Es la piedra basal en la arquitectura de la compra de Bear Stearns por parte de JPMorgan Chase. La Fed de Nueva York se hará cargo de una cartera ilíquida -valuada en u$s 30.000 millones al 14 de marzo- que será escindida del balance de activos y pasivos a transferir. Sobre sus espaldas recaerán las eventuales pérdidas que arroje (más allá de los primeros u$s 1.000 millones que serán afrontados por la banca Morgan). O, si fuera el caso, derramarán los beneficios.
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De todas las innovaciones que ensayó la Fed de Ben Bernanke -que fueron muchas y provocativas- ninguna resulta más revolucionaria. No se trata de un préstamo de corto plazo. Es la adquisición lisa y llana de una cartera inmovilizada con el consecuente traspaso de todos los riesgos ( precio y crédito) a la cuenta de la Fed de Nueva York, el distrito que maneja la mesa de operaciones de la Reserva Federal. Así, por la habilitación de una vía extraordinaria de escape, el sistema financiero se libera de la suerte que corra ese pesado bagaje. Apartada la mochila, y no antes, es que Morgan resuelve, en tiempos perentorios, la compra de Bear Stearns (BS).
En el diseño triangulado original de la operación, la Fed de Nueva York asumía todos los avatares derivados del crítico portafolio. Sin embargo, la hostilidad visible de los accionistas de Bear Stearns forzó a Jamie Dimon -quien conduce el timón de la banca Morgan- a engrosar su magra oferta de compra. Como se sabe, la multiplicó por cinco: entregará 0,21753 papeles propios por cada acción de BS que reciba. O sea, el equivalente a poco más de 10 dólares.
Así, Dimon se aseguró la presa ya que pari passu cerró un acuerdo de compra de 39,5% del paquete societario de BS (apelando a una excepción de las reglas del NYSE para eximir la transacción del requisito de previa aprobación por los accionistas). Munido de tamaño porcentaje de control, será virtualmente imposible bloquear su arribo cuando se vote la compra en la asamblea. Con este golpe de mano, Dimon aleja el merodeo de otros tiburones (KKR y JC Flowers, aunque con pocas chances de éxito a priori; el verdadero fantasma era la irrupción de un « caballero blanco» que diera la talla exigida por la Fed).
Empero, para salirse con la suya, subrayando el carácter tripartito de la operación, Morgan debió mejorar también la posición de la Fed de Nueva York.
Pasivo
En la versión corregida del acuerdo queda asentado que afrontará los primeros u$s 1.000 millones de pérdidas que pudiera generar la liquidación de la cartera crítica transferida a la Fed. O, puesto en otros términos, Morgan tuvo que aceptar un pasivo contingente de u$s 1.000 millones para poder endulzar la oferta a los dueños de BS en otro tanto. No son, ni por asomo, cifras extravagantes. Dimon ya había reservado u$s 6.000 millones para cumplir su cometido -en primer lugar, para sufragar los costos previsibles de litigiosidad- así que todavía discurre dentro de los límites modestos de su presupuesto original. Si se piensa que su institución vale hoy u$s 33.000 millones más que antes de los anuncios, no cabe duda sobre quién se lleva la mejor tajada.
Cuando se cierre la compra de BS, la Fed de Nueva York proveerá un préstamo de u$s 29.000 millones y Morgan, otro de u$s 1.000 millones, que financiarán la citada cartera inmovilizada. Ambos a un plazo de 10 años. Los recursos de la Fed devengarán la tasa de descuento primaria (actualmente en 2,5%). La nota de Morgan -que rendirá la tasa primaria más 475 puntos base- estará subordinada a la de la Fed. Por ende, si la liquidación del portafolio generara quebrantos, Morgan sería el primero en absorberlos. Los activos serán administrados por una compañía de responsabilidad limitada constituida a ese exclusivo efecto bajo las normas del estado de Delaware.
La gestión operativa será confiada a Black Rock Financial Management conforme líneas de acción sugeridas por la Fed de Nueva York que apuntarán a «la minimización de la disrupción de los mercados financieros y la maximización del valor de recupero».
En los hechos, la Fed de Nueva York ha constituido un fondo especial de inversión (SIV) no muy distinto de los que tantos dolores de cabeza acarrearon a los bancos. Días atrás, se mencionó en estas páginas que «si la crisis de solvencia se agravase, y el Tesoro no dijese esta boca es mía para no malquistarse con plomeros y carpinteros, la Fed debería internarse por la cornisa de una disyuntiva: rechazar los pedidos de asistencia o, en silencio, convertirse en un caladero de activos averiados.
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