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Buscando un puma por la Patagonia

La belleza del lugar quita el habla. Son cerca de trescientas mil hectáreas de bosques, lagos, volcanes, playas, ríos, fiordos, casi despoblados de seres humanos, donde, gracias a los empeños de los Tompkins y su centenar de colaboradores -podría llamárseles apóstoles- van siendo resucitados los milenarios alerces y muchos otros árboles devastados por la tala indiscriminada, así como la fauna originaria, según una metodología cuidadosamente establecida para lograr el ambicioso designio de Doug Tompkins: devolver a Pumalín su condición primigenia, anterior al hombre y a la historia.
Detrás de esta formidable empresa hay mucho más que una defensa del medio ambiente y de los recursos naturales: una filosofía utópica que cuestiona los fundamentos de la vida moderna, desde la cultura urbana y la industrialización hasta la globalización, el consumismo y la demografía galopante, y proclama que lo único que puede salvar a la humanidad de la apocalíptica catástrofe hacia la que se dirige si no cambia de rumbo es el retorno a la vida primitiva, a aquel estadio histórico en que el hombre vivía sumergido en la naturaleza y adoctrinado por ella.
Cuando en su austera y bella cabaña de madera descubro un ordenador, no resisto la tentación de tomarle el pelo, preguntándole cómo se compadece ese artefacto hijo de la más avanzada industrialización urbana con sus fulminaciones contra la civilización del dinero y el mercado. «Soy ecologista, pero no tonto», me explica. ¿Cómo llevaría la administración y vigilancia del inmenso territorio de Pumalín, donde no hay casi caminos que conecten sus diseminados caseríos y centros de experimentación, sin recurrir a la informática? Me tranquiliza un poco descubrir que en este profeta del regreso a la vida natural el fundamentalismo ecológico está contrapesado por fuertes dosis de realismo. Lo compruebo a la hora del almuerzo, cuando mi temor de que mi anfitrión me inflija un menú vegetariano rico en vitaminas y clorofila, pero intragable, resulta infundado: él, previsiblemente, sólo come tomates y lechugas, pero a mí, urbanita irredento, me inflige un sabroso cordero.
Y lo confirmo cuando me trepa a su avión, un monomotor de dos plazas, que, me dice, es un verdadero prodigio de la aeronáutica. Sin duda lo es, porque, si no, en esa excursión de una hora sobrevolando los idílicos paisajes de Pumalín, nos hubiéramos hecho mazamorra una docena de veces por lo menos, con las caídas en picado que emprendía Doug Tompkins para mostrarme las inicuas quemas de bosques realizadas por los taladores furtivos en las laderas de un estrecho desfiladero, su empeño en circunvalar el cráter del imponente Michimahuida o sus intrépidos planeos a ras del mar para señalarme con las dos manos («¿No sería mejor que no soltara el timón en este momento, amigo Doug?») las plantaciones marinas de los salmoneros, esos Atilas del mar, que esterilizan las aguas, desaparecen todos los peces y las plantas acuáticas, y acercan el Apocalipsis.
¿Cómo no resultaría atractiva a muchos jóvenes, nacidos en medio del gran naufragio de las viejas utopías colectivistas y autoritarias, esta fantasía verde, generosa, de un mundo en el que las contaminadas ciudades donde ganarse la vida vuelve al hombre lobo del hombre, serían reemplazadas por pequeñas comunas entrañables y fraternas, que, rodeadas de bosques y ríos y mares ubérrimos, dedicarían su tiempo a quehaceres creativos y solidarios, sin amos y sin siervos, al servicio del ser humano y de la naturaleza, del hermano bípedo y del hermano puma y del hermano pez y de la hermana tarántula, viviendo estrictamente de lo que la buena madre tierra, y el padre bosque, y el abuelo cielo se dignarían proveer? Un mundo sin ansiedad, sin pobres ni ricos, sin fábricas, sin lujos, de espartana belleza, de talleres, donde la diferencia de las culturas sería una virtud y habría tantos dioses como seres vivientes.
Incluso a mí, urbano hasta la médula, amante del asfalto y el acero, alérgico al pasto, al mosquito y a todo lo gregario, convencido de que la inevitable pulverización de las fronteras y las mezclas consiguientes -la odiada globalización- es lo mejor que le ha pasado a la humanidad desde la aparición de la literatura, cuando oigo a Doug Tompkins y veo lo que ha hecho en Pumalín, me conmueve y quisiera creerle. Por lo auténtico que es y porque detrás de aquello que sostiene ha puesto su vida entera. Pero luego recapacito y digo no: «Esta es otra utopía y, como todas las utopías de la historia, terminará también hecha pedazos». Pero, eso sí, alguna buena huella dejará, algunos bellos bosques y parques y acaso la conciencia en buen número de seres humanos de que la indispensable defensa del medio ambiente debe ser armónica con el desarrollo de la ciencia y la técnica y la industria, gracias a las cuales el ser humano tiene hoy, pese a todo, una vida infinitamente mejor que la del hombre y la mujer de la época feral.
Fui a Pumalín con el sueño de ver a un puma en libertad y nunca lo vi. Pero, gracias a los esfuerzos de Kris y Doug Tompkins, ese hermoso animal, que estaba en vías de extinción, ha renacido y merodea ahora de nuevo por aquí, en la floresta, o en los recovecos de las montañas, esperando la noche para bajar a hacer sus excursiones por los gallineros y los corrales. Pocos lo han visto, porque es arisco, pero todo el mundo ha visto las ovejas destrozadas y las aves de corral devoradas por su ferocidad. El puma, ay, no participa de los románticos anhelos de convivencia, paz y hermandad de los Tompkins, a los que debe su renacimiento Pumalín. El puma es un salvaje depredador. Como el humano.


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