Hay un desmadre del odio a falta de castración que ubique los discursos. La prosecución del goce sin mediación de la palabra, el “circuito corto” que señala André Green y de otra manera Freud, por ejemplo, en los “Dos principios de acaecer psíquico”, son formas de funcionamiento psíquico que van a soslayar el pensamiento, la palabra, el Otro. La prosecución directa al acto, no admite diferimiento ni posibilidad de sustitución.
Desde el asombro nos reencontramos con Juan Carlos, en un mundo fuera de quicio, “out of joint” donde él avanza en conjeturar que es inevitable pensar que “el que esta fuera de quicio es el odio”: magnifica observación ante un asombro que comparte con Derrida y Paul Valery, como lo describen en el libro “Espectros de Marx” (Derrida, 1993). Este punto de interpelación, es donde el autor, desde el asombro expone la vacilación y la inermitud del sentido y la representación…ante el odio fuera de quicio.
Odio, pulsión, pasión, van recorriendo los tiempos de “Odiosincracia”, hasta la actualidad… y entonces: la pandemia.
De golpe la pandemia nos ubica en una nueva versión, virtual de “la guerra de los mundos” y podemos evocar hoy el estremecimiento que parece haber causado la transmisión radial del genial Orson Wells. Una muestra del efecto de los medios, hace mas de medio siglo.
Siguiendo el estado de cosas el autor avanza con un concepto fuerte, que recorre el libro, la creencia. La pertinencia de este tema abre metapsicológicamente, a aportes clínicos y sociales.
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Juan Carlos Cosaka, autor del libro Odiosincracia, editado por la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
¿Por qué y cómo se produce la creencia? Se pregunta Cosaka, y nos sitúa ante lo indisociable de las creencias religiosas o fundamentalistas, y las consecuencias violentas. El lenguaje a los fines del régimen que tiene en primer termino, desobjetivar lo humano del mundo y dar lugar a la discriminación y al exterminio calculado a nivel masivo. Es lo que sucede con lo “fake”, el chisme, la mentira, que producen goce, y un “desmadre” subjetivo. Es curioso ver que si bien la mentira es toxica, se lubrica a si misma.
Goebbels, nos recuerda Cosaka, describía una secuencia clave para los principios de propaganda nazi que promueven la simplificación de estado mental, al ubicar al enemigo único y cargar en el adversario con todos los recursos.
Estos estados que Christopher Bollas, psicoanalista contemporáneo, describe y denomina “estado mental fascista” (“Ser un Personaje”, Bollas, 1897) en terrible coincidencia con las premisas del nazismo para producir el contagio del odio.
La creencia evita el dolor de saber y de preguntarse, dice el autor, porque reniega de un conflicto interior. Por eso hay superficialidad. La creencia esta cerca de los fanatismos, y de la imposibilidad de tolerar el conflicto y el consecuente duelo. Si no hay duelo emerge la paranoia, campo fértil para el odio. Odiosicracia.
¿Sin democracia, sin gracias, Odiosicracia-idiosincracia?
La superficie del planeta y el aparato político mediático, son el campo político para generar contagio, fenómeno de la época mas allá de la coloratura e ideología, evidente en la exposición y el afán del espectáculo. El sujeto, abismado en ese escenario y susceptible a la infección, mimética, histérica, a la pasión, la creencia y el desborde, sacude el lazo social… pero, nos en tanto hay castración, sabemos con el autor, es posible el síntoma, la metáfora y el amor.
Hacia el final, y luego de un recorrido estremecedor pero insoslayable, de una rigurosa profundidad y actualidad, se nos sorprende con una Advertencia y una alternativa.
El establecimiento de la ley hace que cada uno de nosotros, en una diversidad respetuosa y aún desde el asombro, podamos: “andar juntos, con el semejante, quien padece y goza al igual de cada uno”.
Y así desbrozando el texto con palabra, fragmento y alegoría, lo que pudo quedar en la perplejidad del asombro, puede tomar la opción ética de una escritura asombrosa que produce un efecto de subjetivación. Tal vez por eso en este punto, Cosaka cita a Borges cuando dice: “…buscamos la poesía, buscamos la vida. Y la vida está, estoy seguro, hecha de poesía…”, y “cada uno de nosotros, hablantes, dice Juan Carlos, hace un retoque…”.
Presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina Psicoanalista. Miembro titular con función didáctica, (A.P.A), full member y Trainning analyst de la Asociación Internacional de Psicoanálisis.
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