13 de agosto 2001 - 00:00

Los Nuevos Kennedy

Los Nuevos Kennedy
El diario Chicago Sun-imes informó que William Kennedy Smith aspiraba a un escaño en el Congreso por un distrito mayoritariamente demócrata del norte de Chicago. Los asesores de Kennedy ya habían explorado su atractivo con varios grupos de ciudadanos, para saber si los votantes estaban dispuestos a olvidar o perdonar a Kennedy por haber sido acusado de violación en 1991. Pero tres días después de la noticia, Kennedy Smith se retiró de la contienda, afirmando que de todas formas esperaba tener esa experiencia y tal honor en algún momento de su vida. Su juicio y absolución de 1991 provocaron tal escándalo(el primero en la era de la televisión por cable), que era insólito el sólo hecho de haber planteado su candidatura. Su breve incursión demuestra que en pleno siglo XXI, el sentido de privilegio de los Kennedy sigue tan vivo como siempre. También es una prueba de que los asuntos familiares siguen seduciendo a quienes se criaron rodeados de esos principios, vivieron con sus fantasmas y padecieron su implacable escrutinio e infinitas expectativas.

La candidatura era un riesgo demasiado grande, tanto para Smith como para el aura invencible que irradia la familia. En lo que va del año, Smith es el quinto miembro del clan que hace pinitos en la política para retirarse con las manos vacías. Pero para otros cuatro Kennedy continúa la carrera política: dos de ellos para ser gobernadores y otros dos para ocupar un escaño en el Congreso. Si todos ellos ganan, habrá cinco miembros de la familia ocupando cargos federales o estatales, algo que nunca antes había logrado. Esto incluye al patriarca Ted Kennedy, quien el año pasado ganó fácilmente la reelección y tiene más poder que nunca en el Senado. No está nada mal para una dinastía que tuvo sus años de esplendor mucho antes de que la mayoría de los votantes estadounidenses hubiera nacido.

¿Qué los impulsa a hacer política? ¿Es un sentido de la dignidad o de ser los portadores de un derecho divino? ¿Representan el último suspiro de un viejo orden, o el primer aliento del orden naciente? No estaría yo aquí de no ser por el nombre de mi familia y sus contactos políticos , admite Patrick Kennedy, que con 34 años es diputado por Rhode Island.

Pero las reglas del juego han cambiado, incluso tratándose de los Kennedy. El viejo aura de invencibilidad está cayendo, incluso en Massachusetts, donde no han perdido ninguna de las 20 votaciones. No será así el año próximo. Dos hijos del fallecido Robert Kennedy, el ex diputado Joe Kennedy II y su hermano menor Max, se retiraron de lo que podrían haber sido contiendas brutales. (Ambos se negaron a conceder entrevistas para este artículo). La situación no favorece a Joe y al resto del clan , explica un amigo de los Kennedy. Hay demasiados problemas. En otros tiempos podían darse el lujo de correr esos riesgos .

Es comprensible, porque conocen mejor que nadie el precio de meterse en la política. Si aprovechan lo que hasta ahora se considera su derecho de nacimiento, también deberán aceptar comparaciones sofocantes y bochornosas, inevitables en quienes siguen las huellas de gigantes. Compiten contra ídolos y leyendas , observa el asesor político David Axelrod, quien ha trabajado con varios de ellos. Esto explicaría por qué se están alejando de Massachusetts. El mismo Patrick siente que haga lo que haga, es como si profanara terreno sagrado . Y eso es apenas el principio de lo que significa ser un Kennedy en la política de hoy. Esta nueva generación debe forjarse una identidad propia pero al mismo tiempo beneficiarse del legado familiar. Y lo primero es mucho más difícil que lo segundo.
EL Kennedy último modelo: Mark Kennedy Shriver
Basta ver a Mark Kennedy Shriver para distinguir los rasgos característicos: el cabello, los dientes y la típica fisonomía familiar. Pero los risueños Shriver siempre han separado sus propias ambiciones de las del resto del clan. Cuando Robert Kennedy anunció su candidatura a la presidencia en 1968, Sargent Shriver se negó a renunciar a identidad) se vio a sí mismo.

