18 de julio 2008 - 00:00

El mismo amor, el mismo afán

Otros tiempos: los Kirchner y el vicepresidente, cuando celebraban ellema: «Cristina, Cobos, y vos» que les hizo ganar una elección.
Otros tiempos: los Kirchner y el vicepresidente, cuando celebraban el lema: «Cristina, Cobos, y vos» que les hizo ganar una elección.
Silencio obligado se impuso ayer la cúpula kirchnerista en su lúgubre jornada, tras el rechazo del Senado a su proyecto sobre la suba de retenciones. Una forma de duelo el mutismo o, tal vez, el desconcierto para determinar futuras acciones que jamás se habían imaginado (siempre se pensó en la victoria en esa casa). Todos los ojos extraños apuntaban a Olivos, donde la pareja no transpiró ni un dato oficial y prohijó alguna reunión secreta (siempre con Alberto Fernández, no se sabe de Carlos Zannini ni de Aníbal Fernández).

Por supuesto, como ocurre en estos casos, afuera se registraban versiones de una refriega familiar, con imputaciones varias («¿Para qué mandaste la ley al Congreso?, ¿cómo se te ocurrió hacerle caso a ese Lorenzetti de la Corte?» de un lado, a «No me dejás gobernar», del otro). En rigor, los Kirchner se deben haber lamido heridas uno al otro por el mal trance de la madrugada y discutido lo que alguna vez el marido prometió como si a él le correspondiera esa responsabilidad: si el Congreso rechaza el proyecto, Cristina renuncia, se va. Frase para intelectuales sumisos que creen en la utopía de otros.

Unos afirman que Néstor Kirchner le sugirió a su mujer (extraño, es hombre de imponer, no de sugerir) que dejara el cargo, al tiempo que él mismo se apartaba de la conducción del PJ. Retiro a dúo de la política, fin de fiesta espectacular que ni un alocado productor de Hollywood barrunta. Poco creíble esa eventualidad artística, en todo caso habrá surgido el tema en la discusión, pero ambos se han propuesto desde siempre mantenerse a flote con el barco, cualquiera sea la inclemencia. O, ¿acaso no pregonan siempre que su admirado modelo de vida es el de Salvador Allende, de quien ven afligidos los documentales de su caída, el que se quedó hasta el trágico final? Otros tiempos, claro, ese tipo de desenlace ya no figura en ninguna agenda. Afuera, mientras, se hablaba de modificaciones en el Gabinete, una especie con débil sustento: ¿a quién le importa si Cristina y su esposo deciden cambiar a sus ministros? Todo el mundo sabe que éstos no participan ni influyen en ninguna medida de gobierno. Ni siquiera se los reconoce por fotografías. Salvo el jefe de Gabinete, pero ¿tiene sentido pensar en su desplazamiento cuando, como ayer, es el único que se integra part-time como bordador en las decisiones de la pareja? Como, por ejemplo, la convocatoria al peronismo esta tarde, para respaldar otra vez a Cristina, decirle que no se vaya (cuando no se quiere ir) y, de paso, sancionarlo oralmente a Julio Cobos y al resto de los atrevidos disidentes que votaron en contra.

Ni por un instante, se sabe, asumieron responsabilidaden la derrota; la culpa es de los otros. Siempre. Inclusive, ni hacerse cargo por lo ocurrido un par de horas previas a la votación, cuando Julio Cobos llamó a Fernández por teléfono para proponerle tres alternativas (1. cuarto intermedio; 2. derivar el proyecto a comisión; 3. devolverlo a Diputados con correcciones) que le evitaran el disgusto personal de votar en contra de la Presidente y, sobre todo, le facilitaran al gobierno una salida más elegante y menos costosa que el rechazo total.

Estuvo gentil Fernández cuando devolvió el llamado, con un «no» rotundo que su boca expresaba pero que no le correspondía, ya que esa negativa la obtuvo en una comunicación con Olivos en la que también escuchó, del otro lado, menciones a una traición de Cobos y la irritante conveniencia de enviar al vicepresidente al vientre imaginario de una madre que seguramente no tuvo, traducción popular de un epíteto relacionado con el putísimo origen del personaje.

En suma, quizás ocurrió ayer en Olivos una escena de matrimonio italiano con intercambiode culpas, derivacionesluego de éstas a vecinospoco queridos, y un entramado posterior que la pareja se construye para sí misma, una forma de fortalecer el vínculo y sostener, de nuevo, reiterativa, que la lucha continúa. Con el mismo modo y estrategia. Por los pobres, por la redistribución, contra la sinarquía. Algún esbozo de esto delineó anoche Cristina al inaugurar el aeropuerto del Chaco. Ella y él, en definitiva, proseguirán en el mismo cine, con su propio grupo y con otra compañía masiva, no oficialista, de argentinos: todos frente a una misma pantalla pero sin ver -curiosamente- la misma película.

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