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2 de junio 2006 - 00:00

Kirchner y Alfonsín, extraña sociedad para que Lavagna se defina

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Néstor Kirchner y Raúl Alfonsín parecen asociados para producir un mismo fenómeno: la precipitación de definiciones en un proceso electoral que ya se lanzó. La principal víctima de esta acción es Roberto Lavagna, quien deberá aclarar su posición en el mapa político más rápido de lo que, en principio, les había prometido a Alfonsín y a Eduardo Duhalde. Cuando comenzó a hablarse de su candidatura, el ex ministro de Economía pensó en dar una respuesta a sus padrinos en agosto. Con la aceleración que adquirieron los hechos, para agosto falta una eternidad.

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El Presidente decidió una jugada que no todos sus colaboradores entienden claramente. Como cuando resolvió echar a Lavagna del gabinete, tal vez la iracundia le hizo cometer otro error. Es posible que, si no lo hubiera expulsado, quien fue su ministro debería hoy estar dando explicaciones sobre la inflación y no criticando los métodos -por supuesto, muy controvertidos- con los que Guillermo Moreno intenta corregir un problema que lo precedió. Se podrá decir que fue Lavagna quien provocó su propia salida denunciando irregularidades en el área de Julio De Vido. Pero ahí está el ejemplo de Carlos Menem tolerando a Domingo Cavallo hasta un año más tarde de la denuncia sobre « mafias enquistadas en el poder» (Kirchner conoce bien este ejemplo: quien impulsó a Cavallo a concurrir al programa de Mariano Grondona, aquella noche, fue él, comiendo con su amigo en Clark's de Sarmiento).

Más allá de las anécdotas, ahora Felisa Miceli debe convertirse en historiadora para recordar que la inestabilidad de precios era un problema ya grave en tiempos de su antecesor y maestro: «El pensaba en una inflación de 5% para el primer trimestre y estaba muy preocupado», dijo la ministra.

En estos días, Miceli parece «Funes el memorioso»: también tiene anécdotas del viaje de Guillermo Nielsen a Caracas, para pedirle a «la patota venezolana» que financie al Tesoro argentino como no pensaba hacerlo el mercado internacional.

Miceli sabe, como el Presidente, que una postulación opositora de quien presume de ser el «arquitecto de la recuperación» sería el peor pronóstico que, de manera subliminal, se estaría lanzando contra la salud de la economía. ¿O no fue él quien construyó el muñeco? También aquí hay que buscar las razones de tanta virulencia.

Como cuando acusó a De Vido, ahora Lavagna volvió a sacar a Kirchner de las casillas, haciéndole tomar decisiones que -por lo que se sabe- no fueron meditadas con serenidad. El gobierno, por orden del Presidente, resolvió el miércoles pasado instalar al ex ministro en la oposición y convertirlo en el candidato más destacado de los que podrían desafiarlo el año que viene. Desconcierto en las filas de Elisa Carrió, también en las de Ricardo López Murphy, que tanto había avanzado en sus conversaciones con la jefa del ARI. Desconcierto, también, en el propio gobierno: ¿había que apurar tanto la contienda electoral? ¿O las elecciones serán en marzo, no en octubre?

  • Consecuencias

    En cualquier caso, se tratará de la campaña más larga de la historia democrática reciente, lo que tiene consecuencias sobre el desgaste de los candidatos y también sobre el gasto público. Ya se sabe cómo juntan votos los gobiernos argentinos. Son estadísticas. Lo que importa saber es que Kirchner se enfureció, como pueden atestiguar sus íntimos, al saber que su antiguo colaborador se sentó a almorzar con el grupo El General, es decir, con los diputados que expresan las posiciones de Duhalde en la escena peronista.

    Un beneficiario indirecto de la carga de metralla que lanzó el oficialismo sobre Lavagna es Raúl Alfonsín. Si el fundador de Ecolatina venía «histeriqueando» con la posibilidad de postularse, ahora tendrá que enviar señales menos equívocas. Lo que parecía una fantasía del ex mandatario adquiere, gracias a Kirchner, alguna verosimilitud.Incluso le otorga a la operación una densidad que la vuelve perceptible para el gran público: sólo en esa instancia se puede hacer alguna encuesta, como le gusta a Duhalde. Alfonsín ya está en condiciones de hablar en serio con los socialistas de Rubén Giustiniani, los renovadores de Salta de Ricardo Gómez Diez, un sector de la democracia cristiana, etcétera. Ayer ya blanqueó decididamente su pretensión. Dijo que Lavagna debía ser el candidato de una alianza que incluyera al radicalismo. La hipótesis del «Ricardo Lagos argentino» era para ahora. Quedó claro. Eso sí: le tomaron la palabra los radicales kirchneristas en la voz del rionegrino Miguel Saiz: «Si nos van a ofrecer ir con un peronista como Lavagna, tenemos derecho a ir con un peronista como Kirchner». Previsible.

    Tal vez, el líder radical no debería apurarse tanto en el impulso que, con el Presidente como inesperado socio, le ha dado a la candidatura de su pupilo. No sólo porque el ex ministro no ve resuelta todavía una condición clave para el eventual lanzamiento: la financiación que provendría de los empresarios amigos, aquellos capaces de desafiar a Kirchner en pos de «un modelo político más equilibrado» como propone Alfonsín. Tampoco está claro el nivel de agresividad que tendrá el gobierno para con su antiguo empleado. Ya le mandaron a decir por la prensa amiga que -de nuevo la comparación con Cavallo- podría «caminar los tribunales». Al ex presidente radical le podría suceder, entonces, lo que a Duhalde le pasó en 2003 con su «Ricardo Lagos» de aquel año. Es decir: le podría ocurrir que Lavagna comience a ver «cosas feas» y termine por confesar que todo fue un malentendido de la prensa, convertido en un nuevo Reutemann.
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