El embajador de la Argentina en Nueva York, José Octavio Bordón, decidió dos medidas. Va a traducir al inglés para difundir el no muy feliz discurso del presidente Kirchner en el plenario final de la reunión de Monterrey. No muy feliz por la sobrecarga de dirigismo estatal que incluyó. Pero allí se mencionó un plan Marshall para Latinoamérica. Suena bien la idea, aunque medio estrambótica. ¿Por qué no revivir la Alianza para el Progreso que lanzó John Kennedy en 1962, de cuyo análisis participó en la reunión de Montevideo el Che Guevara? ¿Por qué no otra Alianza o plan Marshall, si va a surgir de Estados Unidos para Africa y otros países emergentes? Pero no se puede criticar, más allá de la forma y si se exagera con la "idea", porque hay una base cierta: 1.000 millones de dólares por día destinan Estados Unidos, Japón y Europa -en conjunto- para subsidiar sus agriculturas en contra de las exportaciones de los países emergentes. En definitiva, Marshall o Alianza equivalen técnicamente a sacar subsidios. Esta es una lucha justa de los emergentes.
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Si bien no hay hasta ahora estudios firmes y serios sobre cómo podría ser el contenido de un Marshall moderno y diseñado para Latinoamérica, se descarta en la residencia diplomática de Washington que debería tener por lo menos tres capítulos: el perdón de parte de la deuda, un rol importante para la obra pública financiada desde organismos internacionales y la eliminación de los subsidios agrícolas y a las exportaciones de productos primarios en Estados Unidos y Canadá.
De todas maneras, el relanzamiento de este tema generó ayer, además de las obvias aprobaciones oficiales, críticas y observaciones algo negativas por parte de analistas internacionales. En realidad, en algún momento de la historia Estados Unidos ya había pensado institucionalmente en una versión del plan Marshall para América latina. Fue durante la gestión de
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