Buscando un puma por la Patagonia

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Escribe Mario Vargas Llosa

Douglas Tompkins, un muchacho de San Francisco que en su adolescencia había sido un activista en las luchas por los derechos humanos y contra la discriminación racial en los Estados Unidos, creó en los años sesenta, con su esposa, Kris, una empresa de ropa para jóvenes (y viejos empeñados en parecerlo) que en poco tiempo conquistó los Estados Unidos y el mundo: Esprit. En poco tiempo la empresa estaba instalada en más de sesenta países. Ambos, pero él sobre todo, a la vez que imaginativos y eficientes empresarios, eran deportistas entusiastas, y Doug pasaba sus vacaciones escalando montañas o remando en su kayak en la Patagonia. «En 1985», me dice, sin la menor amargura y con una sonrisa de oreja a oreja, «me di cuenta que nada de lo que había hecho hasta entonces servía absolutamente para nada, salvo para ganar dinero». Para entonces había leído un libro de un par de ecologistas que le sacudió las fibras más íntimas: Deep Ecology: Living as if Nature Mattered, de George Session y Bill Devall. Y poco después descubrió los escritos del noruego Arne Naess, filósofo del ambientalismo y del retorno a la naturaleza, y montañista eximio, como el propio Doug. Entonces, de acuerdo con Kris, vendieron Esprit y su colección de pintura y escultura moderna, y los 180 millones de dólares que sacaron por ello los invirtieron en la Foundation for Deep Ecology (Fundación para la Ecología Radical), a quien pertenece el gigantesco parque natural de Pumalín, en el sur de Chile, donde conversamos.
La belleza del lugar quita el habla. Son cerca de trescientas mil hectáreas de bosques, lagos, volcanes, playas, ríos, fiordos, casi despoblados de seres humanos, donde, gracias a los empeños de los Tompkins y su centenar de colaboradores -podría llamárseles apóstoles- van siendo resucitados los milenarios alerces y muchos otros árboles devastados por la tala indiscriminada, así como la fauna originaria, según una metodología cuidadosamente establecida para lograr el ambicioso designio de Doug Tompkins: devolver a Pumalín su condición primigenia, anterior al hombre y a la historia.
Detrás de esta formidable empresa hay mucho más que una defensa del medio ambiente y de los recursos naturales: una filosofía utópica que cuestiona los fundamentos de la vida moderna, desde la cultura urbana y la industrialización hasta la globalización, el consumismo y la demografía galopante, y proclama que lo único que puede salvar a la humanidad de la apocalíptica catástrofe hacia la que se dirige si no cambia de rumbo es el retorno a la vida primitiva, a aquel estadio histórico en que el hombre vivía sumergido en la naturaleza y adoctrinado por ella.

VISIONARIO

Cuando le digo que sus ideas me recuerdan las utopías decimonónicas de los franceses e ingleses que partían a América en busca de tierras salvajes para refundar el Paraíso Terrenal, Doug Tompkins se ríe y encoge los hombros, como diciendo: «Si eso soy, qué se le va a hacer». Es un hombre sencillo, simpático, apasionado, un visionario que transpira energía y determinación por todos los poros de su cuerpo. A su rancho de madera, levantado en el corazón de Pumalín, donde pasa por lo menos seis meses al año -el resto lo hace en otras tierras adquiridas por su fundación en la Patagonia chilena y en la argentina- y desde cuyas ventanas se divisa el soberbio y puntiagudo volcán Michimahuida coronado de nieve, no se puede entrar con zapatos. El mobiliario es artesanal, por razones de gusto y de principio, pues otro de los mandamientos de la religión laica de Doug es que la nefasta industrialización ha cometido un genocidio con las culturas del mundo, ese archipiélago de artesanías y manufacturas caseras que expresaban la idiosincrasia de cada comunidad y eran un factor de cohesión y solidaridad comunal. Por ello, deben ser revividas, estimuladas y propagadas, algo que se está haciendo ya en Pumalín, con el tradicional cultivo de la miel. A partir de este año, dice Doug, la miel de las abejas de Pumalín comenzará a exportarse a Estados Unidos y el Japón.
Cuando en su austera y bella cabaña de madera descubro un ordenador, no resisto la tentación de tomarle el pelo, preguntándole cómo se compadece ese artefacto hijo de la más avanzada industrialización urbana con sus fulminaciones contra la civilización del dinero y el mercado. «Soy ecologista, pero no tonto», me explica. ¿Cómo llevaría la administración y vigilancia del inmenso territorio de Pumalín, donde no hay casi caminos que conecten sus diseminados caseríos y centros de experimentación, sin recurrir a la informática? Me tranquiliza un poco descubrir que en este profeta del regreso a la vida natural el fundamentalismo ecológico está contrapesado por fuertes dosis de realismo. Lo compruebo a la hora del almuerzo, cuando mi temor de que mi anfitrión me inflija un menú vegetariano rico en vitaminas y clorofila, pero intragable, resulta infundado: él, previsiblemente, sólo come tomates y lechugas, pero a mí, urbanita irredento, me inflige un sabroso cordero.
Y lo confirmo cuando me trepa a su avión, un monomotor de dos plazas, que, me dice, es un verdadero prodigio de la aeronáutica. Sin duda lo es, porque, si no, en esa excursión de una hora sobrevolando los idílicos paisajes de Pumalín, nos hubiéramos hecho mazamorra una docena de veces por lo menos, con las caídas en picado que emprendía Doug Tompkins para mostrarme las inicuas quemas de bosques realizadas por los taladores furtivos en las laderas de un estrecho desfiladero, su empeño en circunvalar el cráter del imponente Michimahuida o sus intrépidos planeos a ras del mar para señalarme con las dos manos («¿No sería mejor que no soltara el timón en este momento, amigo Doug?») las plantaciones marinas de los salmoneros, esos Atilas del mar, que esterilizan las aguas, desaparecen todos los peces y las plantas acuáticas, y acercan el Apocalipsis.

