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Porque así como Tabaré Vázquez tiene una restricción difícil de franquear en el estado de opinión que reina en Uruguay, donde el establecimiento de las papeleras está identificado casi con la idea de progreso nacional, Kirchner encuentra un límite igualmente severo en la movilización política del este entrerriano, donde arraiga una corriente que le responde desde antes de este conflicto. Detectar ese entramado es crucial para comprender por qué le será difícil al Presidente asumir posturas conciliadoras. Y, sobre todo, para percibir cómo Busti se está convirtiendo para la Casa Rosada en un adversario al que hay que cargar con el costo de un eventual acuerdo con Uruguay.
• Las relaciones de Kirchner con la dirigencia de la costa del río Uruguay son muy anteriores al conflicto de las papeleras. El intendente de Gualeguaychú, Daniel Irigoyen, militó con el Presidente desde los años 70. El diputado nacional Emilio Martínez Garbino se alineó temprano con el gobierno nacional, por lo menos hasta hace dos fines de semana, cuando apareció en Rosario para asistir a una reunión convocada por Hermes Binner. En cambio, el vicegobernador Pedro Guastavino sigue identificado con el poder central, aun cuando allí hayan comenzado a sospechar por su subordinación al gobernador de la provincia. Kirchner prefiere armar su política entrerriana con Julio Solana, el intendente de Paraná, y con Juan García, alcalde de Chajarí. Solana y García hicieron, junto con Irigoyen, una demostración de afinidad interna en los carnavales, fotografiándose en Gualeguaychú y lanzando una especie de alianza anti-Busti.
• Del mismo modo que hubo una competencia larvada entre los kirchneristas y Busti por asumir las posturas más intransigentes ante el gobierno uruguayo y las procesadoras de celulosa, también ahora hay un duelo secreto por la eventualidad de una negociación. Kirchner asumió una táctica casi matemática: cada vez que haya que adoptar una posición conciliatoria, debe ser Busti quien la asuma primero. Hasta para enviar el caso a La Haya el gobierno nacional reclamó que la disposición fuera pedida por la gobernación entrerriana. Juegan al off side. Así, Alberto Fernández le reclamó a Busti hace un mes que reclamara el levantamiento de los cortes en los puentes. Y que lo hiciera en Entre Ríos, sin contaminar la sala de conferencias del gobierno nacional con ese reclamo. Fue la consecuencia inmediata de una jugada audaz del gobernador. La que realizó al decir: «Si el Presidente quiere mi renuncia, ya la tiene, pero no voy a dar un paso atrás». Se había ido de boca Busti, alertando a Kirchner de que su estrategia sería nacionalizar los costos de un retroceso. Claro, venía de comprometerse de manera casi literaria con declaraciones emocionantes. Unos días antes había citado a Francisco Ramírez, el caudillo fundador de la provincia, diciendo: «Como Pancho, recuerdo: 'Quien tenga sangre en la cara/ sabrá qué cosas lo obligan/ acá estoy y que me digan/ lo que son y lo que quieren/ los achicados que se queden/ y los otros que me sigan'». La secuencia retórica que había iniciado el jefe entrerriano dejaría al santacruceño, en cualquier momento, en el papel del « achicado», el que peor le sienta a Kirchner y su «ideal del yo».
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