Eduardo Duhalde, Fernando Galmarini, Florencio Randazzo, Néstor Kirchner, Julio De Vido, Alfredo Atanasof y Graciela Camaño, algunos de los amigos y enemigos que giran con el Planeta Massa y explican sus primeros pasos como jefe de Gabinete.
Si las personalidades, y las ideologías, se construyen con el tiempo, y se aprenden, resulta revelador explorar a los hombres -y mujeres- que protegieron, y a los que lo combatieron, al nuevo jefe de Gabinete.
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Dueño de un formato particular de construcción, sostenido por el vínculo amable más que por el armado territorial, un perfil fotogénico y un adecuado manejo mediático, Massa tuvo maestros y guías que lo orientaron en su intensa década y media de entrenamiento político.
El planeta Massa, desde hace tiempo integrado a la galaxia Kirchner, está habitado por personajes de varias estirpes, unos amigos, otros enemigos. Veamos.
En los tempranos 90, con la reconversión del peronismo hacia los principios liberales, Sergio Massa inició un tránsito desde la UPAU, clan universitario que endiosa a Alvaro Alsogaray, a la rama del PJ que tenía terminal en Carlos Menem. Militaba en San Martín y fue una dama de ese distrito Graciela Camaño, quien ofició de lazarillo para enseñarle el camino hacia un partido de masas y, en el imaginario peronista, eterno. Además, lo supo leer bien Massa, la verdadera -sino la única- autopista hacia el poder real. La intervención de Camaño, hoy diputada y con quien compartió gabinete cuando ella era ministra de Trabajo y él titular de la ANSeS durante el interinato Duhalde, no puede despegarse del accionar de su esposo, Luis Barrionuevo. Así y todo, fue «la negra» Camaño quien lo acercó al peronismo.
Con el paso del tiempo, la política y la familia se conjugaron. Luego de una época como actor periférico de la Fundación Sophia -llega allí por una acercamiento con Horacio Rodríguez Larrea, y de allí mantiene la buena relación con el jefe de Gabinete porteño, motivo que llevó al macrismo a imaginar que tendrán un interlocutor de lujo con la Casa Rosada-, Massa se incorporó al clan Galmarini. Fernando, «El Pato», era uno de los operadores del menemismo en una provincia de Buenos Aires dominada masivamente por Eduardo Duhalde. Por entonces, para enfrentar al bonaerense, Menem postuló a Ramón Palito Ortega y lo ubicó en el Ministerio de Desarrollo Social. Allí recaló, como director, Massa. El posterior pacto Duhalde-Ortega le regaló una banca provincial: fue séptimo candidato a diputado por la Primera Sección. En diciembre de 1999, juró con apenas 27 años.
Incorporado al duhaldismo, aparecieron otros padrinos. Tuvieron que pasar tres años, y una crisis brutal, para que Massa apareciera en el universo Duhalde. En ese caso, su promotor fue Alfredo Atanasof, segundo jefe de Gabinete del interinato del bonaerense. Fue Atanasof quien se lo sugirió al hombre de Lomas para ir a la ANSeS. Por años, Massa se lo agradeció mostrando en su despacho del edificio de la avenida Corrientes una fotografía donde aparecía junto al ahora funcionario de Daniel Scioli. Con la ruptura entre Kirchner y Duhalde, Atanasof fue el encargado de alinear al joven rebelde. Duhalde hasta lo designó como vicepresidente de la efímera Agrupación Lealtad -el presidente era Juan José Alvarez- desde la que planeaba enfrentar al santacruceño. Un día antes del acto de lanzamiento, de ese grupo, Massa viajó a EE.UU. Por teléfono, Atanasof lo bañó de injurias. Ese día, terminó de ganarse la bendición de Kirchner.
«Massita», le dice el ex presidente; «Sergio», más formal, lo nombra Cristina de Kirchner. El matrimonio presidencial se fascinó con los modos, la sonrisa, la hiperactividad y la velocidad resolutiva de Massa en la ANSeS. Mientras tanto, operativo y dedicado, Massa repartía su tiempo entre la gestión y el tejido de una red de vínculos, con gobernadores, intendentes y dirigentes de todo rango, tanto del PJ como de la UCR y demás partidos, que se expresó en los elogios que despertó su designación. Era, desde hace tiempo, una figura posible de recambio del equipo de gobierno. De hecho, en dos ocasiones, Massa rechazó ofertas: primero para ser ministro de Economía -dijo no y Kirchner le cortó el teléfono por 15 días-, lugar que luego ocupó Martín Lousteau; en mayo pasado, para reemplazar a Alberto Fernández.
Siempre atento, Massa tuvo a principios de año un gesto con Daniel Scioli: le cedió la cabeza de la lista de congresales de Tigre, donde tiene domicilio el gobernador, hasta ayer gobernado por Massa. ¿Para qué precipitar un conflicto? Nunca, al menos hasta el miércoles a la mañana, Massa perdió de vista la gobernación bonaerense como horizonte político. Con 36 años, no aspirar a ese cargo, o a más, supone cuando menos una cobardía. Eso sembró tempestades secretas -y algún desaire privado- con Scioli y su gente. Pero el gobernador fue uno de los más activos en saludar su designación.
Otros, en cambio, lo miran de reojo. Conceptos, y una pertenencia generacional, lo llevó a toreos con Florencio Randazzo: compartirán gabinete y deberán hacer esfuerzos por no entreverarse como en otros tiempos.
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