15 de septiembre 2003 - 00:00

Capital: voto rápido y pocos incidentes

A diferencia de lo sucedido el pasado 24 de agosto, no hubo casi demoras en los lugares de votación. Esta vez los porteños no debieron vérselas con un pantagruélico menú de opciones al momento de elegir jefe de Gobierno para la capital del país. Al entrar al cuarto oscuro esta vez se encontraron con una oferta de austeridad espartana: sólo dos boletas, sin símbolos ni inscripciones partidarios, apenas con los nombres de los candidatos a jefe y vice; un panorama diametralmente opuesto al que ofrecía medio millar de papeletas hace menos de un mes.

Por eso, y también por el alto grado de abstención, el trámite demoraba no más de cinco minutos promedio, y hubo quien lo hizo en menos tiempo. La excepción parece haberse dado en el ICANA de Belgrano (3 de Febrero y Maure) donde se produjo un escandalete que provocó una demora de casi media hora en los comicios.

Sucedió que un hombre muy mayor se presentó a votar a la mesa 5125, pero como dijo (y era evidentemente cierto) estar imposibilitado de subir las escaleras hasta el cuarto oscuro que le tocó en suerte, pidió que le bajaran la urna. El presidente de mesa, como suele suceder en estos casos, no tuvo inconvenientes en acceder, pero un airado personaje que se presentó como «fiscal general para toda la zona de la fórmula Ibarra-Telerman», intentó impedirlo por todos los medios. «Vos no podés tocar la urna», vociferaba walkie-talkie en mano al presidente de mesa. Finalmente, luego de casi 25 minutos de discusión -lapso en que los votantes de esa mesa se fueron acumulando, como el malhumor general-el hombre pudo sufragar.

En un clima de profunda desconfianza mutua, las denuncias sobre boletas «truchas», cambiadas, rayadas o rotas para que en el recuento no resultaran en votos válidos se acumularon en las radios durante las primeras horas de los comicios, para luego disolverse en el aire sin que se supiera cuánto de verdad había en tales reclamos.

•Meteorología

Mucho se especuló durante el período que medió entre la primera y la segunda vuelta sobre el denominado «voto country» (porteños con domicilio legal en Capital Federal pero con residencia efectiva en algún barrio cerrado del GBA), y cómo jugaría el estado del tiempo sobre el resultado de los comicios. La mañana de ayer arrancó fría y gris, pero luego fue mejorando. En los campamentos de ambos candidatos se hacían cuentas sobre la conveniencia o no de que el día pintara desapacible.

«La gente que viene del Norte y nos vota a nosotros lo hace a última hora: regresan a la Capital y ya se quedan; no influye si llueve o está lindo»
, decía un hombre del equipo de Mauricio Macri. Desde el otro lado del mostrador el mensaje era más o menos similar: «Si está lindo se quedan jugando al tenis, pero si llueve igual permanecen en el country jugando a las cartas, al burako, mirando una película por TV... O sea, al que tenía decidido no votar no le influye el clima».

•Rutina

Ajenos a estas especulaciones, el resto de los mortales que habitan la Ciudad votaron (o no) y se dedicaron a lo que habitualmente se hace los domingos: estar con la familia, salir al aire libre, pasear, comer afuera.

Mezclados entre porteños anónimos se vio a el
Bahiano -cantante de Los Pericos-desayunando con su familia en el bar Anyway de Libertador y Blanco Encalada; a Sebastián Borenzstein almorzando en el Bar Unico de Palermo Viejo; a Nicolás Cabré y su novia Agustina Cherri haciendo lo propio en la terraza de la pizzería Morelia en Las Cañitas (la gente se detenía a mirarlo y comentaba su presencia allí como si fuera un holograma o una vidriera, no una persona). Pero igual que ellos millares de personas colmaron los bares, los restoranes y los parques de la Ciudad antes o después de votar (o justamente porque no lo hicieron).

También como pasó en la primera vuelta,
la gran mayoría de los establecimientos gastronómicos no hizo caso a la prohibición de vender alcohol durante la jornada del domingo, con algunas excepciones: en Cabaña Las Lilas de Puerto Madero, ya al ingresar, el maître advertía que para el almuerzo regiría la ley seca. Pero en general -sobre todo, pero no únicamente, en los barrios más alejados-la ingesta de alcohol no encontró más impedimento que la autorrestricción.

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