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Buenos Aires tiene varias barrancas enamoradas del río que las envuelve. Algunas son públicas, con miradores que merecen una novela. La del Parque Lezama, frecuentada por los protagonistas de «Sobre héroes y tumbas», de Ernesto Sabato; las de Belgrano, que merecieron palabras de su vecino Manuel Mujica Lainez, o las de San Isidro, con la testigo de cargo Victoria Ocampo. Otras bajan como avenidas pasando inadvertidas por el conductor que lo único que mira son los semáforos. Y hay algunas más singulares porque sus encantos son privados, no se ven a simple vista, aunque sería difícil explicar la historia política, televisiva, cultural y social sin detenerse en ellas. Una de ellas es la bajada hacia la calle Posadas, la que a fines del siglo XIX todavía se conocía por «el bajo de la Recoleta camino a Palermo». Creada por ordenanza de 1.893 hasta entonces sólo figuraba en el catastro como 53 C y pasó a ser la que puso límites a los jardines de los palacios. Era precisamente el contrafrente de la avenida Alvear, que antes fue llamada Bella Vista o Buenos Aires y que la intendencia de Torcuato de Alvear (1880-1887) consolidó como columna vertebral de la ciudad opulenta. Y a su sombra se fue transformando la calle Posadas sin perder su aureola de discreción. Igual que todo extracto viene en envase pequeño, apenas ocho cuadras, entre Carlos Pellegrini 1502, debajo de la avenida 9 de Julio, y el 1725 donde está el Palacio Nacional de las Artes, al que todos llaman Palais de Glace. No tiene tantos paparazis frecuentes como el barrio, pero cada bloque es un capítulo aparte, bien diferenciado y rico en historias que merecen ser contadas.
Del pasaje Seaver a la Recova
Vayamos por partes, siguiendo el consejo del descuartizador. Comenzando por el Pasaje Seaver, que desapareció al prolongarse la avenida 9 de Julio, en 1975. Fue una muerte largamente postergada porque esa demolición se había decidido en 1912. Mientras tanto, la ciudad disfrutó de una calle con balcón, igual a las que nos hacen delirar en París. Uno se podía ubicar en Posadas y desde allí bajar por escaleras hacia la recova de Libertador. Los memoriosos recuerdan ateliers de artistas que podían ser visitados por el propio presidente Marcelo Torcuato de Alvear y boliches singulares (Can-Can o Vudú). Uno de los habitués era Guillermo Willy Divito que tomaría los apuntes para sus chicas como hizo su colega Toulouse Lautrec en los cabarets de Montmartre. El capitán Benjamín Franklin Seaver, nacido en Estados Unidos, era el segundo del almirante Brown y murió heroicamente en la goleta Juliet combatiendo contra la flota española en 1814. Como otro ejemplo de la fugacidad de la memoria oficial, desapareció de la ciudad porque ninguna calle lo recuerda. Tampoco muchos saben que el tramo peatonal, sin nombre, ubicado sobre la fachada norte entre la avenida Del Libertador y Posadas, recibió el nombre de Florencio Molina Campos, aunque los gourmets se sepan de memoria que debajo de la autopista se han instalado varios buenos restoranes (Mirasol, Sorrento, la Tasca de Plaza Mayor, Piegari, Subito, Sotto il Ponte, etc.) Todavía no se engloban en una denominación común, la Recova, siguiendo el ejemplo marketinero de Puerto Madero de la que son primos hermanos.
De un palacio al Four Season
El Palacio Alzaga Unzué, diseñado en 1916, tenía un parque que apuntaba hacia Libertador con un gazebo como mirador entre árboles y plantas. Estuvo a punto de ser destruido cuando el éxito de Casa Foa lo salvó de la piqueta para ser transformado en un gran hotel. Primero un Hyatt y actualmente Four Season mantuvieron la mansión original junto al nuevo edificio unido por la piscina climatizada. Desde el principio fue el lugar elegido por los príncipes del rock (Rolling Stones, U2, Madonna y los conocidos de siempre) con multitudes al pie esperando junto a los camarógrafos una aparición personal en las ventanas. Si uno baja desde la placita Cataluña, frente a la Embajada de Francia, caminando por el angosto sendero peatonal al costado del hotel, tendrá la grata aparición de una bella y original estatua de dos metros de alto con mil kilos de peso (prácticamente un auto) instalada este año que sólo tiene por título una placa de aluminio que dice «Rezago industrial». Es más conveniente saber que pertenece al argentino Alejandro Marmo, con obras expuestas en Roma y Bologna y charlas en Estados Unidos y Europa. Hijo de madre griega, se inspiró en los recuerdos de su infancia para retratar a un obrero metalúrgico como era Luigi, su padre italiano trabajando en la herrería de su casa. Uno de sus materiales preferidos es precisamente el encontrado en fábricas abandonadas en el Gran Buenos Aires.
