Neuquén - Horacio Quiroga tomó la decisión de renunciara su cargo de subsecretario de Asuntos Institucionales de la Cancillería el viernes, solo y en medio de la inmensidad que proporcionan las montañas nevadas.
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Amante del esquí desde que era niño -nació y se crió en San Martín de los Andes-, se refugió en la montaña para definir una disyuntiva que lo acorralaba desde hace un tiempo -antes del voto negativo de Julio Cobos al proyecto de ley sobre retenciones a la soja que mandó Cristina de Kirchner al Congreso-, pero que se consolidó después del no del vicepresidente y, fundamentalmente, y de la falta de progreso de la reunión entre quienes compartieron la fórmula presidencial.
Ese mismo día se lo comunicó a Cobos y la conferencia de prensa de la primera magistrada fue el detonante para hacerlo público.
En pleno invierno de 2005, cuando el país vivía una intensa ola kirchnerista y el ex presidente gozaba de una popularidad superior a 60 por ciento, Quiroga le confesó a este cronista que no tenía otra opción que jugar para Néstor Kirchner como la única manera de poder enfrentar, en su provincia, Neuquén, al aparato del Movimiento Popular Neuquino (MPN), el histórico partido provincial que por esa época manejaba con mano férrea y también con altos índices de popularidad Jorge Sobisch, totalmente enfrentado con el ex mandatario y ya con un proyecto nacional que luego tronchó la muerte del docente Carlos Fuentealba. Sobisch, como Kirchner, coincidían -desde supuestos opuestos ideológicos- en el mismo modo de generar poder y de concentrar negocios. Fuera de sus planetas no había vida para opositores.
«Es como quedar en el medio de dos trenes que van a chocar a 150 kilómetros por hora», gráfico en medio de una inauguración cuando como intendente de la Capital neuquina gozaba de tanto consenso como el gobernador en la provincia y el presidente en la Nación.
A partir de allí olvidó su origen ideológico más asentado en el pensamiento de Ricardo López Murphy que en el contexto ideológico de Raúl Alfonsín -pese al permanente respeto que siempre tuvo por el viejo caudillo y su amistad personal con Enrique Nosiglia-y abrazó aspectos de la política kirchnerista que a su criterio eran favorables para el país, fundamentalmente en materia económica. Con ese mismo pragmatismo -una constante de su corta pero rica experiencia política ya que el actual subsecretario comenzó desde el subsuelo de esta actividad- y con un caudal electoral propio de casi 40 por ciento del padrón neuquino, Quiroga se lanzó a armar la Concertación de la UCR con el PJ en su propio territorio y luego se aventuró por otras jurisdicciones.
El ex intendente neuquino entendía que la única manera de sacar al radicalismo del ostracismo político en que había caído después de la fracasada experiencia de Fernando de la Rúa era una renovación de los métodos y de las propuestas del centenario partido. Su manera de gobernar era más parecida al torbellino peronista que a la reflexión radical.
Pago menor
Sin embargo, Quiroga no es un cobista de la primera hora.
Conoció al vicepresidente cuando éste era ministro del gobernador de Mendoza Iglesias y después fue afianzando esa relación hasta integrar como secretario la mesa de conducción del radicalismo en la Concertación que preside Cobos y acompañan los gobernadores Saiz (Río Negro), Gerardo Zamora (Santiago del Estero) y Arturo Colombi (Corrientes).
Su asignación a la Cancillería fue producto de un pago menor por no haberlo -por parte de Kirchner- beneficiado con la senaduría por Neuquén pese a que Quiroga, luego de haber perdido ante el emepenista Jorge Sapag la gobernación de su provincia, seguía ostentando la mejor posición en las encuestas previas. Sin embargo, la necesidad de contar con adhesiones incondicionales le permitió al secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, imponer a Fuentes -cuyo logro más notorio en política es ser hijo de un ex ministro de Felipe Sapag en Neuquén- en desmedro de Quiroga.
No era la primera vez que Kirchner le fallaba a Quiroga pese a los esfuerzos del ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, por posicionarlo en los favores del principal habitante de Olivos. En plena campaña por la gobernación, al igual que a Miguel Pichetto en Río Negro, el entonces presidente se limitó a balconear la pelea entre Quiroga y Jorge Sapag por la gobernación de Neuquén. Es que el actual mandatario provincial también había hecho promesas de fe kirchnerista y de la mano de Guillermo Pereyra, poderoso pope gremial del petróleo, anudó alianzas con el ministro Julio De Vido y con las principales empresas del sector, con todo lo que ello significa para el planeta K.
En esa cadena de deslealtades, las sospechas apuntan a Parrilli. Las relaciones de Quiroga con el secretario general de la Presidencia nunca fueron buenas pese a que el radical K diga que él no vacilaría en apoyarlo si el « ayudante de campo» de la Presidente se postula para un cargo. Pero si Parrilli decide ir por la gobernación en 2011 -hace años que deshoja la margarita-, lo encontrará a Quiroga en la vereda de enfrente y en ese contexto la alianza de peronistas y radicales en Neuquén será sólo una ficción como ya lo es el ámbito nacional. Claro que cuidadoso de las formas sostiene que «no bajará, por ahora, a hacer campaña en la provincia».
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