La formidable crisis que atraviesa la Argentina se ha expresado, en los últimos meses, en un proceso de atomización y ensimismamiento de los distintos sectores sociales, donde cada uno parece persuadido de que el centro de todos los males reside en el daño sufrido por sus propios intereses particulares y, por ende, reclama (o ensaya distintas formas de acción directa) en reivindicación de ese interés. Sin entrar a analizar la legitimidad de esas quejas (algunas son más razonables o comprensibles que otras), lo que parece claro es que el país no superará esta emergencia mientras subsista esta dispersión de exigencias monotemáticas, ni tampoco transformando en programa de acción la mera suma de esas reivindicaciones, a menudo contrapuestas entre sí.
Las soluciones que necesitamos como comunidad deben alinearse en torno a un vector que apunte hacia donde los argentinos queremos ir, al modelo de sociedad al que aspiramos. Y lo cierto es que el escenario público ofrece un espectáculo de notable perplejidad colectiva, en el que las conductas frecuentemente contradicen en tiempo real los argumentos y las ideas que exponen los mismos individuos; sólo un ejemplo: las opiniones favorables a la pesificación volcadas ante los reporteros de TV por personas que están haciendo extensas colas... para comprar dólares.
Disfraz
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Es probable que debamos revisar a fondo una atmósfera cultural que conduce a ese grado de conflicto entre las palabras y los hechos, que empuja a disfrazar los propios comportamientos tras ideas que se presumen políticamente correctas. Porque es difícil encontrar un rumbo acertado si no se empieza por reconocer el peso propio de la realidad, si se navega con mapas distorsionados o desactualizados.
En un mundo donde lo verídico cede cómodamente su lugar a lo verosímil, donde la opinión pública se confunde con la opinión publicada, ni siquiera alcanza con las apelaciones al sentido común.
Contaminación
Porque con frecuencia éste se encuentra contaminado por una densa trama ideológica disfrazada de verdades o informaciones inapelables. Esos lugares comunes simplifican y tuercen expeditivamente la realidad y contrabandean valores que invaden la conciencia colectiva. Conviene examinar algunos de esos valores, reiterados como la gota que horada la piedra, para verificar si efectivamente son útiles para orientarnos hacia la Argentina que queremos o si, por el contrario, nos bloquean el camino, distorsionan la realidad, nos impiden actuar para transformarla positivamente y nos recluyen en las figuras proverbiales de víctimas incomprendidas o campeones morales, que por lo general encubren la resignación o la impotencia de tomar el destino en las propias manos. Por caso: ¿creemos realmente que está mal que las empresas procuren obtener ganancias y lo logren y que, en tal caso, debemos castigarlas de algún modo? ¿Consideramos verdaderamente que una economía sana puede funcionar sin crédito y sin bancos? ¿Tenemos la convicción de que es deseable cerrar la economía a los productos, servicios, capitales, información y bienes culturales del exterior? ¿Queremos o no queremos que haya inversión nacional y extranjera en el país? ¿Está bien o está mal generar un clima y condiciones que alienten esas inversiones (que obviamente se orientan por la expectativa de beneficios)? ¿Pensamos seriamente que la globalización es una conspiración mundial para perjudicarnos? ¿Preferimos un Estado inteligente, económico y eficaz o uno que se dedique a todo, que controle todo, que determine quiénes deben ganar más y quiénes menos, quiénes deben cambiar sus ahorros a 1 peso, a 1,40 o a la cotización de mercado? ¿Nos gustaría vivir en una sociedad más parecida a España o a los Estados Unidos, o quisiéramos una Argentina más similar a Cuba o a la actual Venezuela? ¿Deseamos ser socios y aliados de las democracias occidentales o no? Este pequeño test improvisado puede contribuir a analizar la distancia entre nuestro propio sentido común y el sentido común envasado y repetitivo en el que, a veces, todos podemos incurrir, así sea para no incomodar a algún interlocutor.
Tareas
Esa distancia es la medida de la atmósfera cultural distorsiva que nos está impidiendo comprender adecuadamente la naturaleza de la crisis y trabajar mancomunadamente para superarla y orientar los esfuerzos del país al desarrollo del tipo de sociedad en que queremos vivir. Entre las tareas que tenemos por delante, una, prioritaria, es producir la transformación cultural que nos permita desarrollar la economía abierta y vigorosa que la Argentina necesita para dar empleo, libertad y bienestar a sus ciudadanos y para erradicar la inadmisible marginación social de millones de compatriotas. Nuestra sociedad espera de los políticos, los intelectuales y los hombres de empresa que contribuyan a aclarar el horizonte y a despejar las conciencias de los eslóganes del sentido común envasado.
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