La bomba y los alquileres
El 21 de julio de 1964, cuando era presidente el doctor Arturo Illia, explotó accidentalmente y mató a cinco jóvenes una bomba en el primer piso de Posadas 1168, donde había montado un laboratorio para la subversión. Se encontraron armas y granadas, y documentos que los vinculaban a movimientos guerrilleros que estaban actuando en el Noroeste (Salta, Córdoba, Tucumán), entre los que se encontraba el Comandante Segundo, el argentino Jorge Masetti, que vino de Cuba, y que fueron derrotados por la Gendarmería. Pocos recordarán el episodio de hace 43 años, pero en ese edificio, como en muchas otras casas de departamentos de su estilo, se ofrecen en Internet alquileres temporales para turistas porque es una de las zonas exclusivas de Barrio Norte con su emblemático código postal, el 1011. En esa cuadra, a pocos metros de la Recova de los restoranes, comienzan los negocios de antigüedades, joyerías, boutiques de marca, que es una de las características de Posadas lo mismo que de sus transversales.
DE Remates de ganado a tarjeta platino
El 1200 está dominado por dos presencias muy fuertes: el Caesar Park, del grupo de lujo mexicano que curiosamente o sorprendentemente (claro que no para Paul Auster) se llama Posadas, calle por medio con el Patio Bullrich que, en pequeño, rivaliza con los exclusivos centros comerciales no sólo de la Argentina. El hotel tiene banda ancha en Internet y en sus 170 habitaciones «video on demand» para ver películas desde el comienzo cuando el pasajero quiera. No sólo el mundo digital, también está el local de los anticuarios José y Javier Eguiguren con sus colecciones. La gastronomía es otra de sus apuestas, con el chef Germán Martitegui en Agraz y Beatriz Chomnalez en pastelería francesa. En el café silencioso y sin paparazis uno se puede cruzar con políticos como Alberto Rodríguez Saá, de la misma manera que en el bullicio del Patio Bullrich está habitualmente el escritor y diplomático Jorge Asís, siempre rodeado de conocidos que quieren oír sus versiones en vivo y en directo, aunque hasta hace poco tiempo estuviera realizando un paseo de compras Cristina Fernández de Kirchner. Resumiendo, en su catálogo, de la a a la zeta, están grandes nombres internacionales junto con los nacionales Casa López, Christian Dior, Etiqueta Negra, Hugo Boss, La Martina, Max Mara, Ricky Sarkany y los quesos de Valenti. El Patio, diseñado inicialmente en 1867 para ganado y pura sangre de carrera, conservó algo del hábitat de los remates de Arturo y Horacio Bullrich, que mantienen su apellido, aunque fue transformado en shopping en 1988 por el arquitecto Juan Carlos López. Un vecino que se fue, y se lo extraña, fue el restorán de Harry Cipriani.
NUNCIATURA Y Palacio Duhau
Desde Montevideo hasta Rodríguez Peña, si uno tuviera acceso a la parte trasera de la Nunciatura (ex Palacio Anchorena-Fernández) disfrutaría de la pendiente cubierta de plantas hasta culminar con la entrada de autos por Posadas. De la misma manera en que los viajeros llegan a la entrada del vecino Park Hyatt que enlazó en una obra maestra de arquitectura la nueva torre de 15 pisos con el Palacio Duhau, con la entrada principal sobre avenida Alvear que se une por arriba a través de jardines y cubierta por una galería de arte. En la esquina de Rodríguez Peña está el Café Posadas (el rival de La Rambla) frente a la italiana Fendi, y a pocos metros del joyero Homero, la talabartería de Rossi & Carusso y la tienda Dede. Todos a la vuelta de los bifes de La Cabaña (histórico restorán que ha pasado a instalarse allí desde que fue adquirido por los dueños del legendario Oriente Express), que está al lado del local del joven Martín Churba, diseñador estrella con su exposición en Tamarindo para ropa y objetos de decoración. Rumbo a Callao, sorprende la única gran agencia de viajes de Buquebús calle por medio al show room del experto Rafael Quesada con lo último en audio y video en home theatres. Y, entre grandes edificios modernos, sobresale la vidriera de Jaime Eguiguren, el otro hermano que también está siempre invitado a la Feria Internacional de Arte y Antigüedades, la TEFAF de Maastricht, en Holanda, que es la cumbre de esta actividad y donde hay lista de espera para obtener un stand.
