Es inexplicable para qué público gobierna el gobierno: anoche consintió la prepotencia de los activistas piqueteros de Luis D'Elía y Emilio Pérsico en la Plaza de Mayo. Menos de un millar de manifestantes contra el gobierno, acompañados desde varios puntos de Buenos Aires con otro intenso cacerolazo, fueron desplazados con golpes y agresiones. De nuevo ningún policía que impidiera la violencia, de la que D'Elía alardea después por las radios en una exhibición de impunidad con protección oficial y que promete repetir cada vez que un crítico del gobierno se anime a pisar esas baldosas. El clima que estos gestos instala en el país no se ha conocido en democracia. La misma plaza que fue sede de la protesta contra las violaciones a los derechos humanos vuelve a ser ocupada por policías de civil que se comunican por radio y aseguran la zona liberada para que actúen sicarios del gobierno que golpean al que se anime a un gesto de protesta o de crítica. La noche terminó con los caceroleros refugiados en torno al Obelisco, piqueteros antigobierno fueron corridos por los oficialistas a los golpes, mientras que D'Elía y Pérsico mantuvieron hasta medianoche el control de la plaza de la que dicen ya no se irán.
El piquetero Luis D'Elía desplegó toda su bronca hacia el campo que protesta contra el gobierno y alzó el dedo considerándose exitoso por haber impedido la manifestación.
La prepotencia del brazo piquetero del gobierno logró anoche impedir que otra manifestación contra las medidas aplicadas al agro se desplegara en la Plaza de Mayo.
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Nuevamente hubo incidentes, como el martes por la noche, menores quizá si se tiene en cuenta a cuánto podría haber llegado la tropa del oficialismo que se interpuso para frenar el paso de quienes reclamaban contra la política para el campo. Se agregó, además, que otros piqueteros, de la izquierda, se plegaron en contra de las agrupaciones oficialistas, con palos y cánticos contra Luis D'Elía, que fue el último en ingresar a la Plaza.
Convocada por mail, mensajes de texto y cadenas telefónicas, la protesta se dio cita a las 20 para continuar con el reclamo del día anterior, tanto en el centro como en los barrios de la Ciudad y en el interior (ver nota aparte).
Petardos
Llegó primero a la Plaza de Mayo un grupo reducido de caceroleros, al que sorprendió una columna que ingresó por la calle Bolívar con el estruendo de petardos, palos y banderas rojas. Los otros, los que reclaman contra las retenciones al agro, eran en su mayoría menores de 40 años, estudiantes, señoras y parejas jóvenes, con carteles « estamos con el campo», tapas de cacerolas y jarros para golpear.
Los militantes de la Asamblea de San Telmo y Convergencia Socialista portaron, además, pancartas con la imagen de Lenin y Trosky e ingresaron cantando: «Y ya lo ve, para D'Elía que lo mira por TV», lo que ofició de adhesión a los confundidos antioficialistas, que aceptaron el inesperado apoyo.
En vano, los izquierdistas armaron una hilera con la idea de frenar el paso de las columnas del kirchnerismo que, con el piquetero Emilio Pérsico en primera fila, avanzó, por la Avenida de Mayo, ya que esas columnas no llegaron a ingresar. Eligieron pegar la vuelta por la Diagonal Norte para detener al grupo de cerca de mil manifestantes a favor del campo.
Quedaron frente a frente, separados por unos cuarenta metros, hasta que la columna contra el gobierno, estancada en la intersección de Perú, decidió la retirada hacia el Obelisco, luego de corridas y trompadas.
«¿La Policía dónde está?», se quejaban desde los grupos que intentaron llegar a la Plaza de Mayo, sin mayor organización que los mensajes en sus celulares. «Acá hay muchos chicos y chicas jóvenes; si avanzan, esto será una carnicería», consideraron para emprender la retirada.
Lo cierto es que cientos de agentes policiales permanecieron todo el tiempo en formación detrás del vallado que atraviesa la Plaza de Mayo para evitar el avance sobre la Casa de Gobierno. En avenida Rivadavia y Reconquista, además, se estacionó desde temprano una decena de carros de asalto.
Los enfrentamientos ocurrieron en Diagonal Norte y Florida, cuando los piqueteros comandados por Pérsico se trenzaron en una trifulca repeliendo el grito de: « Argentina, Argentina» de los defensores del campo.
D'Elía ingresaba en ese momento a la «plaza del pueblo» persuadiendo a los pocos caceroleros que quedaban y a los piqueteros de la izquierda que los acompañaban.
Al mismo tiempo que se daban las trompadas, a unos cien metros, los ruralistas se enfrentaban contra los movimientos «anticolonias».
A pesar de que la contienda duró unos minutos, el nerviosismo perduró hasta que los manifestantes se replegaron hacia el Obelisco.
D'Elía se justificó diciendo que hubo «heridos de ambos lados» e incluso se vio llegar una ambulancia del SAME que acudió ante el llamado por la caída de un joven de las columnas antikirchneristas.
El último manifestante que fue obligado a abandonar la Plaza a golpes de puño fue Guillermo Fischner (cacerolero), quien había ido a increpar a D'Elía acusándolo de formar «una nueva Triple A». Minutos después abandonó la zona el comisario «a cargo» del «operativo policial». Entonces, el kirchnerismo festejó haber impedido el reclamo contra las retenciones.
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