Esta búsqueda lo condujo hasta la imagen paterna. Compiló los documentos de Robert y buscó en su biblioteca libros con párrafos subrayados. Finalmente elaboró una antología de discursos y citas preferidas de su padre, titulada Make Gentle the Life of This World: The Vision of Robert

F. Kennedy (Hagamos agradable la vida en este mundo: la visión de Robert F. Kennedy). Obviamente, con este proyecto intento asimilar una parte de mí mismo , declaró al diario Palm Beach Post, aunque también insistió en que no quería cargar con el legado paterno. ¿Portar la antorcha? Eso no es para mí , comentó.

Al menos así fue hasta que Joe Moakley, diputado del sur de Boston muy apreciado y que había desempeñado el cargo durante 15 términos, anunció que estaba muriendo de leucemia. Max había viajado por todo el país, desde Los Angeles a Philadelphia, pero siguiendo la tradición familiar de postularse fuera de sus distritos natales, adquirió una casa colonial en el distrito de Moakley, de población fundamentalmente obrera. Max concertó una audiencia con Moakley a través de su primo Patrick, y aprovechó los contactos de los Kennedy con sindicatos, recaudadores de fondos y asesores. De la noche a la mañana pasó a ser el principal contendiente en una escena donde participaban más de media docena de avezados políticos. Pero luego sus votantes lo vieron en acción. El 17 de mayo pronunció su primer discurso importante durante un desayuno en honor a su padre. Balbuceó, se hurgó una oreja, mostraba una sonrisa forzada, hablaba bajo y entrecortado. Su tío Ted, como protector de la reputación de su familia, sintió que el problema era grave. Según Darrel M. West, autor de una biografía de Patrick, Ted sabe que cada vez que un Kennedy se presenta como candidato, todo el clan se arriesga . Según dos testigos de la conversación que posteriormente sostuvo con Max, le planteó la situación de modo tajante. Puedes ganar, y tienes una ventaja , explicó a su sobrino. Pero debes trabajar más duro, y la cosa se va a poner fea .

Max tuvo una muestra de lo que quería decir su tío. El diario Boston Herald informó que había sido arrestado en 1983 por atacar a un policía de la Universidad de Harvard en compañía de su primo Michael Skakel. Luego, una encuesta del diario Globe demostró que su candidatura estaba igualada con la del senador Stephen Lynch, ex trabajador metalúrgico que creció en el barrio obrero Southie. Ese mismo fin de semana, cuatro días antes de que Max anunciara su candidatura, habló con su portavoz de prensa Scott Ferson. No voy a a seguir , le anunció.

El mundo político del que se retiró Max es sumamente distinto del que imperaba en 1986, cuando su hermano Joe comenzó su carrera. El talento que mostró en campaña y la maquinaria de los KKennedy lo catapultaron al Congreso, derrotando a 11 contrincantes demócratas.

Pero los problemas comenzaron en cuanto se instaló en su puesto. El primogénito de Robert peleaba con sus colegas, quienes comenzaron a ausentarse de los debates cada vez que Joe subía al podio. Una legisladora recuerda que una vez Joe la vio ajustarse un tirante del sujetador durante una reunión política, y le murmuró: ¿Necesitas ayuda? . Sus desplantes ahuyentaron a sus colaboradores, aunque estos advertían en él su lado vulnerable e inseguro: Temía mucho al fracaso .

Cuando Joe finalmente entró en cintura, imprimió en el Comité de banca el sello KKennedy, apoyando con su carisma una legislación para otorgar préstamos y vivienda a los desfavorecidos. Pero para entonces ya era consciente de las oportunidades que había desperdiciado. Cuando su primo Patrick llegó al Congreso en 1994, le aconsejó: Te irá muy bien. Pero no sigas mi ejemplo .

