14 de noviembre 2001 - 00:00

Lesionado De la Rúa por la Bullrich, la hizo renunciar

Patricia Bullrich, ministra de Trabajo hasta hace pocos días, renunció a su nuevo cargo de ministra de Seguridad Social al ver que no tenía apoyo en el gobierno para su buen plan de reunir en una sola cartera todos los dispersos planes de ayuda social. En Trabajo tuvo una destacada actuación. Frenó las burocracias sindicales y hasta les impuso a gremialistas la obligación (de todo ciudadano porque no debe haber excepciones) de presentar sus declaraciones juradas de bienes. Fue resistida la medida por los sindicalistas que lograron torcerle el brazo a De la Rúa. El sucesor de la Bullrich la derogó restituyendo el privilegio. De la Rúa la cambió de ministerio y no la apoyó en el nuevo. Se pierde una de las pocas figuras interesantes de este mediocre gabinete presidencial.

Patricia Bullrich saluda a granaderos de la Casa de Gobierno
Patricia Bullrich saluda a granaderos de la Casa de Gobierno
La tarde anterior a su renuncia, en rigor, Patricia Bullrich ya estaba fuera del cargo. Por la mañana había cuestionado a su ministro sucesor (José Dumón) en Trabajo y, de paso, se despachó contra su colega en el área de Acción Social, Daniel Sartor, para rebanarle una parte de los fondos de los planes de asistencia que ella requería para su obra epopéyica de superar a Evita Perón en la ayuda a los humildes (así lo planteó).
Tanta ansiedad y confusión se debía a esa absurda creación burocrática del Presidente por inventar dos carteras para una misma función. La estrategia de presión desarrollada por la Bullrich le disgustó a Fernando de la Rúa, quien la citó pasado el mediodía a su despacho y le reclamó moderación en las palabras, que no era conveniente para el gobierno tener un ministro como ella que se expidiera en contra de la administración durante tres días consecutivos. Pareció entenderlo, pero se retiró nerviosa.

Por la tarde, con bastante tensión, se aproximó al escritorio de Chrystian Colombo, mientras éste conversaba con Ramón Mestre. En la espera, vestida de negro y con la excitación de quien vive momentos decisivos, tuvo este diálogo con un testigo inobjetable:

-¿No está resuelta la cuestión? -Y, no. Yo quiero hacer un plan fuerte y todavía hay muchas zonas oscuras para cumplirlo. No están delimitadas las áreas, hay que discutir mucho.

-Bueno, pero cuando se discute mucho, uno termina descubriendo que pasaron seis meses y no hizo nada en la cartera.

-Es cierto y no quiero cometer ese error.

Luego estuvo 10 minutos con el jefe de Gabinete y se marchó. García Lorca diría que al aire lo cortaba un cuchillo. Entretanto, el propio Presidente le demandaba a su vocero, Juan Pablo Baylac, por declaraciones de la ministra luego que ella se había retirado de su despacho. Le confirmaron que la Bullrich -con quien Baylac, por otra parte, no se llevaba bien-había mantenido el mismo tono de expresiones anteriores a la recomendación presidencial. Llegó la noche, pero antes deslizó el mandatario su inquietud ante varios ministros. Para colmo, debía viajar en las próximas horas. El desenlace acechaba.

De la Rúa hace tiempo había evaluado el retiro de su única mujer en el gabinete, inclusive por sugerencias de más de un colaborador. En rigor, dudó antes de enrocarla, pero prefirió conservarla en su equipo por más de una razón: los ruegos en ese sentido de Domingo Cavallo y la certeza de que ella mantenía aún lazos de entendimiento con su hijo Antonio y con su amigo dilecto, Fernando de Santibañes, quienes fueron en su momento los promotores de su acercamiento al gobierno y su posterior designación. Pero, en contra de ella, pesaban varios episodios: desde la vocación personal por crear un propio partido -tarea que emprendió desde el Ministerio de Trabajo-y la poco feliz -cree el gobierno-, pelea con los sindicalistas de la CGT. No porque De la Rúa se sienta bien con los «gordos», sino debido a que había dispuesto una política de consensos que no podía excluir al gremialismo. Además, pesaba otra evidencia comentada en el sínodo oficialista: ella hablaba más de lo que hacía.

Irritación

El pedido de las declaraciones juradas a los sindicalistas, como se sabe, generó una irritación particular en este bloque más apasionado por los dineros que por las reivindicaciones. Pero, en el gobierno, si bien compartían el criterio desafiante de la Bullrich, también llegaron a una conclusión: si se les reclamaban esas declaraciones a los gremialistas, ¿por qué no hacerlo también con los militares, los políticos, los periodistas o cualquier otro sector? Además, una inspección ajena a la DGI, que saliera inclusive de una regla general de equidad, empujaba a una ruptura con la CGT, a que ésta hiciera una alianza con los piqueteros. Y esa alternativa al gobierno le resulta aterradora.

Sin embargo, ése no fue el motivo del despido o de la dimisión, aunque lo primero tiene más que ver con la realidad: a última hora del lunes, De la Rúa confió a varios de sus ministros que la relación con ella se tornaba insoportable (Baylac disfrazó la opinión con «incompatibilidad»). Había sido herido en su propio orgullo por las declaraciones posteriores al encuentro y eso, personalmente, lesionaba su autoridad, ya bastante lastimada como es de público conocimiento. Por otra parte, no conciliaba con entregarle la «caja» de los planes. Ella, mientras, tampoco aceptaba resignar partidas y fondos para lo que ella entendía -como alguna vez Graciela Fernández Meijide y Juan Pablo Cafiero-como su campaña para ayudar a los pobres. Una acción de servicio público que, algunos, también observaban como de servicio personal. Quienes así opinan se congratulaban ayer con ese razonamiento: ella lanzó su propio partido. Otra candidata para la Capital.

Bullrich, al retirarse de una convulsionada reunión de gabinete ayer a la mañana, donde se utilizó un lenguaje inapropiado para ministros, y ella dejó su renuncia ya anticipada, reconoció que «ya era una carga» para el Presidente. Ni siquiera podía contar con una defensa expresa de Cavallo, quien lamentaba su retiro pero admitió que no se puede presionar al Presidente por los diarios (no olvidar que ella hasta condicionó a De la Rúa diciendo que «tiene 7 días para resolver mi situación»). Su salida, sin embargo, no constituye un auxilio para el Presidente: gana en tranquilidad interna pero se priva de quien lo defendió en más de una oportunidad, ocupó un espacio en un gobierno cada vez más anodino y, al menos, intentó limitar a los sindicalistas, quienes a partir de ahora intentarán más ventajas de las obtenidas hasta el momento. Para ellos, la renuncia es un triunfo y, en consecuencia, no debe ser bueno para el país.

Ella, al irse, mostró un vacío mayor en la administración y la inutilidad de enjuagues -como crear dos ministerios para una misma función-para evitar la toma de decisiones. Casi bate el récord de Alberto Flamarique, quien sólo duró 24 horas como ministro; la Bullrich, apenas, unos días más. Tal vez ella no se destacó en la gestión, pero le dio carácter; suficiente para lograr una imagen reconocida y para empezar, desde hoy, con un nuevo partido y como candidata en la Capital. Cumple en verdad también con algo que no disimulaba y que sus críticos le susurraban a De la Rúa: el paso por la función pública la devuelve en otras condiciones a la carrera política.

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