25 de mayo 2026 - 00:00

La tregua se eterniza en Irán (y en la Fed): Trump urgido por lograr acuerdos

Sin definiciones concretas, el conflicto se prolonga mientras crecen las tensiones energéticas y la presión inflacionaria a nivel internacional.

La Reserva Federal, bajo la nueva dirección, se enfrenta al desafío de gestionar la política monetaria en un contexto de incertidumbre, mientras los mercados de energía y bonos reaccionan a los rumores de negociaciones.

La Reserva Federal, bajo la nueva dirección, se enfrenta al desafío de gestionar la política monetaria en un contexto de incertidumbre, mientras los mercados de energía y bonos reaccionan a los rumores de negociaciones.

El presidente Donald Trump dijo la semana pasada que conseguirá una victoria total en Irán y que el cese de hostilidades tiene apenas un 1% de probabilidades de sobrevida. Pero no hay novedades en el frente. Y, por omisión, la tregua del 7 de abril se extiende. Fue pensada para durar dos semanas y, sin embargo, subsiste sin interrupciones. Es además el único punto relevante y probado de coincidencia entre EEUU e Irán. Las negociaciones bilaterales salieron a la superficie en una solitaria reunión en Islamabad, allá por abril, que fracasó al día siguiente; según proclamó el vicepresidente JD Vance. Es verosímil que las conversaciones prosigan en la trastienda, pero no se acreditan avances salvo en rumores y versiones interesadas que tampoco logran perdurar mucho tiempo. El sábado, por ejemplo, Trump dio por sentado un acuerdo inminente que ya “está ampliamente negociado”. El domingo, el mismo Trump dijo del mismo acuerdo que tenía muchos puntos que convenir y aconsejó a su equipo que no había que apurarse.

Así, por defecto, la guerra se mimetizó en un cese de fuego precario, que cualquiera de las partes puede pulverizar en el momento que quiera, y que nadie viola con saña. No vaya a ser cosa de que se rompa.

La guerra que iba a ser corta, se eterniza como tantas otras precedentes – por caso, en Irak o Afganistán - que Trump criticó desde el llano. Esta semana cumplirá sus primeros tres meses. El presidente la inició con gusto en busca de Eldorado – un cambio de régimen favorable en Teherán, a la manera del chavismo en Venezuela – y se encontró de repente con las manos vacías, y atrapado en Ormuz sin salida. Gracias a la guerra, Irán se adueñó del control de la navegación en el estrecho, y Trump no tenía, ni tiene todavía, una respuesta adecuada que lo libere de la encerrona.

El bloqueo naval que dispuso EEUU después, aumentó los costos del conflicto para todos los participantes directos y para el resto del mundo. Pero de ninguna manera es el tiro de gracia que se prometió para finalizar la contienda. Irán iba a estallar, en días, y, luego, en semanas, atiborrado por la acumulación de su propio petróleo sin capacidad de almacenamiento o por la disyuntiva de cerrar sus pozos de producción. Esa era la tesis, pero debía ser perentoria y no se cumplió. Se diría que Washington divaga y recalcula su estrategia desde entonces. Pero no da en la tecla. La Operación Proyecto Libertad lanzada el 4 de mayo para despejar el tránsito por Ormuz se canceló un día después. Solo asistió al pasaje de dos embarcaciones.

Las amenazas militares continúan siendo terribles, pero la pérdida de ánimo beligerante resulta notable. Trump alterna advertencias y ultimátums con versiones off the record que vaticinan acuerdos de paz inminentes. En su atasco, es la manera que encontró de darle sosiego a los mercados de energía (y ahora también a los bonos). Irán es menos locuaz, pero difunde las represalias que tiene a mano en caso de volver a ser atacado. Obstruir la navegación por Bab el Mandeb – la salida alternativa para buena parte de la producción regional por el Mar Rojo – y cortar los cables submarinos que transportan datos y señales de Internet por Ormuz (en territorio de Omán). Así las cosas, y perdida la fe en la capacidad de las operaciones militares de torcer el destino de la guerra, la tregua prospera, al menos sin pérdida de vidas.

Trump quiere terminar la contienda, pero no puede. Irán, también, pero su umbral de tolerancia es superior. Y su prioridad es aferrarse como sea al control de Ormuz, el flamante botín que involuntariamente Trump lo empujó a manotear. En el corto plazo, mantener el statu quo evita una destrucción mayor y hasta resulta cómodo. La mejor prueba es la lozanía de Wall Street que no duda en erigir una cadena de récords. El problema de congelar la guerra en una tregua ad infinitum es que la crisis global de la energía crece y se torna cada vez más profunda. Si Ormuz no se reabre, una vez que se agoten los paliativos temporarios, se convertirá en un shock formidable. La tregua es un parche y la crisis de la energía, una bomba de tiempo creciente de enormes dimensiones. Debería quedar claro, entonces, que la tregua no puede pensarse como la solución viable del problema de fondo.

estados unidos iran donald trump mojtaba jamenei

La realidad es que Trump no encuentra una solución para Ormuz. Irán ofrece la suya, (todavía) inadmisible para Washington. En los hechos, en un posteo imprudente, Trump fue quien la propuso primero. Apuntó en Truth Social que aquel que necesite petróleo o gas se lo compre a EEUU, que los tiene en abundancia, o que se encargue él mismo de agenciárselos en el Golfo. Pues bien: Irán, en conjunto con Omán, está dispuesto a facilitar la segunda transacción bajo una novedosa normativa que involucra el derecho de admisión, la navegación guiada por sus aguas territoriales, y el pago de un peaje. Para Washington todo esto es inaceptable. Y con razón. Equivale a reconocer un traspié geopolítico mayúsculo y la pérdida de influencia en un área clave del mundo. Sus aliados regionales, vapuleados por Irán, quedarían a su merced (o de las condiciones que podría fijar otro jugador de peso dispuesto a oficiar de árbitro como China). Pero, la Casa Blanca no ofrece alternativas. El ensayo del Proyecto Libertad – con la protección de la Marina de EEUU – duró un solo día y debió abandonarse dada la agresiva respuesta militar iraní.