LEYENDAS

No es extraño que, con estas ideas, que propagan sin el menor embarazo y por las que luchan con todo lo que tienen -su dinero, su talento y su tiempo-, Kris y Doug Tompkins se hayan hecho de enemigos. Las murmuraciones y leyendas levantadas en torno al personaje alcanzan cimas literarias. En Santiago, me aseguran que Doug Tompkins es un agente de la CIA y que detrás de su filantropía medioambiental están los intereses estratégicos de Estados Unidos. Pero otros me juran que en verdad es un mero testaferro de la Asociación Judía Mundial, y que, detrás de los tres millones de hectáreas de tierras que su fundación lleva compradas en Chile y Argentina, está la intención de instalar el nuevo Israel cuando los israelíes sean expulsados de Palestina por los árabes. La Iglesia católica no ve con buenos ojos a una fundación que promueve el control de la natalidad. Y hay, también, los críticos nacionalistas, que consideran una amenaza para la soberanía nacional que un territorio tan vasto, y fronterizo, esté en manos de un extranjero. Pero Tompkins también tiene partidarios entusiastas, sobre todo entre la gente joven, a la que seduce su idealismo, la manera directa, fresca, genuina -tan poco política- con que argumenta y refuta a sus críticos. Hace poco dio una conferencia en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile y fue vitoreado por un auditorio compacto.
¿Cómo no resultaría atractiva a muchos jóvenes, nacidos en medio del gran naufragio de las viejas utopías colectivistas y autoritarias, esta fantasía verde, generosa, de un mundo en el que las contaminadas ciudades donde ganarse la vida vuelve al hombre lobo del hombre, serían reemplazadas por pequeñas comunas entrañables y fraternas, que, rodeadas de bosques y ríos y mares ubérrimos, dedicarían su tiempo a quehaceres creativos y solidarios, sin amos y sin siervos, al servicio del ser humano y de la naturaleza, del hermano bípedo y del hermano puma y del hermano pez y de la hermana tarántula, viviendo estrictamente de lo que la buena madre tierra, y el padre bosque, y el abuelo cielo se dignarían proveer? Un mundo sin ansiedad, sin pobres ni ricos, sin fábricas, sin lujos, de espartana belleza, de talleres, donde la diferencia de las culturas sería una virtud y habría tantos dioses como seres vivientes.
Incluso a mí, urbano hasta la médula, amante del asfalto y el acero, alérgico al pasto, al mosquito y a todo lo gregario, convencido de que la inevitable pulverización de las fronteras y las mezclas consiguientes -la odiada globalización- es lo mejor que le ha pasado a la humanidad desde la aparición de la literatura, cuando oigo a Doug Tompkins y veo lo que ha hecho en Pumalín, me conmueve y quisiera creerle. Por lo auténtico que es y porque detrás de aquello que sostiene ha puesto su vida entera. Pero luego recapacito y digo no: «Esta es otra utopía y, como todas las utopías de la historia, terminará también hecha pedazos». Pero, eso sí, alguna buena huella dejará, algunos bellos bosques y parques y acaso la conciencia en buen número de seres humanos de que la indispensable defensa del medio ambiente debe ser armónica con el desarrollo de la ciencia y la técnica y la industria, gracias a las cuales el ser humano tiene hoy, pese a todo, una vida infinitamente mejor que la del hombre y la mujer de la época feral.
Fui a Pumalín con el sueño de ver a un puma en libertad y nunca lo vi. Pero, gracias a los esfuerzos de Kris y Doug Tompkins, ese hermoso animal, que estaba en vías de extinción, ha renacido y merodea ahora de nuevo por aquí, en la floresta, o en los recovecos de las montañas, esperando la noche para bajar a hacer sus excursiones por los gallineros y los corrales. Pocos lo han visto, porque es arisco, pero todo el mundo ha visto las ovejas destrozadas y las aves de corral devoradas por su ferocidad. El puma, ay, no participa de los románticos anhelos de convivencia, paz y hermandad de los Tompkins, a los que debe su renacimiento Pumalín. El puma es un salvaje depredador. Como el humano.

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