De Eva y Juan Domingo a Carlos y Zulema
Cuando Eva Duarte conoce a Juan Perón vivía en su departamento del tercer piso de Posadas 1567, donde recibieron al cronista de «The New York Times» que publicó una fotografía con la pareja en 1945. Allí fue detenido el coronel para enviarlo a Martín García hasta su regreso triunfal el 17 de octubre. Parte del dormitorio y los objetos personales fueron expuestos en el Bowers Museum de Santa Ana, en Los Angeles, bajo el título «Evita: up close and personal» en una muestra preparada por el Instituto de Investigación Histórica Eva Perón que dirige su sobrina nieta Cristina Alvarez Rodríguez. Es un típico edificio de clase media de los 40 que ahora está al lado del hotel boutique Meliá Recoleta (52 habitaciones), inaugurado el año pasado que apunta a un público tan sofisticado que sus salas de reunión se llaman Ibiza o Marbella y tiene una carta de aguas minerales y conciertos de música en Jazz Voyeur todos los días por los que no se cobra entrada por el espectáculo (cover), sino sólo la consumición. Enfrente, en el edificio a todo lujo en Posadas 1540, eran propietarios de un piso Carlos Menem y Zulema Yoma que al divorciarse pasaron a compartir la división de ese bien. Hasta ese lugar llegó el jueves 15 de marzo de 1995 Carlos junior para saludar a su madre antes de su fatal vuelo en helicóptero. Estuvo allí no menos de 20 minutos antes de encontrarse con los amigos y miembros de su custodia que lo esperaban en La Rambla, en la esquina de Ayacucho. Es un lugar clásico con pocas mesas y mucha historia entre las paredes decoradas con carteles ingleses antiguos. Muchos vecinos del barrio se citan para almorzar y allí acostumbraban a reunirse no pocos de los visitantes del matrimonio Silvina Ocampo-Adolfo Bioy Casares que vivían al lado, en Posadas 1650, a pocos pasos de la barranca que en 1909 se convirtió en el pasaje Eduardo Schiaffino, pintor y crítico de arte que fue el primer director del Museo Nacional de Bellas Artes.
Cuna de la TV y de Olmedo
En el interior del Hotel Alvear, sobre Ayacucho, donde ahora funciona T&T (Turismo y Transfer), se desarrolló gran parte de la primera etapa de la televisión en los 50. La época del visionario Jaime Yankelevich, el creador de radio «Belgrano», que trajo los equipos comprados en Estados Unidos para la primera transmisión, que se hizo el 17 de octubre de 1951 desde Plaza de Mayo. Su nieto, Gustavo Yankelevich, recordó la memoria familiar lamentando que don Jaime pudiera disfrutar muy poco de su logro porque murió en 1952 en el sanatorio Podestá, donde había instalado un televisor en su cuarto. Esa fue la época de Fito Salinas, Pinky, Brizuela Méndez, Colomba y un inolvidable elenco, al que se sumó en 1956 Alberto Olmedo para trabajar como switcher recomendado por su amigo, el director de cámaras Francisco «Pancho» Guerrero. En la cena de fin de año realiza una improvisación tan formidable que Julio Bringuer Ayala, entonces director del canal, le ofreció trabajar frente a cámaras. El resto es la historia conocida de uno de nuestros más grandes humoristas. El año pasado, a medio siglo del debut de su padre, Mariano, uno de sus hijos, organizó la muestra «Olmedo 50 años en escena». Lo hizo en el sitio propicio, el Palais de Glace, que en el primer piso tenía una estructura circular ideal para convertirse en la sede de uno de los estudios de «Canal 7». Posee un valor histórico por muchas razones. Fue construido en 1910 en coincidencia con los festejos del Primer Centenario para deslumbrar al mundo con una pista de patinaje sobre hielo de 21 metros de diámetro. En el subsuelo estaban las máquinas de fabricar hielo. El negocio no caminó y sólo le quedó el nombre que nadie olvida y sus pisos de roble que reemplazaron a la pista de hielo para transformarse en un salón de baile. Algunas cosas se conservan, por ejemplo las paredes con adornos para los palcos y su cúpula de vidrio para dar luz natural a los patinadores. Su anecdotario es un capítulo aparte donde nada falta, ni Carlos Gardel, quien fue herido de bala en un confuso episodio en 1915. Si bien actuaron varias orquestas (Francisco Canaro, Roberto Firpo, entre otros), su imagen está asociada con el apogeo de Julio de Caro con su sexteto y su violín corneta. Gracias a la iniciativa de Hermenegildo «Menchi» Sábat, el ángel protector de los músicos de jazz y de tango, se colocó una placa en la plazoleta recordando al artista, que fue uno de los precursores de Astor Piazzolla. Enrique Cadícamo lo puso en palabras: «¡Palais de Glace el de antes, el del novecientos veinte, era tan lindo tu ambiente, tan high life, tan elegante!».
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