Ormuz es una batalla contra reloj. Cuando el precio del crudo se eleva, es muy claro. Y la factura llegará plena una vez que se agoten los inventarios que hoy mitigan el impacto. Esta semana el Brent superó los 112 dólares el barril, aunque cerró en torno a los 100 dólares en función de los consabidos rumores de avances en las negociaciones, presumiblemente sin mucho asidero. El tiempo pasa y la inflación ya recoge el impacto de los aumentos de cotizaciones acontecidos desde marzo. En abril, los precios minoristas subieron 0,6% en EEUU. Habían escalado 0,9% en marzo. Los precios mayoristas treparon 1,4%. Quizás lo que más llame la atención sea el salto en los precios al consumidor de renglones que no están directamente relacionados con la energía: las verduras, 0,7%; la vestimenta, 0,6% y los servicios ex energía, 0,5% en abril. Más de la mitad de la canasta de precios y servicios acumula aumentos interanuales iguales o superiores a 3%. Y todavía puede decirse que la tregua es un parche eficaz.

Así, de la mano de la guerra, y del shock de Ormuz, la inflación vuelve a ser la prioridad de los bancos centrales del mundo. Es un segundo shock en dos años. El de los aranceles probó ser un huracán transitorio. Les dio la razón a las autoridades monetarias que no sobrerreaccionaron ni le salieron con agresividad al cruce. El enfoque actual es similar, basado en las señales benignas que emiten los propios mercados de energía. La curva invertida de los futuros anticipa una rápida reversión del grueso de los aumentos. Pero ello presupone que la guerra será breve y que la paz recuperará la navegación fluida por Ormuz. Para ello, Trump debe tomar el toro por las astas. Si no puede por la fuerza, deberá hacerlo por la negociación. Hasta ahora no quiere pagar los costos de reputación, que son altos, pero no prohibitivos como lo serían si se demorase en exceso. El presidente lo sabe: de ahí el globo de ensayo del fin de semana.

El mundo cambió después de la guerra. Kevin Warsh fue nominado por Trump para conducir la Fed antes del conflicto. Pero asumió el viernes ya con la primera oleada inflacionaria debidamente acreditada. El presidente le tomó juramento y le pidió que sea “totalmente independiente”. “No me mires a mí, no mires a nadie”, señaló, y luego lo asesoró con más precisión. Dos instrucciones se destacan: una economía boyante “no necesita ser enfriada” y “el crecimiento económico no significa inflación”. Warsh, a su turno, prometió cumplir con el mandato dual de la Fed: estabilidad de precios y pleno empleo. Si esos fines se persiguen con “sabiduría y claridad, independencia y determinación” entonces “la inflación puede ser más baja; el crecimiento, mayor…y América más próspera”. Generalidades y frases de compromiso, se diría, que no hacen daño.

Lo trascendente es que la Fed cambió de guardia. Y en la coyuntura el legado que recibe Warsh es la disposición a “ver y esperar”. La renta fija, mientras tanto, ya fue a la guerra. Las tasas cortas y largas del Tesoro subieron medio punto o más desde fines de febrero. La Fed de Powell prefirió en cambio concederse una tregua. E incluso, mantener un sesgo hacia la baja de tasas, aunque esa postura generó tres disidencias en la última reunión. Cabe esperar que en junio haya, por lo menos, una cuarta: la del gobernador Chris Waller, quien ya la anticipó públicamente. La opinión de Waller vale por partida doble. No solo fue designado por Trump, sino que también participó del proceso de selección que llevó adelante el presidente para encontrar al sucesor de Powell.

Un año atrás Waller fue el primero en abogar por la baja de tasas, a pesar del shock de las tarifas. Pero ahora, reconoce que la inflación no va en la dirección correcta y que la incertidumbre es grande. Endurece su discurso. No aboga por una suba de tasas, pero lo haría si se desacomodan las expectativas de inflación. Y, por supuesto, si la inflación no se abate pronto. Lo que depende de la “duración de la guerra”. Por último, Waller recomendó no confundir “disensos con peleas”. La última votación de la Fed de Powell terminó 8 a 4 (aunque la decisión importante de mantener las tasas se resolvió 11 a 1). Estas discrepancias también son parte de la herencia.

Waller avisa. Warsh se hará cargo de la conducción en un momento bisagra y habrá disidencias, si no peleas. Dependerá de su cintura que no se desate una guerra de guerrillas interna, lo que parece fácilmente evitable si acepta remover la rémora del sesgo a la baja de las tasas de interés. Esa es la manera razonable de extender la tregua de tasas sin producir sobresaltos.

Más allá de junio, si la guerra no se resuelve en Ormuz, la Fed deberá seguir las señales del mercado de bonos para no correr detrás de la curva (y a la zaga de otros bancos centrales que estrenarán subas de tasas). Si Trump no toma el toro por las astas en el Golfo, la Fed deberá hacerlo con la inflación. Con Warsh convencido a bordo o sin Warsh. Aunque a priori, conociendo su astucia, lo más probable es que sea con Warsh a la cabeza.

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