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En los últimos 10 años, los economistas que le dieron (y le siguen dando) letra pulcra y sofisticada a los intereses corporativos fueron los economistas de la «buena onda», el reduccionismo monetario o directamente inescrupulosos que dicen lo que conviene según el momento y de dónde provenga el honorario, daban lustrosa buena letra a la «patraña» de apertura del Mercosur, al malogrado plan de Infraestructura de De la Rúa, a las alquimias de Cavallo y a cuanto engendro de política económica saliera de la galera del ministro de Economía de turno siempre que el «mamarracho» fuera rentable para su clientela, demostrando que, así como eran economistas, tranquilamente podrían haber sido vendedores de tachuelas porque ninguna víscera les vibraba por el bien común (sólo se trataba de maximizar beneficios) y terminaron haciendo que el capitalismo fuera visto por la gente como su enemigo, a favor de intereses corporativos, corruptos y prebendarios. Hoy son los mismos que se rasgan las vestiduras con el default y la devaluación, y que dan la sensación de que estuvieron viviendo en un frasco de dulce de leche durante una década entera. Esto es muy extraño porque lo primero que enseñan en los cursos básicos de Economía es que la acumulación de déficit fiscales lleva irremediablemente a grandes crisis económicas que pueden ser default y devaluación como en la Argentina de hoy. Entonces, que el común de los mortales no haya sido capaz de ver lo que estaba ocurriendo vaya y pase. ¡Pero un técnico, es muy extraño!
En general, la misma derecha que hizo fortunas fáciles durante la convertibilidad sobre la base del endeudamiento regalado desde el Primer Mundo, es la misma que hoy se está fundiendo junto con sus empresas a causa de ingresos pesificados, una economía en implosión y pasivos externos impagables. Por supuesto que aprovecha muy bien la «volada» de xenofobia que se está apoderando de argentinos poco cultos que creen que todo lo malo que nos pasa es una conspiración internacional para «quitarnos el agua y la tierra» y ya le dan «manija» a lo loco al verso de que todo capitalismo nacional es bueno y todo lo extranjero es malo. No en vano se habla cada vez más del nacimiento de un proceso sustitutivo de importaciones que puede surgir al calor de la feroz depreciación del tipo de cambio y de la inexistencia de financiamiento para importar producto del default con aplauso del Congreso.
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