En 1997 estaba a punto de presentar su candidatura para gobernador cuando se vio implicado en dos escándalos. Por una parte, su ex esposa publicó un libro devastador con los pormenores de la ruptura del matrimonio. Por otra, se supo que su hermano Michael, director de su campaña, había tenido una aventurita con una niñera adolescente. Su primo John Jr. escribió que Joe y Michael eran muestras vivientes de pésima conducta , y la ventaja de Joe en las encuestas se esfumó. Se retiró de las elecciones primarias, y cuando Michael murió en un accidente de esquí al Año Nuevo siguiente, abandonó la vida política totalmente.

Ahora Joe prospera, pronunciando discursos y formando parte de consejos directivos, además de dirigir su propia empresa de energía sin fines de lucro. Durante los fines de semana hace lo que quiere. Un amigo comenta que por primera vez, está totalmente en paz. Es mucho más prudente que hace 15 años. Se conoce bien a sí mismo, y sólo quiere ser feliz .

Haciéndolo bien: Kathleen Kennedy Townsend
Mientras Joe arrasaba en Massachusetts durante 1986, su hermana mayor Kathleen Kennedy Townsend tenía 35 años y hacía campaña en los barrios obreros de las afueras de Baltimore. Su cabello y vestimenta eran un desastre, y se había mudado a Maryland dos años antes para estar cerca de la familia de su esposo. Adquirió una casa en las afueras de un distrito mayoritariamente demócrata, e ignorando el precepto de los Kennedy de que las oportunidades están en casa, compitió contra una candidata republicana prácticamente invencible. Kathleen no quería o no podía usar su mayor ventaja política: su apellido de soltera. Después de todo, el apellido explicaba por qué la prensa del país seguía su quijotesca campaña, pero no lo capitalizó y declaró que competiría por sus propios méritos .
Craso error. Al llegar el día de las elecciones su partido la eliminó de la lista de candidatos prioritarios. Su derrota fue por 18 puntos porcentuales, la única Kennedy que ha perdido una elección general. Debía aprender a romper con el molde familiar sin destruir su valor.

Si ella se mostró ambivalente, Parris Glendening fue todo lo contrario. Glendening apenas la conocía, pero la puso en la lista en su campaña para gobernador en 1994 por su apellido. Pero a cambio de ser vicegobernadora, un puesto tradicionalmente insignificante, relacionada con la justicia criminal y el desarrollo económico. A punto de perder la reelección en 1998, lo que los salvó fue una campaña de anuncios de última hora en la que Kathleen figuró prominentemente. Al mencionarse su apellido, su popularidad saltó 12 puntos porcentuales.

Hoy la vicegobernadora desempeña su cargo en una oficina municipal de Maryland que un día ocupó Thomas Jefferson, y en una silla que su padre Robert ocupó como Fiscal General de EE.UU. Si como se espera gana, la contienda para gobernadora el año próximo, sólo será cuestión de tiempo para que inicie una campa-ña a nivel nacional.

Es un lugar al que nunca imaginó llegar. Kathleen alguna vez consideró ordenarse monja, y plantaba árboles de pistaches en una reserva de Nuevo México. Cuando se casó, sus damas de honor le regalaron un torno de alfarería. Nunca pensé que competiría por un puesto político , dijo a TIME. Me crié en una familia que amaba la política, pero éso era cosa de hombres .

Gracias al movimiento feminista es consciente de que tiene una fuerza interior de la que no se había percatado hasta ahora . Ningún Kennedy de su generación ha sido tan hábil para ser parte de la realeza estadounidense sin que ésta la aplaste. Partidaria incondicional del centrista Consejo del Liderazgo Demócrata, apoya la pena capital no como disuasión, sino porque hay gente horrorosa que no tiene derecho a vivir .

Su tío Ted declaró una vez al diario Washington Post que si se hiciera una votación secreta en la familia, Kathleen sería nombrada la más responsable. El Partido Demócrata dejó que creer en la responsabilidad personal, comenta. Pero yo siempre creí en la mía . Para una Kennedy que trata de hacer las cosas como se debe, no es mal punto de partida.

-Informes de Douglas Waller/Washington



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